Un poco largo, pero una de las cosas que me gustan de lo que he escrito. Lo publicó Linda Berrón en 'Relatos de Mujeres', antología de narradoras de Costa Rica, caramba, hace ya años.
Cuando tía Amelia se puso viejita, empezó a pasar cada vez más rato ensimismada, como reflexionando sobre algo que la hacía fruncir el ceño y le ponía un signo de interrogación en cada ojo. La íbamos a ver y ahí estaba, sentadita y cada vez más encorvada, tratando de agarrarse las rodillas con las manos. Jaime, decía de vez en cuando, Jaime, y la cara se le iluminaba unos instantes.
Repasé el nombre del marido y de todos los hijos de la tía Amelia. Ningún Jaime. Ni el papá, ni los hermanos tampoco. Pregunté entonces si se sabía a quién llamaba. Pues sí, claro, me dijeron y se volvieron a ver, Jaime se llamaba el primer marido que tuvo. Y me contaron una de esas historias que, aun sin necesidad, en familias como la mía a veces se guardan como un gran secreto…
Era así: había neblina y el día estaba oscuro, como si ya fuera a llover. Tenían la ropa húmeda y pegada al cuerpo y subían con torpeza. A veces les rodaban las piedras bajo los pies. Más adelante iba el baquiano, en la mano las riendas de la bestia que cargaba el diario y las mudas de ropa, a menudo sólo una sombra calladita en la neblina. Desaparecía y aparecía después, quieto y callado como un poste, las gotas chorreándole del sombrero, quieto y callado él, quieta y callada la bestia.
Hacía rato que no hablaban. Iban cansados, cogidos de la mano. Sólo querían llegar. A veces uno y a veces el otro se preguntaba qué sentido tenía aquello si iban sólo por unas semanas y después había que volver a bajar. Otra vez el mismo esfuerzo. Claro que habría sido muy diferente con otro tiempo. Pero a ninguno de los dos se le había ocurrido objetar estas primeras semanas de casados en una finca perdida en la montaña.
La noche antes de la boda, la luna temblaba por la humedad del aire. No había niebla, pero costaba distinguirle los contornos. Las estrellas, mucho más grandes que otras noches, difusas y tenues. Las cosas, inmóviles, parecía que tenían sombra y parecía que no tenían.
Por la ventana, envuelta en la cortina para calentarse un poco, los pies descalzos, Amelia veía las cosas, veía la noche. La luna apenas si alcanzaba a teñir de gris la cama en desorden, el interior vacío del armario, la canasta de la ropa en el suelo, todavía sin tapar. Guindando a un lado del espejo, el vestido blanco, todo gris de luna, y el velo que la cubriría a la mañana siguiente, ya apenas dentro de un rato.
Y Amelia pensaba en él, que iba a ser su esposo, para siempre, el resto de la vida, y le temblaban los labios como arriba también la luna.
Lo conocía desde siempre. Había sido el novio de Claudia, su hermana grande, cuando ella apenas era una chiquilla de enaguas cortas que corría a sentársele en el regazo cada vez que venía de visita. No se acordaba de una época en que no lo hubiera idolatrado. Pero él se fue y Claudia se casó con otro.
Jaime, uno de aquellos muchachos que, al tener edad, la familia mandaba a estudiar al extranjero, había vuelto apenas hacía unos meses, con el aura de los que han estado en Europa y con respetabilidad prematura, gracias al título de doctor. Y, a pesar de la corta edad de Amelia, en seguida la había pedido en matrimonio. En realidad, la había reclamado en sustitución de Claudia. Como para borrar una afrenta. Pero ella estaba feliz: eso no le importaba para nada. Los papás habían puesto como condición que se esperaran a que cumpliera dieciséis. Y ya los había cumplido.
Sentía ganas de que llegara el día; también estaba muy asustada. Por eso hubiera querido poder fijar para siempre en el tiempo, para que no se acabara nunca, esa noche de estrellas enormes y luna temblona que, en forma apenas perceptible pero inexorable, continuamente cambiaba de lugar.
El gris había adquirido un ribete rosado, sin merecer aún el nombre de claridad, cuando llegó mamá a ayudarle a vestirse para el día. Se casaban muy temprano y, mientras los demás celebraban, harían un viaje de muchas horas hasta la casona donde pasarían juntos, los dos solos, los primeros días de casados.
Jaime le había hablado ya muchas veces de esa finca y de las montañas y Amelia sentía impaciencia por conocer un lugar que a él le era tan caro, "donde se ven desde arriba los picos de los volcanes".
Mamá ya estaba lista y hablaba poco, contra su costumbre. Algo dijo, negativo, del vestido nuevo importado y, también, que habría que teñirlo antes de volver a usarlo. Qué majadería, ¿por qué no te podías casar de color, como todas? y, moviendo la cabeza: qué ideas trae de afuera ese muchacho.
Así es que en cuanto Amelia se hubo bañado, mamá le ayudó a vestirse. Y suspiró mientras le cerraba los botones de la espalda y también mientras le ayudaba a trenzarse, bien socado, el pelo, y a recogerse las trenzas alrededor de la cabeza. Con este día no te va a durar nada el peinado. Con ese pelo tuyo, muchacha, ahoritica se te salen las mechas por todo lado.
Pareciera que mamá no estuviera contenta de casarla, aunque se mostrara tan orgullosa durante todos estos meses y presidiera tan dignamente las visitas del novio en la sala buena: seguro no había mejor partido en toda la ciudad. Y se había mantenido fiel a la familia: no se casaba con Claudia, pero se la llevaba a ella. Sin embargo, ahora no parecía contenta. Suspiros, quejas, regaños y la boca: una línea recta de labios apretados. Era como si en ese momento mamá ya no fuera mamá. Amelia no podía saber que repasaba los recuerdos de su propio noviazgo, de su propia boda y de su primera horrible noche de casada: pobrecitica mi Amelia, los hombres son unos burros.
Todavía no amanecía del todo cuando salieron de la casa. Una neblina en jirones recorría las calles. Para Amelia era como si chiquillas de escuela corrieran retozando agarradas de las manos; feliz y excitada, con ganas de correr a su vez con la neblina, se recogía las faldas todo lo que la decencia permite y procuraba no meter los zapatos nuevos en los charcos intactos de las lluvias pasadas.
Ya en la iglesia, mamá la mira con el ceño fruncido. No le gusta esa hija con los ruedos sucios y el pelo que no quiere quedarse en su lugar. Desaprueba aún más el color que le ha salido en la cara, los labios entreabiertos, los ojos grandes y brillantes. Supone que mañana su hija ya no tendrá esa expresión, no la tendrá nunca más. Secretamente incómoda, desearía que la hija amara menos, esperara menos, sin hacerse ilusiones, ninguna, nada, para aminorar el golpe, para que después el sufrimiento sea menor. De haber sabido cómo, le habría advertido, pero ni imagina siquiera que exista forma de hacerlo. Quién sabe si por lo menos sería capaz de explicarse lo que la hace sentirse tan enojada, tan molesta, tan violenta.
Mientras empieza la ceremonia, Amelia espera en una de las esquinas de atrás de la iglesia. El velo que ahora la cubre casi hasta los pies no le ha podido disimular el brillo de los ojos. Entran los pocos invitados. A Amelia le divierte esa gente de todos los días de repente tan tiesa, tan compuesta. Los señores, de cuello rígido y pechera almidonada; las señoras, traje de domingo aunque sea entre semana, y la mejor mantilla española o la mejor toalla de seda negra del Oriente para cubrirse la cabeza.
Llega también el novio, clavel blanco en el ojal de la solapa. Semejante excentricidad dará qué hablar en toda la ciudad. Claro, eso pasa por mandar a los hijos a estudiar afuera. Petimetres, se vuelven petimetres.
La ceremonia transcurre, larga y tediosa. Pero las veladuras de neblina le dan diversas calidades a la luz que filtran las ventanas de vidriecillo menudo; y la iglesia, casi en penumbra, donde todavía brilla la llamita que anuncia hostia consagrada en el sagrario, poco a poco se transforma en un inmenso caleidoscopio donde se persiguen y se divierten los colores.
Cuando salen, ya llueve otra vez. Caramba, sonríe Jaime y la vuelve a ver, se me había olvidado lo que era un buen temporal.
Quiénsabi niñú, dice Rimigiu, el baquiano, que así habla. Usté sabi quicuanduaquí llueviasí, nuhay cuándu pare. Y con un último vistazo a las nubes negras que se acumulan, negras en el gris profundo del crepúsculo, arrea la bestia y ligerito, sobre los pies descalzos, desaparece tras el primer recodo del camino.
Están solos.
Jaime volvió a ver a Amelia. Nadie la había vuelto a ver nunca con una mirada tan aterciopelada. Tiene razón Remigio, si empieza a llover ahora, seguro llueve toda la noche y, tal vez, también mañana. Mejor voy un momentito al cobertizo a traer algo de leña. Así tenemos suficiente, seca, hasta que escampe. Mientras tanto, tal vez andá cambiate de ropa, ponete algo seco. Yo ahorita vuelvo.
Amalia le sonrió con los ojos. Mientras tanto, más bien, voy a ir poniendo un poco de orden y alistando la comida.
Él le buscó la mano en la que, apenas esta mañana, le colocara, para siempre, una alianza, y se la apretó con cuidado entre las suyas. Luego, con el fervor con que besan otros las imágenes de los santos, se la llevó a la boca y depositó un beso sobre el anillo de bodas. Ella entonces esperó a que lo escondiera la esquina de la casa antes de entrar.
Ya en la cocina, buscó platos y cubiertos y, de la canasta de las provisiones, sacó queso y pan y unos pedacitos de dulce, para el postre. Ya no sentía el cansancio de hace un rato. Con plena conciencia de su nuevo estado, por el momento sólo le interesaba cumplir. Con todo el fuego de sus dieciséis años, se había jurado no darle nunca al marido ni una sola razón para arrepentirse de haberse casado con ella. Sacó la lata del café y la bolsa de chorrear y los dejó dispuestos para cuando él entrara y pudieran calentar el agua. Ya hacía ruido la lluvia en el techo de teja. Le puso atención un instante; de por sí se les iba a mojar la leña, a lo mejor hasta se le resfriaba Jaime. Sacó también un mantel y servilletas. Encontró dos jarras y las colocó junto a los platos.
Recorrió la casa con más cuidado que cuando entró por primera vez y comprobó satisfecha que Cora, la mujer de Remigio, de veras la mantenía limpia y bien ventilada. No tenía el olor a moho de las casas cerradas, las cortinas estaban recién lavaditas y no había ni polvo ni animalillos por ninguna parte.
Puso el quinqué sobre la veladora y, con algo de duda, fijó la vista en la cama: sólo una para los dos. Pero, claro, así debía ser. Del paquete de su ropa fue sacando las poquitas cosas que había traído, las extendió sobre la cama y las volvió a doblar. Por el cuarto se esparció el aroma de la raíz de violeta. Escogió un vestido sencillo y se cambió lo que traía puesto. Abrió las puertas pesadas del armario y fue acomodando adentro todo lo demás. Se destrenzó el cabello, lo secó un poco, y se lo volvió a peinar de memoria, sin sentir necesidad de verse en el espejito que había en el rincón. Se dio cuenta de que tenía frío y sacó un rebozo para cubrirse los hombros.
La lluvia caía ahora con mucho mayor fuerza. Lo mejor era alistarle ropa seca a Jaime para que se cambiara en cuanto entrara, para que, de veras, no se le fuera a resfriar, qué calamidad. Así es que abrió también el paquete de la ropa de él, separó lo que le pareció adecuado y guardó el resto en el armario, como había hecho con lo suyo. Al aroma de la violeta se unió entonces uno sutil a lavanda.
Cuatro días llovió con la misma furia. Al segundo, Remigio había empezado a buscar señales en el cielo, para ver cuándo iba a amainar aquello, pero no veía ninguna. A la par del rancho, la lluvia se trajo el maizal al suelo. Metieron a las gallinas, para no perderlas. Ensuciaban todo: la mesa, los bancos, la hamaca. Cora se había puesto más triste que nunca. El rostro huesudo, apenas un reflejo del tiempo de ahí afuera. Desde la puerta del rancho veía a la vaca, mansa bajo la lluvia, como son las vacas, y todavía le daba peor la tristeza. Ya no hablaba.
Apuntaba apenas el quinto día, todavía gris pero ya sin lluvia, cuando llegó el padre de Jaime. Remigio y Cora se asomaron al ruido de los cascos del caballo. El siñur quería ir con Remigio a darle una vuelta a los hijos porque también le preocupaba tanta lluvia. Remigio estuvo dispuesto en un momento. Mejor seguir subiendo a pie, el caballo había tenido dificultad para llegar hasta ahí. A pie siguieron.
Al dar la última vuelta, todavía de lejos, notaron la puerta de la casa abierta. Habían hecho el camino de un solo tirón, apartando a machete las ramas de los árboles caídos y resbalándose en el barro de los derrumbres. La tierra, como una esponja ya muy llena, absorvía tanta agua con dificultad, cada paso les costaba esfuerzo.
A Remigio no le gustó la apariencia de la casa: la puerta abierta, pero las ventanas cerradas herméticamente, como si todavía lloviera y fuera además de noche. Apuró el paso.
Así es que el último pedazo se acercaron dando voces, pero nadie les contestó. Y corrieron los últimos metros cansados y quedaron inmóviles antes de entrar. El padre de Jaime dio un grito.
Unos ojos enormes, fijos, en una carita angulosa y vieja, veían hacia afuera, sin verlos a ellos. Amelia, porque era ella, sentada en el suelo, de cara a la entrada, se balanceaba rítmicamente, adelante y atrás. Los brazos rígidos le rodeaban las piernas, las manos clavadas en las rodillas. Tenía sucio de barro el vestido hecho jirones, sucios de barro el pelo, la cara, los brazos, las uñas. No los oía cuando le hablaban ni los veía tampoco.
Remigio recorrió la casa. En la cocina, las cucarachas se habían comido el queso y el pan y la bolsa de chorrear. Lo demás, todo en orden. No había señales de Jaime. Tampoco afuera. Nada.
Lo llamaron y lo buscaron largo rato. En el barro, sólo las huellas de los pies de Amelia, y de los lugares en que se había resbalado, se había caído. Nada más. Nada.
Después vinieron también otros y extendieron la búsqueda por días de días. La gente lo quería, fueron muchos los que se ofrecieron a buscarlo.
Nada.
Absolutamente nada. Nunca encontraron nada. Ni un solo indicio. Ni un solo rastro. Nunca. Nada.
No fue sino hasta mucho después cuando Amelia pudo contar que Jaime no había regresado jamás de traer la leña.

Este lo puedo leer una y otra y otra vez... y no cansarme. Cada vez que lo leo, imagino lo que sucede; pero curiosamente, desde la perspectiva de los distintos personajes. No sé por qué.
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