
Hay en medio del Sahara una región tan increíblemente seca y abandonada de todo, que los pueblos de aquellos lares hablan del desierto en medio del desierto: el Teneré, larga extensión de dunas al noreste del Níger.
Teneré, lo mismo que sahara, no es sino otra forma de decir desierto. En francés se escribe con tres tildes: Ténéré
Hasta hace poco, sola entre las dunas, aislada, había una acacia en medio del Teneré. Mojón de rutas de caravana, esperanza. Según Raymund Mauny, una Acacia tortilus Hayne, kandili en tuareg.
El árbol del Teneré. El más aislado de la Tierra, el más solitario tal vez, señalado en los mapas aun a escalas donde no aparecen muchas ciudades: no había otro en cuatrocientos kilómetros a la redonda. A la par, un pozo de agua no muy buena. Lo excavaron en 1938/39; entonces se vio que las raíces de la acacia descendían a treinta y tres y treinta y seis metros de profundidad, hasta el nivel friático.

Michel Lesourd estuvo ahí en ese tiempo. La excavación le pareció una quimera, porque a los habitantes de la región nunca se les había ocurrido. Se trataba de un proyecto francés y era, efectivamente, una empresa de locos, en condiciones infrahumanas para los excavadores, gente de proporciones atléticas, del lugar, por supuesto, y no franceses. Escribió:
Hay que haber visto el árbol para creer que existe. ¿Qué secreto guarda? ¿Cómo puede seguir vivo a pesar de las multitudes de camellos que pisotean los alrededores? ¿Por qué no se acerca ningún camello perdido a alimentarse de las hojas y las espinas? …
Todos los años las azalai, las caravanas de la sal, se reúnen debajo antes de enfrentarse a la travesía del desierto. La acacia se ha convertido en un faro viviente, el primer y el último mojón para la caravana que parte de Agadez a Bilma, o que vuelve.
Los pájaros descansan al pie del árbol. Los atrae desde lejos y piensan que en él pueden encontrar agua y follaje verde. Lamentablemente, les espera la muerte. No es un espejismo, pero tampoco un manantial donde las palomas y los cuervos y los gorriones puedan beber.

También Henry Lothe reseñó las dos visitas que hizo al árbol del Teneré, en 1934 y 1959. La segunda vez lo encontró dañado por la arremetida de un vehículo:
Antes, este árbol era verde y tenía flores: ahora es un árbol lleno de espinas, descolorido y sin hojas. No lo reconozco. El tronco estaba claramente dividido en dos. Ahora tiene un tronco simple, con un chonco al lado, arrancado, más que cortado, como a un metro de altura. ¿Qué le pasó a este árbol triste? Nada más que arremetió contra él un camión que iba para Bilma… aunque tenía espacio suficiente para evitarlo.

En 1973 alguien volvió a atropellar a ese último sobreviviente de climas menos severos, y lo arrancó del todo. Desde ese noviembre, sus restos están expuestos al público en la capital del Niger, Namey, en un pabellón especial del museo nacional del país.


En el Teneré, en el punto original, levantaron en su lugar un ‘monumento’ de tubos de metal, otro ‘árbol’ con partes de carro como reflectores en las ‘ramas’. Eso es progreso.
Originalmente, la base estaba compuesta por tres estañones. Hoy tiene dos. También va disminuyendo la cantidad de reflectores.

A veces los grupos de turistas se encuentran al nuevo ‘árbol’ en el suelo y se organizan para volverlo a levantar.

Hoy existen dos pozos en el lugar, muy cercanos entre sí. El que está totalmente forrado en cemento, produce un eco espectacular cuando uno habla. El otro, del todo no tiene eco. Leí que, para los estándares del desierto, el agua de esos pozos no es tan espantosamente mala, y la gente encuentra siempre unos metros de agua acumulados en el fondo. Probablemente más de cuatro metros cúbicos.
Todavía acampan ahí las caravanas de sal. Al lugar lo llaman Ad Azzaouagger. No pude encontrar qué significa. Me gustaría poder suponer que ‘junto a la acacia’. Quién sabe.







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