teníamos fucsias y malvarrosas en el jardín, y geranios y prímulas; mi padre también había sembrado narcisos y crocos y muguetes. en los campos adyacentes había margaritas y ranúnculos y diente de león. el chismorreo infantil local decía que si jugabas con margaritas, eras un pensamiento, lo que en sí resultaba bastante confuso; que si el color de un ranúnculo [buttercup] se te reflejaba bajo la barbilla, te encantaba la mantequilla, lo que no estaba muy lejos de la realidad; y que si cogías diente de león, ibas a mojar la cama, lo cual, por casualidad, resultó ser perfectamente cierto. éste es el voodoo que practican los niños.
fui por primera vez a la escuela cuando tenía cuatro años y medio, aunque la edad oficial eran los cinco años. mi madre estaba convencida de que era más brillante que la mayor parte de los niños de mi edad y, evidentemente, logró convencer o arengar al maestro para que también lo creyera, puesto que, asustado y medroso, ese mismo día empecé con las clases. ahí estaba, sentado en un vestidito de marinero, compartiendo con una chiquita el pupitrito de madera con la parte de en frente unida al asiento. perseveré con orgullo en el a b c, el modelado de barro y los dibujos a lápiz de cera, y de manera miserable en aritmética y en la habilidad de comunicarme con la chiquita.
muy gradualmente me fui acostumbrando a asociarme con los demás chiquitos y chiquitas. o, más bien, más que nada, con los demás chiquitos. chiquitos. de hecho, para mi deleite y sorpresa, me invitaron a ser el portero del equipo de futbol, un grupo más bien estropajoso sin la valentía suficiente como para jugar con las niñas durante el recreo y que, en vez de eso, pateaba por ahí una bola de futbol. no teníamos portería, sino, para indicar dónde debía estar, unas líneas de tiza marcadas en la pared de piedra desigual, a ambos extremos del patio. se consideraba gol cada vez que la bola le daba a la pared entre las líneas. me golpee ruidosamente contra esa pared innumerables veces, me despellejé los nudillos y las rodillas y me hice harapos la ropa, tratando con desesperación de evitar que el otro lado metiera un gol, hasta que acaté que nadie mostraba ningún entusiasmo por ser el portero, y por qué, probablemente, me habían invitado a mí a serlo.
el invierno inglés es muy frío y muy húmedo; todos los demás tenían la excitación y la alegría, además del beneficio, de circular pateando la bola, menos yo, parado con mucho frío y muy húmedo al final del patio, esperando que alguien pateara la bola en mi dirección. si la bola se estrellaba pasándome, yo solo, ninguno de los demás miembros del equipo, por supuesto, sino sólo yo, para mi desconcierto, era considerado responsable de la catástrofe.
ni el dinero, ni ningún otro premio material, es comparable con la alabanza, los gritos de bien hecho y el golpecito en la espalda de nuestros iguales. el aplauso y la risa de un teatro tienen un efecto similar. a veces me paro en una esquina quieta y oscura del mejor y más grande cine del mundo, el radio city music hall de nueva york, con russell downing, el gerente, y oigo carcajearse a esa audiencia enorme por algo que hice, la forma en que incliné la cabeza o la reacción que se me lee en la cara, y siento que me reviento de felicidad.
pensar que todas esas personas, aunque sea por un instante, olvidaron sus problemas y tribulaciones personales y en conjunto se rieron conmigo, o de mí. la mejor explicación que puedo dar es que es como la ampliación extrema del sentimiento de contarle un buen chiste o una buena historia a un grupo de amigos. sí: pocas satisfacciones hay tan satisfactorias como la aprobación y la buena voluntad de los demás; no es sino en este momento que se me ocurre que fue en el patio de la escuela donde aprendí a disfrutarlo y a buscarlo.
el juguete más intrigante que me cayó jamás en las manos fueron unas tijeras de calar, con las que mi madre le hacía el borde ondulado de adorno al forro de los estantes y a la tela encerada que se usaba de mantel. me fascinaba el resultado simétrico del corte; no podía desentrañar cómo lo lograban las tijeras y, casi una mañana entera, mientras mi madre estaba en el jardín, le hice orillas caladas a casi todo lo que tenía al alcance, incluida mi propia camisa de dormir. también a la revista favorita de mi padre. todavía siento gran admiración por quien sea que haya inventado esas tijeras mágicas; por dicha he logrado controlar el impulso de conseguir un par.
todas las navidades me guindaban las medias con una prensa de ropa en la cubierta orlada de bolas de la repisa de la chimenea del dormitorio. en aquellos días, los escolares ingleses usaban medias negras o grises de lana con una vuelta de más o menos dos pulgadas en la parte de arriba que permitía ver una franja blanca tejida bajo las rodillas desnudas y raspadas. siempre pensé que era demasiado grande la parte de mis medias llena de las mandarinas y nueces y dátiles que hubiera podido agarrar abajo cuando pasaba por el aparador.
aún así, siempre había unos cuantos regalos más, demasiado grandes como para caber en las medias, arreglados en la repisa o en frente de la chimenea, en el piso, donde los pudiera ver cuando me despertara: unos patines, unas cajas de soldaditos de estaño, tal vez incluso un pequeño fuerte para echarlos, –y, una vez, un vestido brillante de húsar, maravillosamente dispuesto en una caja plana de cartón de colores, con un peto pulido, una trenza dorada, charreteras con flecos, la espada de juguete en su reluciente vaina de hojalata, y un sombrero de húsar con su insignia. me convertí en un espectáculo deslumbrante, pero ni así logré quitarle del todo mi madre a mi padre.
un año me dieron una linterna mágica con transparencias cómicas coloreadas. por la adquisición de esa linterna mágica, di una única fiesta infantil. la única fiesta infantil a la que recuerdo haber ido: la mía. mi padre puso una sábana al final de un cuarto de atrás que por lo general se usaba de bodega, donde era menos probable que el estrépito molestara al barrio. mi madre hizo colocar allí algunas alfombras, sillas, almohadones y la mesa que se armaba sobre unas burras, cubierta por un mantel largo, e invité al mundo infantil local a mi función de linterna mágica. una candela iluminaba la linterna, una candela grande, con un gran reflector detrás. nos sirvieron limonada y galletas y las inevitables mandarinas, nueces, pasas moscatel y dátiles, y también pudín y queque de postre, porque fue antes de lujos tales como los helados. también teníamos sombreros de papel y matracas. fue una bonita fiesta.
mi padre se encargó del espectáculo, supongo que para evitar que yo le prendiera fuego a la casa; pero yo escogí el orden en que íbamos a ver las transparencias, y las acompañé una a una con lo que me pareció el comentario cómico apropiado. sin embargo, los demás comentadores cómicos me ahogaron tan a menudo la voz, que no podría decir si tuve éxito o no. tal vez ésa sea la razón por la cual, eventualmente, me dediqué al cine: que la audiencia no me pudiera contestar.
aprendí a coleccionar e intercambiar estampillas extranjeras. a limpiarme los zapatos, a quitarme la gorra cortés y automáticamente cuando me topaba con adultos de ambos sexos, a no arrastrar los pies, a resistir la tentación de limpiarme, según fuera la necesidad de la estación, la frente sudorosa o la nariz en la manga del abrigo; a simular entusiasmo cuando mi padre cantaba sus canciones de fiesta, i dreamt i dwelt in marble halls, en un barítono alto con la garganta cerrada y sin entrenar que sacaba a relucir en las fiestas de la familia; a veces cantaba the man who broke the bank at monte carlo, imitando a quien fuera el cantante de variedades de moda. a menudo me sentía fascinado por la manera en que mi padre impedía que su elegante bigote se ahogara cuando se estaba tomando una taza de té. aprendí a hacer mandados para mi madre sin pedirle un añadido a mi asignación semanal de seis peniques (que era, probablemente, el equivalente de dos chelines de hoy en día), aunque me recortaran dos peniques por cada churrete en el mantel del domingo, y a correr a topar a mi padre en cierta parte del camino cuando volvía a casa del trabajo los sábados al medio día, y, por uno o dos momentos corteses, a aguantarme las ganas de buscarle en los bolsillos los regalitos que había escondido para que los encontraran mis manos expectantes.
ocasionalmente me escriben uno o dos de los hombres con los que él intercambiaba bromas a diario. ya están retirados y bastante ancianos, pero en las cartas todavía hablan con afecto de mi padre, quien murió en 1933, de lo que el récord médico menciona como toxicidad extrema, pero es más probable que fuera el resultado inevitable de un corazón que se rompe lentamente por la incapacidad de alterar las circunstancias de la vida. cuando murió, mi propia vida seguía un patrón similar. mi primera esposa, virginia cherrill, una verdadera belleza y la actriz principal de charlie chaplin en luces de la ciudad (city lights), se estaba divorciando de mí y alistándose para casarse con el conde de jersey. lo cual fue muy inteligente de su parte.
es extraño, pero no me acuerdo de cuando mi padre se fue de bristol. tal vez me sentía culpable porque en el fondo me daba gusto. ¿me daba? ahora tenía a mi madre para mí solo, además de que algunas de las notas semanales de la escuela ya me habían ganado unas cuantas severas reprimendas de mi padre. cosa curiosa en cuanto a mis notas: estaba o entre los mejores o entre los peores de la clase. seguros signos tempranos de una gran inestabilidad. era tan evidente lo deseoso que estaba de presentar en casa las notas buenas, que esconder las malas era igual de perceptible. en todo caso, no recuerdo la partida de mi padre, pero me hacía mucha falta, a pesar de todas sus y, en consecuencia, mis faltas.
poco después de la partida de mi padre, cuando tenía nueve años, mi madre y yo nos pasamos a una casa más grande y más cara. nos acompañaban dos jóvenes primas mías quienes, como se iniciaban en el nuevo mundo secretarial abierto a las damas jóvenes, me parece que deben haber contribuido a costear los gastos de la casa. vivían en una parte separada de la casa, donde no puedo recordar haber entrado.
en las vacaciones de ese verano visité a mi padre en southhampton. lo encontré alegre, parecía más joven, y también más deportista, lo que no le hubiera gustado para nada a mi madre. sin embargo, en southampton permaneció apenas pocos meses. la carga de ganar lo suficiente como para mantener dos hogares, aunque percibía un salario mayor, fue demasiado pesada, y volvió a bristol y a su antigua empresa donde, a cambio de no devolver el reloj que le habían dado cuando se fue, tuvo que aguantarse las bromas sin fin, aunque cariñosas, de los compañeros. así es que nos volvimos a pasar a una casa menos cara, pero todavía con campo suficiente como para acomodar a las primas pensionistas.
por unas pocas semanas, una de ellas tuvo un pretendiente: un italiano de título nobiliario, nada menos, o tal vez sólo fue que yo le contaba a todos que lo tenía; aunque, en lo que a mí concernía, lo más atractivo que tenía era un magnífico automóvil, en el cual disfruté mi primer vuelta en carro. era una cosa larga, una cosa ambulante larga y abierta, y recuerdo estar sentado solo muy arriba en el asiento de atrás, tratando de inducir a mi prima y a su elegante pretendiente para que pasáramos por una parte de la ciudad donde yo podía ver y ser visto, o decirle adiós y recibir una lluvia de tomates de mis compañeros de escuela.
los automóviles eran poco comunes en aquellos días. el único otro con que me familiaricé en nuestro barrio, era el del padre de un muchacho que vivía en la casa grande de la esquina. en la semioscuridad de un invernadero convertido en garaje, un pequeño grupo de nosotros se sentaba a menudo en la parte de atrás de aquel carro, con el hijo del dueño, por lo general, en el asiento del chofer, y pretendía con gran estruendo ir subiendo y bajando colinas y doblando esquinas. pero pronto nos prohibieron ese placer, antes de que siquiera me tocara a mí el primer turno de chofer, porque el roce de nuestras botas escarapelaba el esmalte con que entonces se pintaba la parte de atrás de los asientos de adelante. recuerden: era 1913. el año en que me enamoré por primera vez.
era la hija del carnicero local, regordeta, bonita y francamente coqueta. una vez le llevaba un mensaje a mi abuela, la madre de mi madre, no sin desviarme muchísimo para pasar por el antejardín donde jugaba esa sirena. iba viendo para atrás, a ver si ella veía para atrás para verme a mí, cuando me dí en la jupa con el poste de la luz, ví estrellas sensacionales y, con las piernas de hule, me tambalee hasta el cordón del caño, donde me senté avergonzado, sólo medio recuperado del golpe. a partir de aquel día, lo duradero de mi vergüenza me impidió volver a pasar por esa casa, y nunca más volví a ver la luz provocativa de mi primer amor de niñez.
mi madre me cosió el primer par de pantalones largos. eran de franela blanca, para que los usara en la feria anual de la iglesia local, donde se me permitió comprar boletos en un carrusel. los pantalones hechos en casa no parecían quedarme ni verse tan bien, ni eran de franela de la calidad de las versiones ya hechas compradas en las tiendas que le veía a los demás chiquitos. me sentía alicaído; se me echó a perder el día de carnaval. no aprecio sino ahora, cuando las recuerdo, las largas horas de trabajo de mi madre y su amor. qué triste que no podamos saber lo que sabemos sino hasta llegamos a saberlo. me pregunto si no será consecuencia de la vergüenza pueril de tener que usar esos pantalones de franela hechos en casa, el que mi nombre aparezca en tantas listas de mejor vestidos.
en medio de una turbulencia surtida de niños gritones agarrados a bolsitas de confites, manzanas y cabitos de regaliz, todas las tardes de los sábados hacía cola para ir al cine local, donde nuestros mayores favoritos eran los comediantes charles chaplin, ford sterling, roscoe arbuckle, mack swain y john bunny con flora finch, así como bronco billy anderson, el cowboy estrella. se desataban los empujones; más de un puño cubierto de caramelo se agitaba disputando los méritos relativos de ford sterling, quien encabezaba a los famosos keystone kops, y charlie chaplin. la cumbre de mi semana la constituía ese ejercicio irrestricto, tanto pulmonar como de escurrir el bulto, en las matinées de los sábados, libres de la supervisión de mis mayores.
conforme fui creciendo, tanto mi padre como mi madre me llevaban ocasionalmente al cine, pero por separado. mi madre me llevaba al cine de la calle claire, el más exclusivo de la ciudad, donde uno podía tomar el té mientras veía las películas, y donde me presentaron por primera vez un tenedor de repostería; una combinación desconcertante de tenedor y cuchillo; ¿quién la necesita? ví las primeras así llamadas películas parlantes en ese teatro. dos cortos. en uno, una mujer cantaba una aria de ópera mientras trataba de defender su honor, creo. un canalla la empujaba sobre una mesa, pero mientras atraía su interés cantándole en la cara, subrepticiamente le robaba una daga de la faja, con la cual lo apuñaló mientras cantaba la nota más alta. a él le tomó muchísimo tiempo morirse pero, mientras se moría, supo del triunfo de la virtud. por eso es que nunca hago de villano en las películas.
el otro corto mostraba un grupo de herreros cantando a coro mientras aporreaban los yunques. el sonido, hasta donde yo entendía las cosas en ese entonces, venía de un tocadiscos situado detrás de la pantalla. el predecesor de las películas perfectamente sincronizadas del día de hoy.
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| archie leach en la escuela: junto a la pared de la izquierda, en el centro, ¿tercera fila?, vestido de marinero, a la par de la chiquita que salió movida, con dos lazos grandes en el pelo |
continuará : )
cary grant: archie leach, 1962, capítulo segundo
primer capítulo: 29 de noviembre del año pasado
tercer capítulo: 14 de julio de 2010
tercer capítulo: 14 de julio de 2010



Entretenida niñez, entre muchas cosas más.
ResponderBorrarEspero ansioso la tercera parte!