24.6.08

Cristina

22.6.08

clase de canto



Carlota, mi amiga de peor caracter, al fin se queda quieta para una foto.


el tema de La ciudad sin nombre

Con el tiempo he ido encontrando música en internet que pensé que nunca más iba a oír. Recordaba vagamente una canción… me fascinaba especialmente la voz del cantante. Lo único que sabía todavía con certeza era el nombre con que la anunciaban: el tema de la ciudad sin nombre.

¿Se acuerdan de Lee Marvin? ¿Aquel actor que hacía de vaquero, soldado, policía o facineroso? Pues… ¡él la canta! En 1969 hizo una película musical, ese género terrorífico que sólo los gringos pudieron haber inventado, en la que también aparecía Clint Eastwood (figúrense), y le tocaba echarse la canción. Es como oír cantar a un schnauzer: ; )



I was born under a wandering star. Wheels are made for rolling, mules are made to pack, I've never seen a sight that didn't look better looking back. Mud can make you prisoner and the plains can bake you dry, snow can burn your eyes, but only people make you cry. Home is made for coming from, for dreams of going to, which with any luck will never come true. Do I know where hell is? Hell is in 'hello', Heaven is 'goodbye forever, it's time for me to go'. When I get to Heaven, tie me to a tree, for I'll begin to roam and soon you'll know where I will be. I was born under a wandering star.

Descubrí algo, guardando las distancias: todavía me gusta.

21.6.08

conjuro

Entre las varias versiones latinas del De profundis, está la que unos días atrás puse aquí. Éste es un intento de ponerla en español, ayudada, claro, por cuanta traducción tuve a mano:


Desde lo profundo clamo a ti, Señor.
Señor, ¡escucha mi voz!, inclina tu oído a la súplica de mi voz.
Si tuvieras en cuenta nuestras iniquidades, Señor: ¿quién quedaría incólume?
En tí está ser generoso y, en consecuencia, tu ley se sostiene, Señor.
Sostén mi alma en tu palabra.
Mi alma espera en ti, Señor, como los custodios de la noche esperan la mañana.



20.6.08

Introspección

La verdad es que me gusta contar cosas. Me gusta conversar. Sentarme y hablar las horas muertas. Intercambiar cuentos, oír cosas nuevas, o viejas, intercambiar opiniones. Analizar lo que pienso a la luz de las ideas nuevas.

Si por mí fuera, tendría una casita en la montaña. Un potrero con siete vacas, pero sin Bolívar, una huerta, un gato tal vez, un perro. Árboles. Nubes. Neblina. Mucha neblina y aguaceros. A veces, viento. También silencio. Bendito sea el silencio.

Las paredes tendrían estantes, los libros todos con los lomos a la vista. He ido perdiendo la memoria. En parte, porque ya no puedo verles los lomos. Verlos ayuda. Y tiene efectos terapéuticos.

Extraño el tiempo en que, con sólo pasar por los estantes, entendía cómo estaba. Una ojeada, cuál color resalta más. Azul o verde: todo bien. Pero ay del rojo y del amarillo.

¿Qué más? Ajá. No tendría que dar clases. Me gusta enseñar, pero no dar clases. Lo he hecho demasiado tiempo. Sufro demasiado. No me siento adecuada. No he aprendido a dominar el pánico escénico del primer día. Ni del segundo. Ni del tercero. No sé tampoco aceptar que la clase no es mía.

Nunca he sido persona de grandes aglomeraciones. Ni de pequeñas. Necesito estar sola. Estar sola no es lo mismo que sentirse solitaria. Lo primero es lo que es. Lo segundo, abrumador.

Tal vez entonces me darían ganas de volver a cocinar. Cocinaría algo así como una vez al año, creo. Tendría una hamaca en el corredor de enfrente. O dos. Para tener cuatro perspectivas. A ratos, pero no siempre, una amistad perezeando en la otra, tal vez desgranando cuentos, tal vez sólo observando el paso de las nubes.

Tendría mucha agua. Chorros y chorritos, gotas y gotitas. Charcos de ver reflejado el cielo y charcos de quebrar con el pie. El sonido de un buen aguacero. Una acequia presurosa cerca de la puerta de la cocina. Una pila azul con un chorro sin tubo, siempre llena. Una tinaja húmeda a la entrada, de recibir al que llega con un trago de agua fresca.

Mucha luz de día, y mucha oscuridad de noche. Excepto la luz de luna. Pasaría mala noche, igual que ahora, cuando está llena. Y la disfrutaría, igual que ahora, igual que siempre. Le pondría un florero, o un balde, lleno de calas. O nada, francamente.

Tendría un modelo que dibujar. Ver para dibujar es otra cosa. Tendría espliego en el jardín. Tendría violetas. Tal vez adormidera. No sé si querría cantar.

Completé una página. Tengo cincuenta y dos años, cinco meses y unos días. Eso es todo.

16.6.08

¡ja!


Acabo de darme cuenta de que prácticamente todo lo que 'sé' de mitología germánica continental (de Alemania, no de Escandinavia ni de Islandia)  fue inventado o arreglado y adornado en el siglo XIX.


[foto de Art Rock]

14.6.08

Algunos vivimos "demasiado", otros se mueren antes de tiempo…

...como, por ejemplo, Elisabeth Kulmann, quien murió a los diecisiete. 




Espanto. Son tales las complicaciones y las implicaciones de lo que acabo de poner así no más, que me siento tentada a olvidarme de Elisabeth y disectar en cambio ese tema. Pero no; aunque tampoco me puedo quedar callada, claro, cuándo he podido, así es que me permito observar solamente que NADIE vive NUNCA demasiado (y no me refiero a estados espantosos de consunción, que serían otro tema en sí). 

Tal vez dios todopoderoso en su exagerada infinitud inconmensurable, qué espanto. En realidad me caen bien los dioses germanos, que sabían que se iban a morir, y se murieron. O tal vez haya quien diga que alguien como Hitler, pero sólo es así desde el punto de vista de los demás, por supuesto. Desde el punto de vista de los demás –y no se me está olvidando que ese fulano se suicidó. 

Elisabeth Kulmann vivió diecisiete años en su nativa San Petersburgo. Probablemente murió antes de florecer, antes de dar sus mejores frutos. [Yo llevo cincuenta y dos en San José y tampoco son suficientes. Encantada haría lo mismitico que Fausto.]

Elisabeth Kulmann se llamaba Елисавета Борисовна Кульман. Nació en 1808. La podrían reclamar como propia tres literaturas… 

Además de sus DOS lenguas maternas, ruso y alemán, hablaba inglés, francés, español, italiano, portugués y griego moderno. Entendía latín, griego clásico y la lengua eclesiástica eslava. Su ocupación principal eran las traducciones. Alguna vez leí que todavía hay textos para los cuales las traducciones de Elisabeth siguen vigentes, pero no encontré la fuente, así es que no me atrevo a afirmarlo. Fue poeta en las tres lenguas que amó: alemán, ruso e italiano.

Goethe recibió una muestra de lo que escribía Elisabeth a los trece, y se atrevió a vaticinar que la jovencita iba a ocupar un puesto entre los poetas más universales, sin importar en cuál lengua escribiera… pero hasta un Goethe se equivoca: qué se iba a imaginar que la chiquilla se iba a morir dentro de apenas tres o cuatro años, mucho antes que él.

Elisabeth había muerto ya hace un cuarto de siglo cuando Robert Schumann le rindió homenaje en siete canciones con poemas de ella como letra. Las recoge la obra 104, un pequeño ciclo que lleva por nombre

Siete canciones de Elisabeth Kulmann para recordar a la autora

y está compuesta por

Luna, preferida de mi alma
2 Que tengáis suerte en el viaje, golondrinas
3 Me llamás 'pobre muchachita'
4 El vaquero
5 Dame la mano, oh nube
6 Se murieron las últimas flores
7 Ha luchado mi barca

Los títulos son, en sí, sugerentes y dan idea del tono de los poemas. De muestra les pongo la canción número 4, un botón (de rosa):

Der Zeisig                                  El vaquero*

Wir sind ja, Kind, im Maie,            Estamos, niña, en mayo,
wirf Buch und Heft von dir!             tirá los libros y cuadernos;
Komm einmal her in's Freie          venite al aire libre
und sing' ein Lied mit mir.             y cantá conmigo una canción.

Komm, singen fröhlich beide        Vení, compitamos alegres
wir einen Wettgesang                 cantando los dos,
und wer da will entscheide           y que decida quien quiera
wer von uns besser sang!             cuál de nosotros cantó mejor.

[*Más adecuado sería, probablemente: el pastor de vacas, pero me parece que así en español no existe, verdad.]

Aquí está Der Zeisig con la música de Schumann, cantado por Juliane Bansen, con el curiosísimo Graham Johnson al piano (nunca he visto peor bostezo de notas al programa, ni nada tan curiosamente interesante: cuando se pone a explicar, por ejemplo, lo que traza en el piano el dedo chiquito de la mano derecha del acompañante mientras el cantante canta… dan ganas de pegarle un capirotazo).