A ver: ¿Escribo con bolígrafo o mejor con lápiz, para poder corregir? ¿Pongo todo en femenino porque soy mujer o, para no insultar a nadie, también en masculino, estilo "los adultos y las adultas", "los y las estudiantes"? ¿O, consciente de la decisión que tomo, sigo utilizando, en este caso particular, las formas convencionales? Como casi todos, vivo constantemente obligada a escoger, dentro de ciertos límites, en toda la gama que va de las cosas mínimas a los asuntos importantes. Sin embargo, queramos o no, tenemos que delegar muchas de las decisiones que nos atañen. No queda más remedio. De otra manera nos volveríamos locos, y locas. Algunas las delegamos en personas que las tomaron a nombre nuestro aun antes de que naciéramos, o cuando estábamos chiquitos. Mi madre escogió traerme al mundo. No tuve nada que ver con el nombre que llevo, ni escogí el país en que nací, pero los acepto. No fue mía la decisión de ponerme en la escuela que me marcó por siempre. Uno crece. Aumenta el número de decisiones que toma por sí mismo, o debería aumentar: también hay casos patológicos. Otras veces la opresión toma formas sutiles. En todas partes. La mayoría de edad equivale, en principio, a reconocer que se tiene criterio suficiente. Entonces se puede votar, casarse sin pedir permiso, ocupar cargos públicos. Que es un proceso y no un instante lo muestra, por ejemplo, el hecho de que la Constitución prevé que se puede ocupar la presidencia del país solo si ya se han cumplido los treinta años de edad. Negarle derechos a cualquier grupo, equivale a considerarlo incapaz de tomar sus propias decisiones. Como sabemos que no daríamos abasto y nos volveríamos locos si tuviéramos que decidir solos todo lo que nos corresponde, consultamos especialistas, personas que nos asesoran o que hacen determinadas cosas por nosotros. Muchas decisiones implican que no podemos dedicarnos a las alternativas. Debemos poder confiar en otros, quienes, en situaciones similares, decidieron cosas diferentes. Pienso, por ejemplo, que mejor no tomo sola las decisiones médicas propias, aun sabiendo de medicina. Pienso, por ejemplo, en la vida política y económica. En algún momento decidí estudiar teología y no otra cosa, o dedicarme de lleno al teatro, o a criar tigres. No podría cumplir ni medianamente, si a la vez tengo que hacer de alcalde, de presidente de la república y del banco central, porque no puedo confiarle a nadie esos puestos. Lo mismo vale para el sistema judicial. Pero yo, que tomé determinadas decisiones, no tengo por qué quedarme tan oronda ante los atropellos que cometen los que me representan en otros campos. Pienso, por ejemplo, que en diciembre del año pasado cuatro hombres violaron a una muchacha. Hoy en día andan sueltos, aunque hubo testigos. Hay quienes los patrocinan y los protegen. La siguieron intimidando. El sistema parece estar de parte de ellos. Fue una joven, debe haber casos análogos de injusticia contra otras personas, sin importar el género. Me pregunto por qué no se habla más del asunto. La corrupción no tiene que ver solo con dinero. Es especialmente nefasta cuando se ensaña con los que están en desventaja. No es solo el caso de esta muchacha, pero también es este caso. No sé cómo justificar el silencio. Un joven abogado me dijo que de qué me extraño. Así ES, así funciona la cosa, el sistema está podrido. (7 de agosto de 2005)
2.3.08
Alternativas
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario