2.3.08

Impaciente

Alto, canoso, vestido de caqui, anteojos de pasta negra, se inclinaba sin doblarse a la hora de hablar. Daba la sensación de estarle poniendo más del cien por ciento de atención al interlocutor. Tenía un vivero ejemplar por Cartago, y una finca por Agua Caliente donde producía semilla de plantas ornamentales. Le interesaba profundamente el bienestar de sus empleados.

En el vivero había matas sembradas en el suelo, a la intemperie, y otras en cobertizos enormes. Las rosas estaban bastante a la entrada, a mano izquierda. Si alguien quería una mata, el peón la sacaba con la pala, dejándole un terrón que envolvía en papel kraft y amarraba con un mecatito. Cada rosal traía una tarjeta colgando. Se le dejaba para seguir sabiendo qué era: Lady Karla; Chicago Peace, que pasaba de amarillo a rosado conforme se iba abriendo; Alexander; Blue Moon, una rosa 'azul'; Grace de Mónaco, Pascalli, Scharlachglut, La France. Nombres que, en su mayoría, tomé de páginas que describen rosas y no del recuerdo, pero que, por sus características, pueden haber salido algún día del vivero.

Don Claude Hope, oriundo de Texas, había sido capitán del ejército de los Estados Unidos. Durante la segunda guerra, cuando las cosas se pusieron color de hormiga en los mares del sur y los Estados Unidos temieron quedarse sin abastecimiento de quinina, el capitán Hope efectuó un viaje temerario.

Con el enemigo pisándole los talones, despegó de una islita de las Filipinas en un avión injertado con el ala más corta de otro, porque no había ninguno entero. Transportaba un cargamento de tarros de leche llenos de semilla de cinchona para sembrar en Costa Rica.

Aunque la cinchona es oriunda del Perú, que no estaba en medio conflicto, y tal vez hubiera parecido más lógico abandonar los sembrados filipinos y sacar material nuevo de América del Sur, el viaje se justificó aduciendo que se trataba de una variedad recién desarrollada y prometía rendir cantidades enormes de quinina. No sé si es suficiente como para poner en peligro la vida de todos los involucrados.

En todo caso, cuando los palitos de aquí estuvieron listos para producir, aparecieron la primaquina y la cloraquina sintéticas, por lo que, a fin de cuentas, este país nunca produjo quinina. Pero todavía se ve por estos rumbos uno que otro árbol de aquellos.

Acabó la guerra, el capitán Hope volvió a Costa Rica y se estableció aquí. No sé que se le haya dicho nunca de otra manera sino así, capitán Hope.

A la orilla de las cercas vio una matita que no conocía, con flor de color vivo. Se interesó en ella, se dio cuenta de que crece muy fácilmente, que tiene la característica tan apreciada por los jardineros de florecer a la sombra. La cultivó, produjo una cantidad impresionante de variedades, exportó semilla a todas partes.

La matita no era oriunda de aquí, pero había llegado al país ya antes de los ochentas del siglo XIX. Nosotros todavía le decimos china, pues algo que nos dio la impresión de provenir de los confines del mundo solo puede tener ese origen, aunque, como en este caso, nos viéramos obligados a situar a la China en África. En otras partes se llama sultana, por el sultán de Zanzíbar de la época en que fue descrita, o impatiens, que es también el nombre científico. Impaciente porque expulsa las semillas de la cápsula aún verde.

(26 de noviembre de 2005)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario