26.4.08

Aquis submersus

Qué extraño recontar el argumento de una obra literaria exquisita y llena de detalles, en vez de, simplemente, poner el texto. Todavía más extraño puesto que se trata del cuento un autor excelente, y que me encanta: Theodor Strom. Pero es extenso: buscarlo y traducirlo, aunque más lógico, me tomaría un tiempo del que ahora no dispongo.



Dos cuadros notables cuelgan entre los muchos objetos de la antiquísima iglesia de un pueblito, uno a la par del otro. De un lado, un pastor, severo y oscuro; del otro, un chiquito de unos cinco años, arrecostado en una almohada de encajes, con un lirio de agua en la mano, muerto. Debajo hay una inscripción: C. P. A. S.

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Una muchacha noble vivía aislada, con un hermano que velaba por ella como un buitre, y la quería casar con un amigo suyo de perversidad conocida. Como era tradición, para que quedara en la familia, le encarga que la pinte a un artista excelente, un amigo de niñez de la casa, quien apenas está de vuelta del viaje de estudios. El pintor y la modelo reviven entonces, ante la mirada vitriólica del hermano, el amor que se tuvieron de chiquitos. Cuando el pintor termina el encargo, ella está embarazada.

El pintor pide la mano de la muchacha. El hermano le contesta con un disparo. Cuando se recupera de la herida, ella ya no está en la casa. Se topa con un muro de silencio. Sus pesquisas no dan resultado.

Pasan cinco años desesperados. La fama del pintor se extiende. De una ciudad lejana lo llaman para que haga unos retratos. Mientras cumple con los encargos, surge la posibilidad de distraerse un poco pintando además al pastor de una pequeña comunidad vecina, a donde se llega caminando por un paisaje muy hermoso. El párroco es un hombre adusto, grande, oscuro y feo, que lo recibe a menudo con el hijo, un chiquito grácil, pálido y triste.

Corre el año de 1666, en la ciudad se aprestan a quemar a una bruja. Camino al pueblito, el pintor se topa a la gente que va al espectáculo. Cuando llega, se encuentra con que el modelo también se fue. Camina por los alrededores, entra al jardín de la casa parroquial. Oye al niño jugando y se topa con la madre.

El encuentro no es lo que él esperaba. Ella está gastada y débil, horrorizada por la culpa que imagina que carga. Desde el principio supo que era él quien pintaba al marido, pero no quiso verlo. Si hubiera sabido que iba a venir esa mañana, no habría salido al jardín. Ahora le ruega que la deje, tiene que cuidar al niño, quien juega junto a la acequia. Le dice que ha tenido la enorme suerte de que el marido, quien no sabe nada de la historia, lo quiera como si fuera suyo.

La voz del chiquito se distingue claramente, canta una cancioncita piadosa. El pintor retiene a la madre. Trata de convencerla de que debe irse con él. La idea, se trata de volver a pecar, la horroriza, pero sabe que no va a poder resistir. Regresa el marido, ella se va en busca del hijo, el pintor vuelve al cuadro.

Se oye un grito desgarrador. Mientras ellos dos conversaban, el chiquito se cayó en la acequia. Ensimismados, ajenos a todo lo que los rodeaba, no se dieron cuenta. Está muerto.

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El pastor va a la ciudad a buscar al pintor. La esposa le confesó todo. Piensa que debería odiarlo, pero entiende que los une el mismo amor. Quiere que pinte al chiquito y le done el cuadro a la iglesia.

El pintor pasa un día completo, solo, pintando al hijo muerto. En la mano le coloca, como regalo, un lirio de agua blanco, una flor que no se da en esa región. Cuando termina, no firma, no signa, nada. Sólo agrega una inscripción: C. P. A. S. Después se va.

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C. P. A. S. Culpa patris aquis submersus. Sumergido en el agua por culpa del padre.


25.4.08

Ys, Rungholt, Vineta

Hay otras ciudades sumergidas, empezando por la legendaria Atlantis, que a los alemanes les gusta situar por Helgoland o en la desembocadura del Elba, pero escojo estas tres:

Ys, Rungholt, Vineta,

sumergidas hace tanto tiempo que se convirtieron en leyenda antes de volver a la historia.

Ys, la ciudad que inspiró a Debussy, quedaba en el golfo de Douarnenez, en la Bretaña. Rungholt estuvo en la costa occidental de Jutlandia, en Schleswig-Holstein. Y Vineta, en la desembocadura del Oder, en el Báltico, parece que cerca de la ciudad de Wollin, en la Pomerania, en la margen polaca del río.

Rungholt, de las tres, es la de desaparición más dramática. Las otras dos parecen haber sido destruidas en la guerra y los restos lavados en gran parte por el mar. Pero Rungholt fue erigida sobre un terreno muy blando, en un extenso pantano. Se hundió completa el 16 de enero de 1362, al segundo día de los tres de 'die grote Manndränke' que azotó las costas del Mar del Norte, destruyó diques, produjo enormes inundaciones, y le costó la vida a unas cien mil personas. Los pescadores deben haberla visto ahí no más, debajo del agua, inalcanzable, hasta que la fue cubriendo la arena… La cubrió por más de quinientos años.

Vineta es la ciudad que Nils Holgersson puede salvar si en ella compra algo, cualquier cosa. Pero se le ha olvidado que tiene una moneda en la bolsa del pantalón y no la saca sino cuando ya es demasiado tarde. Selma Lagerlöf la sitúa en Suecia.

 Las leyendas de cada una de ellas quedan para más adelante. Son bonitas. En todas, a veces, se oyen sonar las campanas sumergidas.

 

Pronto empezarán a tener compañía: Puntarenas, ¿Limón?, ¿La Habana? Venecia.





24.4.08

ahora y en la hora

El agua. Siempre sugerente. Por ejemplo, en


La cathédrale engloutie

según Debussy:



y según Escher:




20.4.08

Bremen

El otro cuento que me publicó Linda en Relatos de Mujeres.


      Para poder amarlo lo invento cada día. Camina calles lejanas que mis ojos intuyen, postes de alumbrado a intervalos regulares, árboles viejos, árboles nuevos. A veces lo envuelve una neblina larga y hace frío.
      En alguna ciudad camina, en cualquier ciudad, a la que hoy le pongo un nombre: Bremen. Quiero imaginar que es Bremen, lo que no representa más que una forma de decir "muy lejos" o, tal vez, "quién sabe". Me parece como si yo alguna vez hubiera estado allí pero ya no estoy segura, no es más que una idea vaga, como si supiera que a la salida de la estación de ferrocarril, a mano derecha, descansan dos esfinges o dos leones.
      Y a partir de ahí es que la ciudad se abre y a partir de ahí es que contiene muchas casas. Pero las casas no la hacen: cambian, a veces las botan y surgen otras, o les pintan murales a las paredes vacías, tal vez varíe el color de alguna puerta. Y la ciudad es la misma. También la gente se transforma: envejece o se va, llega o vuelve o nace o muere. Y la ciudad es la misma. Puedo pensar que ése que imagino no estuvo siempre ahí; tal vez hizo viajes largos, pero volvió, puede ser.
      Es un hombre sólido aunque a veces creo que está un poco cansado. Todos los días se levanta, todos los días va al trabajo, tal vez en tranvía (¿tiene Bremen un tranvía?) o todo el trayecto a pie, un trecho por esa acera de árboles a intervalos regulares, luz y sombra, claro, oscuro, las manos en los bolsillos. 
      Seguramente hoy llueve también allá y, como aquí, tal vez llueva con sol. Puede que él mire por la ventana mientras la lluvia golpetea el pavimento, los paraguas tapan gente que corre, envuelta en impermeables. Funcionan un-dos un-dos los limpiaparabrisas.
      Y puede ser que de la misma manera en que yo veo su calle superpuesta a mi paisaje, sueñe él mi cafetal al mismo tiempo que ve la calle: que vea conmigo cómo sube el vaho de la tierra caliente, aquí, junto a la ventana, lo mismo que en otros cafetales más lejanos. Ésa como niebla empieza a cubrir el paisaje y tal vez borre en este instante esa calle, unos árboles, gente que corre.
      Siento su ausencia. ¿Es que acaso él también siente la mía? Percibo el lamento suave de una sirena que nunca oí, muy lejos, anunciando neblina por donde queda el puerto.

5.4.08

Diatreton


Quién sabe dónde quedaron las fotos de la primera visita a Alemania, si es que todavía existen. Un compañero de curso me retrató en el museo Romano-Germánico de Colonia, junto a la cabeza de una estatua de Augusto a la que le falta el cuerpo, pero a la que cubre la punta de la toga. Está entre mis fotos preferidas, aun si ya no existe.

Allí ví ese día muchas cosas que me llamaron la atención. El museo alberga objetos arqueológicos de esa zona, desde las muestras más arcaicas de civilización hasta la temprana edad media.

Más aún que la belleza de Augusto me impresionó un vaso de vidrio de los últimos tiempos del imperio romano, justo antes de que lo borraran los hunos –digamos.

Es un "diatreton", un vaso de vidrio calado. No han sobrevivido muchos: unos cincuenta, la mayor parte sólo fragmentos. Tenían inscripciones en griego. Éste dice:


pie zesais kalos aei – bebé, para que vivás bien eternamente



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4.4.08

In memoriam


Aquí está, para los que se acuerdan de él. Me lo topé así ahora que llegué, en una esquina de la ventana de la cocina.


Como que Mamá no tiene pegalotodo.


3.4.08

Una foto que no va aquí

de la colección de nubes.

Benditas sean las ramas secas.


No me pasa

¿Se acuerdan de la fonda o posada de tiempos del camino real, más o menos a un kilómetro del Parque del Este, poquito después de la cruzada a Granadilla, con unas palmas reales en el lote?

También la botaron.