Seis años. Preparatoria en la escuela Humboldt, cincuenta varas al sur de la botica la Primavera, en lo que había sido la casa del Dr. Moreno Cañas. Todavía no teníamos uniforme, la escuela entera no tenía.
Tenía un año de sentirme grande, pero supongo que, entre tanto, se me había quitado la costumbre de empezar tooodo lo que decía con 'Como ya yo soy grande…'
El vestido de la foto me gustaba especialmente. Era de rayas de un azul oscuro y gris, y tenía una faja anchota. Probablemente correspondía a mi idea de lo que era 'ser grande'. Ya leía desde hace rato, ese año aprendí a escribir. La maestra me obligó a hacerlo con la derecha, aunque tío Carlos y, en realidad, todo el mundo se oponía. Al fin y al cabo Papá también es zurdo, soy zurda yo, y son zurdos mis hermanos Eugenia y Hermann. Por dicha a ellos dos ya nadie los obligó.
1962. Antes de la ceniza. Antes de que se acabaran en San José las miríadas de mariposas, tardamos años en volver a ver una, antes también de que desaparecieran las ranitas diminutas que se pegaban a las ventanas. No sé qué eran: no eran transparentes y estaban perfectamente bien formadas. ¿Quién sabe?
Jugábamos con los cabezones de los charcos. No hacía más que llover, cuando las ranas dejaban tiras de huevecillos en todos ellos. Entonces esperaba con ilusión los cabezones. Me encantaba la espiral más oscura que tenían en la panza. Jugar con ellos consistía en agarrarlos con un poquito de agua en la mano y observar cómo se movían. Después los echábamos otra vez al charco. Me dejaban de gustar cuando empezaban a echar las patas de atrás y a encogérseles el rabo. Me volvían a gustar cuando ya eran ranas.
Vivíamos donde Abuelo y Abuelita, aquí a la vuelta. Nos habíamos venido a San José dos años antes, cuando nació Olga, la única de mis tres hermanas de quien recuerdo claramente la primera vez que la ví.
En 'la gruta' había peces. Desaparecieron rápidamente y quedó sólo uno. Cuando Israel lavaba la gruta (con bastante jabón), echaba el pobre pecesillo en una palangana plateada (con agua, claro). Karla y yo solíamos andarlo alzado hasta que nos cansábamos o nos lo pedían para volverlo a echar a la pila. Era también el tiempo de tomarnos fotos con todos los primos encaramados en la gruta, o sentados en la orilla.
Todavía recogían la basura en camiones abiertos. En los parales a veces llevaban un zopilote de adorno. El panadero se llamaba Rafael, todas las mañanas entregaba el pan por la ventana de la cocina. Zoila se lo recibía. Un día lo mató un carro y no volvió. Por esa misma ventana le daban café a Jesús, cuando venía. Todo lo demás se lo bebía. Claro que Abuelita lo regañaba. Recuerdo que una vez desapareció por meses, se había ido a Puntarenas.
Amado enceraba la casa. Toña hacía los tamales de navidad. Nemesia cocinaba en las grandes ocasiones. Juan Córdoba era el chofer, aunque los domingos o cuando Juan no estaba, venían también Oscar Arias, que era enorme y de pelo muy blanco, sobrino de Yita, o Romero, chiquito, delgado como un alambre, y oscuro. Después se cambió el nombre y había que decirle de otra forma. A mí siempre se me olvidaba. Ahora sé que el papá lo había reconocido.
Todavía vivía Pablo en la casa de en frente y todavía éramos amigos. Cuando queríamos que saliera a jugar con nosotros, nos parábamos en la acera y gritábamos 'Pablum avena', 'Pablum avena', hasta que el chiquito salía. Me acuerdo de las canillas largas y las rodillas huesudas de Pablo. Pablum avena era el cereal que comíamos. Mamá le echaba una pastilla de levadura de cerveza, y era una delicia pescarla y comérsela. Nunca me he vuelto a topar con levadura de cerveza que sepa tan rico.
En la esquina se acababa el barrio. La casa de los Ortuño era la última de este lado. Después había un medio trillo, y lo que es el Parque Francia y todo eso, todavía era cafetal. En la esquina diagonal a Abuelo y Abuelita había un gran higuerón, que después botaron para construir.
Puede ser que ése haya sido el año en que tío Carlos le regaló una ternera ya grande a Abuelo, y la tuvieron en el lote, donde ahora está esta casa. Hay fotos que muestran a Abuelo, en bata, pasando por el jardín con la ternera amarrada con un mecate.
20.10.08
seis años
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elendragMe encanta!! Nunca había escuchado ninguno de los relatos aquí contados :)
ResponderBorrarGracias, Daniel. Pues ya ves.
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