Qué extraño recontar el argumento de una obra literaria exquisita y llena de detalles, en vez de, simplemente, poner el texto. Todavía más extraño puesto que se trata del cuento un autor excelente, y que me encanta: Theodor Strom. Pero es extenso: buscarlo y traducirlo, aunque más lógico, me tomaría un tiempo del que ahora no dispongo.
Dos cuadros notables cuelgan entre los muchos objetos de la antiquísima iglesia de un pueblito, uno a la par del otro. De un lado, un pastor, severo y oscuro; del otro, un chiquito de unos cinco años, arrecostado en una almohada de encajes, con un lirio de agua en la mano, muerto. Debajo hay una inscripción: C. P. A. S.
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Una muchacha noble vivía aislada, con un hermano que velaba por ella como un buitre, y la quería casar con un amigo suyo de perversidad conocida. Como era tradición, para que quedara en la familia, le encarga que la pinte a un artista excelente, un amigo de niñez de la casa, quien apenas está de vuelta del viaje de estudios. El pintor y la modelo reviven entonces, ante la mirada vitriólica del hermano, el amor que se tuvieron de chiquitos. Cuando el pintor termina el encargo, ella está embarazada.
El pintor pide la mano de la muchacha. El hermano le contesta con un disparo. Cuando se recupera de la herida, ella ya no está en la casa. Se topa con un muro de silencio. Sus pesquisas no dan resultado.
Pasan cinco años desesperados. La fama del pintor se extiende. De una ciudad lejana lo llaman para que haga unos retratos. Mientras cumple con los encargos, surge la posibilidad de distraerse un poco pintando además al pastor de una pequeña comunidad vecina, a donde se llega caminando por un paisaje muy hermoso. El párroco es un hombre adusto, grande, oscuro y feo, que lo recibe a menudo con el hijo, un chiquito grácil, pálido y triste.
Corre el año de 1666, en la ciudad se aprestan a quemar a una bruja. Camino al pueblito, el pintor se topa a la gente que va al espectáculo. Cuando llega, se encuentra con que el modelo también se fue. Camina por los alrededores, entra al jardín de la casa parroquial. Oye al niño jugando y se topa con la madre.
El encuentro no es lo que él esperaba. Ella está gastada y débil, horrorizada por la culpa que imagina que carga. Desde el principio supo que era él quien pintaba al marido, pero no quiso verlo. Si hubiera sabido que iba a venir esa mañana, no habría salido al jardín. Ahora le ruega que la deje, tiene que cuidar al niño, quien juega junto a la acequia. Le dice que ha tenido la enorme suerte de que el marido, quien no sabe nada de la historia, lo quiera como si fuera suyo.
La voz del chiquito se distingue claramente, canta una cancioncita piadosa. El pintor retiene a la madre. Trata de convencerla de que debe irse con él. La idea, se trata de volver a pecar, la horroriza, pero sabe que no va a poder resistir. Regresa el marido, ella se va en busca del hijo, el pintor vuelve al cuadro.
Se oye un grito desgarrador. Mientras ellos dos conversaban, el chiquito se cayó en la acequia. Ensimismados, ajenos a todo lo que los rodeaba, no se dieron cuenta. Está muerto.
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El pastor va a la ciudad a buscar al pintor. La esposa le confesó todo. Piensa que debería odiarlo, pero entiende que los une el mismo amor. Quiere que pinte al chiquito y le done el cuadro a la iglesia.
El pintor pasa un día completo, solo, pintando al hijo muerto. En la mano le coloca, como regalo, un lirio de agua blanco, una flor que no se da en esa región. Cuando termina, no firma, no signa, nada. Sólo agrega una inscripción: C. P. A. S. Después se va.
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C. P. A. S. Culpa patris aquis submersus. Sumergido en el agua por culpa del padre.

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