16.8.08

el ahuehuete del Tule


Del Diario de Oaxaca, de Oliver Sacks:

Llevo ya cincuenta años o más con ganas de ver al Gigante, el famoso árbol del Tule, ese ciprés calvo colosal del patio de la iglesia de Santa María del Tule; son ganas que vienen de cuando ví una foto vieja en el libro de texto de botánica de Strasburger en mis días de biología escolar, y leí que Alexander von Humboldt, quien lo visitó en 1803, pensó que podía tener más de cuatro mil años de edad. La noción de que el mismo Humboldt efectuara un viaje especial para verlo, de que ahora estoy parado, casi doscientos años después, donde pudo haber estado él, le agrega una dimensión especial. Humboldt es uno de mis grandes héroes, y lo ha sido desde que yo tenía catorce o quince años. Amo su curiosidad enorme e insaciable, su sensibilidad y su atrevimiento: fue el primer europeo en escalar el Chimborazo, el pico andino más alto del Ecuador y, ya cerca de los setenta, no le dedicó ninguna reflexión particular a embarcarse en un viaje salvaje por Siberia, en el transcurso del cual recolectó minerales y plantas, e hizo observaciones mineralógicas. No sólo tenía una sensibilidad manifiesta por el mundo natural, sino que también parecía ser (lo cual no es cierto de todos los naturalistas, y ni siquiera de todos los antropólogos) inusualmente sensible a las diversas culturas y a las gentes con quienes se topó.
Aunque todavía estamos en las inmediaciones de la ciudad de Oaxaca, imagino que, en tiempos de Humboldt, esta iglesia y su árbol deben haber estado muy aislados. Eso se aprecia claramente en la vieja fotografía, donde se ve la iglesia rodeada de campo abierto, mientras que ahora la rodea un pueblo boyante y, en realidad, casi ha sido absorbida por la misma ciudad.
El árbol es demasiado grande para que lo abarque la vista. Debe haber parecido aún más extraordinario antes de que la misión y la ciudad fueran erigidas. Empequeñece la iglesita y la hace parecer de juguete. No es sólo la altura (de escasos cincuenta metros) sino el perímetro (casi 65 metros alrededor del tronco) y el aún más inmenso follaje, que corona el tronco monstruoso como si fuera un hongo.
Un mundo de pájaros entra y sale volando: en el árbol tienen sus residencias, sus apartamentos. Scott saca la cámara, examina y fotografía cuidadosamente las piñas; las femeninas a la altura del ojo, las masculinas más arriba. Takashi Hoshizaki, delgado y ágil a pesar de todos sus setenta y cinco años, con el sombrero de fieltro lleno de pines, compara el árbol del Tule con los pinos longevos de California, de los cuales se afirma que llegan a los seis mil años de edad. Menciono el famoso drago de Laguna en las Islas Canarias, que también tiene la reputación de tener seis mil años; el árbol que produjo tales extravagancias líricas en Humboldt que el mismo Darwin se sintió profundamente desilusionado cuando no pudo verlo, debido a una cuarentena. Takashi me cuenta que hace dos mil años toda esta área era exuberante, integrada en un suampo; ahora es árida, semidesértica la mayor parte del año; sólo sobrevive el árbol del Tule para contar el cuento, con sus amplias raíces y su avanzada edad. Me pregunto qué más ha visto el Gigante. El ascenso y la caída de media docena de civilizaciones, la llegada de los españoles, toda la historia humana de Oaxaca.



El árbol del Tule es un ahuehuete, Taxodium mucronatum. La palabra ahuehuete es nahuatl y significa 'viejo del agua'. También se llama 'ciprés calvo', como le dice Sacks, y 'ciprés de Montezuma', porque hace quinientos años éste mandó a sembrar de esos árboles sus fabulosos jardines. En tarasco se llama 'penhamu', de donde Pénjamo es 'el lugar donde crecen los ahuehuetes'. El árbol de la Noche triste, donde lloró el imbécil, era un ahuehuete.
Se calcula que éste tiene al menos dos mil años, aunque nunca se le ha calculado la edad de manera estrictamente científica; mide (dato de 2005) 35,4 metros de altura, y 36,2 metros de circunferencia. Ocupa un volumen de setecientos cinco metros cúbicos y pesa alrededor de quinientos diez mil kilogramos. A su sombra se pueden cobijar más de quinientas personas a la vez, y para rodearlo se necesitan unos treinta adultos, agarrados de la mano con los brazos extendidos. En 1996 se le quitaron más de diez toneladas de ramas y hojas muertas. En la región sobreviven ocho ejemplares notables de esta especie. El árbol del Tule es el más grande.





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