31.3.08

De hace unos años

Buscando otra cosa, me encontré este cuentito de hace unos años. Aquí se los dejo.


Bonn am Rhein

Ofelia pasó por el centro a la hora en que las floristas desechan lo que no quieren ofrecer al día siguiente. Pagó por un montón de tulipanes blancos, se alejó apretándolos contra el pecho. Había un mendigo tiritando de frío; le dio el abrigo sin reparar apenas en el gesto del viejo.

Caminó por la orilla del río, hasta donde hay unas gradas de piedra que entran al agua, y descendió por ellas.

Cuando no pudo sostenerlas más, las flores se esparcieron con la corriente.



23.3.08

¡Huevitos!

Desde hace miles de años, los huevos se han considerado símbolo de fertilidad, fuerza y regeneración, de vida eterna y resurgimiento cíclico.

   
huevos de pascua sorbios (sudeste de Alemania)

No es sino hasta en los últimos veinte años que se ha logrado esbozar una teoría científica satisfactoria para explicar cómo es que de un embrión, tan parecido a los demás embriones, se produce un caballito de mar y no mi sobrina Mariana.
   
ramo de pascua y exquisitas frutas exóticas frente a ventana antigua

En consecuencia, un huevo es de veras asunto de maravilla: puede producir casi cualquier cosa. Si uno se encuentra un huevo solito, a menos que sea un experto, probablemente no pueda decir si es de tortuga, de serpiente o de pajarito. Excepto las lagartijas nuevas, ésas, vocales, que nos inundan. Ahí el problema es distinguir entre un huevo de lagartija y un confitito de menta.
   
La costumbre de los huevos de pascua es otra de ésas, paganas, que recogió el cristianismo en Europa. La tradición de pintarlos y adornarlos parece provenir de la parte central y oriental de Europa.
   
huevo de pascua rojo adornado 
con siluetas de hierbas y colocado sobre pan

En Alemania, la costumbre de convertir los huevos de pascua en obras de arte está especialmente presente entre los pueblos eslavos que viven en el sudeste del país, los sorbios. Y es que los alemanes nunca han sido un sólo pueblo, por más que digan. 

molde antiguo para huevos de chocolate

A partir del siglo doce aparece documentada la existencia de huevos de pascua rojos; a partir del siglo dieciséis, también de colores. Sin embargo, la tradición de regalar huevos no es sólo europea, sino que existía también en Persia, donde la gente se regalaba huevos rojos para celebrar el año nuevo (¿en marzo, como en tanto otro lado?) y en China, cuando nacía un hijo varón. Por otra parte, los arameos, antes de la noche de bodas, le teñían de rojo los testículos al novio.
 
huevo de pascua coloreado envuelto en una media de nylon, con hojitas 
adheridas previamente y después eliminadas

De la parte cristiana del mito no voy a hablar, creo que es de todos de sobra conocida. Me limitaré a la razón por la que la pascua cristiana ortodoxa no cae necesariamente el mismo día que la pascua cristiana occidental. Originalmente, la pascua cristiana se calculaba utilizando el calendario en boga en ese entonces, el calendario juliano, llamado así porque fue instaurado por Julio César. Constaba de doce meses de treinta o treinta y un días, excepto febrero, que además tenía dos veces seguidas el día veinticuatro en los años bisiestos. De ahí también los dos meses Julio y Agosto, insertados en ese momento en el calendario para que los meses fueran doce. Por qué a medio año, no sé. El año 46 antes de Cristo tuvo en Roma quince meses, para ajustar el calendario a la parte astronómica (o sea, para que el equinoccio de primavera cayera en marzo).
   
Siglos después, un Gregorio, papa en el siglo dieciséis, Gregorio XIII, cambió el calendario juliano por el que lleva su nombre, el calendario gregoriano, que ha ido sustituyendo diversos calendarios por todo el mundo. ¿Por qué? Pues… porque es razonablemente exacto (corresponde razonablemente con el año astronómico e incluye correcciones bien pensadas) y es sencillo. Claro que los mayas tenían uno mejor, pero nadie les hizo caso.


A la fecha, el último calendario importante sustituido por el gregoriano fue el chino, en 1949. ¿Y la razón para que el papa Gregorio se tomara la molestia? La pascua, por supuesto, y la complicación de calcularla utilizando el calendario juliano. Gregorio emitió una bula ordenando que, en 1582, en todos los países romano-cristianos, después del 4 de octubre seguía el 15. Punto.
   
el 'Knecht Ruprecht', quien le lleva el chilillo a San Nicolás
 y le arrea a los chiquitos que se portan mal, 
intenta convencer al conejo de pascua de que utilice sus servicios

Además, pasó el principio del año al primero de enero. Hasta ahí había empezado en marzo. La consecuencia es que, desde entonces, los meses ocho, nueve y diez: OCTubre, NOViembre y DICiembre, son los meses diez, once y doce. Y, por supuesto que, dada la falta de unidad reinante en el cristianismo, unos cristianos comenzaron a contar el año de esta manera y a celebrar la pascua en esta fecha, mientras que los otros seguían contabilizando los días como en tiempo de los romanos, y celebrando la pascua en otra.

huevos modernos de pascua (pisanka) de Polonia

Lo curioso es que el cálculo se hace en las dos partes de la misma manera: la pascua se celebra el primer domingo después de la primera luna llena pasado el equinoccio de primavera (la primavera del hemisferio norte, claro). De ahí se cuenta cuarenta días para atrás, para establecer cuándo cae el miércoles de ceniza. El año pasado la pascua romana y la pascua ortodoxa se celebraron al mismo tiempo, los calendarios coincidieron. Este año, la pascua romana hoy, 23 de marzo, la pascua ortodoxa dentro de un mes, el 23 de abril.

huevos de pascua de Moravia 
(no, Luko, nada que ver con don Juanito…) 
en la República Checa

En cuanto a la parte precristiana europea de los ritos de pascua, está relacionada con las celebraciones del renacer de la primavera, el equinoccio de marzo, y la diosa germánica Eostre, quien, entre otros atributos, es la diosa del alba. Es fácil entonces deducir de dónde vienen los nombres de la pascua en inglés y en alemán (Easter, Ostern) y por qué se llaman como se llaman el este (East, Osten) y la república de Austria (Österreich), aunque la explicación completa para el nombre de Austria pasa por Carlomagno y su descendencia, así es que queda para otro lado.
   
huevos de pascua con motivos italianos

Eostre es la novia del joven dios de mayo, y está emparentada con la diosa griega Eos, con Astarte y con Ishtar de Babilonia. A Eostre la acompañaba la liebre (que, con un poco de voluntad y mucha imaginación, se puede ver en la luna), otro símbolo de fertilidad, por motivos obvios: trae al mundo hasta veinte liebrecitas al año y… ¿adivinan por qué época?
 
huevos de pascua eslovenos (pisanke)

No puedo dejar de mencionar, aunque sea de paso, a ese personaje singular, la Liebre de Marzo, totalmente loca, por supuesto, como se ponen las liebres en primavera, y cada uno de nosotros cuando se enamora.
 
la Liebre de Marzo y el Sombrerero Loco 
tratan de meter al lirón en una tetera 
(dibujo de John Tenniel)

De región a región varía quién trae los huevos. En todo caso, NUNCA son los padres ni demás familiares. Puede ser el gallo de pascua, la gallina celestial, los pájaros pascuales, la cigüeña, el cuco, las grullas, el urogallo (que no es un animal imaginario sino un pariente de las gallinas),

el urogallo (Tetrao urogallus) puede 
abrir la cola como un pavorreal 

 un zorro, el burro del domingo de ramos, las campanas cuando vuelven de Roma, la liebre de Pascua. Porque sí, a riesgo de desilusionarlos, me veo en la penosa obligación de aclarar que, en esos países donde surgió la costumbre, el conejo de pascua es una liebre.
a
campana de San Pedro, catedral de Colonia

El asunto de las campanas es que en la noche que antecede a la pascua, todas las de las iglesias vuelan a Roma (y vuelven). Así es que ya saben. Las de aquí seguro no van porque les sale muy caro.
   
huevos tradicionales (pisanki) de Ucrania

Para pintar los huevos de pascua se puede usar colorantes naturales. Para obtener tonos rojos o rojizos, se usa corteza de manzano, virutas de madero rojo, cochinilla, raíz de Rubia tinctorum (que en español se llama 'rubia', cómo no), madera de sándalo rojo. Para el azul: campeche, arándanos (Heidelbeeren, bilberries), bayas de sauco (en italiano: sambuco, en alemán: Holunder), hierba malva. Para los tonos de amarillo y café: hojas de manzano, flores de la hierba de san juan, manzanilla, raíz de zanahoria (???), hojas de castaño (europeo), té de mate (caliente), y, entre muchos más, por supuesto, café. Para el verde: hojas de hiedra, hierba de san juan (sin las flores), mate (frío), y otros.
 
huevos de pascua modernos

Para que los colores 'peguen', a los tintes preparados se les agrega alumbre, clavos de hierro, vinagre y potaza.

huevos de Sajonia (Alemania) teñidos y decorados con cera

También se usan los colorantes sintéticos de alimentos usuales en la cocina: E 101, E 104, E 110, E 120, E 122, E 132, E 141, E 151, E 160b.
 
huevos teñidos con cáscara de cebolla y huevos rusos con 'calcomanías térmicas'

Lo mismo que los diseños especiales, los colores que se usan tradicionalmente para teñir o pintar los huevos tienen su significado. El rojo, por ejemplo, es el color que más se utiliza. En todo el ámbito de la Europa central y oriental, el rojo es el color de la fuerza, el amor y la vida.
 
huevos checos

Rojo: fuerza, amor, ganas de vivir, sangre (el 'jugo de la vida'), calor.
Verde: esperanza, revivir cíclico (primavera), dicha, satisfacción, tranquilidad, armonía.
Amarillo: luz, sol, claridad, esperanza.
    
huevos de Bielorusia

Una vez coloreados, se pueden frotar con cera o con grasa, para que los colores se vuelvan más luminosos y estén protegidos.

huevos sorbios (sudeste de Alemania) elaborados con la técnica del raspado 
(primero se tiñen, después se raspan los diseños)

Para adornarlos se usan técnicas que recuerdan el batík (pintura con cera de abeja que se sumerge en tintes y después se quita, un buen ejemplo es Ucrania), teñirlos, técnicas de raspado (en la región sorbia de Alemania, por ejemplo), técnicas que corroen la cáscara o que la calan (hoy en día para esto último se usa láser, con efectos espectaculares), la aplicación de encaje o flores de tela. También se les pueden adherir hierbas o flores antes de teñirlos metidos en una media de señora, lo que resulta en imágenes más claras o del color del huevo. O 'imprimirlos' con sellos de papa. O hacerles diseños con cera o paja que se pega sobre ellos.

la 'bella durmiente' en un huevo calado

Estos huevos tan elaborados por lo general no se comen, a menudo son demasiado valiosos. Por ejemplo, los huevos de pascua de Ucrania son huevos crudos (los tintes pegan mejor) que se guardan y se utilizan muchas veces. Si el huevo no se quiebra en los primeros tiempos, años después sólo contiene un polvo no hediondo. Los huevos soplados son más frágiles y más perecederos. Se utilizan más que nada para los ramos de pascua y para los árboles.


En Rusia, por ejemplo, ya no se pintan, sino que uno compra listas 'calcomanías' especiales. Les dicen calcomanías térmicas y funcionan exactamente de la misma manera que los sellos plásticos que ahora son usuales en las botellas de medicina o los frascos de especias. Son cilíndricos. Uno los echa en agua (caliente) y se expanden. Después se los pone al huevo, como ponerle una camiseta, y cuando se enfrían y se secan, lo tallan y lo adornan.

huevos rusos con 'calcomanías térmicas'

En general, e independientemente de la técnica, las líneas sin fin (que rodean al huevo o se perciben como grandes círculos), representan la vida eterna. Las ondas o grecas, el agua. Los triángulos, puede ser a la santísima trinidad; o al aire, el agua y la tierra; o el cielo, la tierra y el infierno; o también a la familia. Los puntos o gotas, lágrimas de María. El sol y las estrellas: la vida, el crecimiento, la dicha. 
Los rayos del sol: el calor o la luz. 
Una escalera o un molino de viento: deseos de riqueza o prosperidad. 
Las matas: juventud, salud, amor, bondad. 
Las rosas, el amor. Y los árboles, el árbol de la vida. 
Los peces a Cristo y las palomas, la paz. 
Los gallos la fertilidad y las iniciales XB, ICX Y NK, Christos voskres (Cristo ha resucitado, que es el saludo cristiano ortodoxo del día de pascua), Jesucristo, y… nike (él vence).

huevos de pascua sorbios (sudeste de Alemania)

Entre los más destacados huevos de Pascua, si no por su belleza al menos sí por su valor y el preciosismo de los artífices, están los que hizo la casa Fabegé, a partir de 1885 y hasta 1916, para los zares de Rusia.

Éste, llamado "huevo de la coronación", es probablemente el más valioso de todos. Imita los mantos que llevaron en esa ocasión el zar y la zarina. Mide 12,6 cm de altura. Contiene una réplica en miniatura de la carroza que usaron, hecha con tanta minuciosidad que, cuando se abren las puertas, se desdobla una escalera miniatura de acceso.

Un Paste Fericit!


22.3.08

Lo que queda

de la casa de 'Herrán', es probablemente sólo la foto de satélite que aún no han cambiado en Google Earth:



En esta casa pasaron mis abuelos Kruse la luna de miel [Sí, ya sé, y no voy a hablar del asunto]. En ese entonces era de unos parientes nuestros de apellidos Montealegre Rohrmoser, de los que creo que descienden Hilda y los hermanos. No me explico cómo podemos perder así no más lo que, al menos para mí, era justificación suficiente para viajar a Cartago por la carretera vieja a Tres Ríos. Sigo de luto.

No estoy segura de cuándo había sido construida. Pero, por el estilo, daba la impresión de haber sido, si no hecha, al menos 'arreglada' hace unos cien años o poco más. Sin embargo, no me extrañaría enterarme de que haya sido, mucho antes, uno de los sesteos del Camino Real.

¿Cómo es posible?

Quería una foto 'de verdad' de la casa, pero no la encontré en internet. No sé dónde buscar.

20.3.08

De Cot para arribita

tomé ayer estas fotos:


Creo que a más de uno nos traen recuerdos de tiempos idos y lugares desaparecidos.

Hoy estoy donde Olga, pero no me traje el cable y no puedo pasar las fotos. Hace viento y está fresco, en este marzo extraño que nos ha tocado este año. Hay candelillas.

17.3.08

Roble sabana

roble sabana
Ayer en la tarde, después de clases. Se había puesto un poco oscuro... parecía que iba a llover.

13.3.08

Casarse con temporal

Un poco largo, pero una de las cosas que me gustan de lo que he escrito. Lo publicó Linda Berrón en 'Relatos de Mujeres', antología de narradoras de Costa Rica, caramba, hace ya años.


Cuando tía Amelia se puso viejita, empezó a pasar cada vez más rato ensimismada, como reflexionando sobre algo que la hacía fruncir el ceño y le ponía un signo de interrogación en cada ojo. La íbamos a ver y ahí estaba, sentadita y cada vez más encorvada, tratando de agarrarse las rodillas con las manos. Jaime, decía de vez en cuando, Jaime, y la cara se le iluminaba unos instantes.
Repasé el nombre del marido y de todos los hijos de la tía Amelia. Ningún Jaime. Ni el papá, ni los hermanos tampoco. Pregunté entonces si se sabía a quién llamaba. Pues sí, claro, me dijeron y se volvieron a ver, Jaime se llamaba el primer marido que tuvo. Y me contaron una de esas historias que, aun sin necesidad, en familias como la mía a veces se guardan como un gran secreto…

Era así: había neblina y el día estaba oscuro, como si ya fuera a llover. Tenían la ropa húmeda y pegada al cuerpo y subían con torpeza. A veces les rodaban las piedras bajo los pies. Más adelante iba el baquiano, en la mano las riendas de la bestia que cargaba el diario y las mudas de ropa, a menudo sólo una sombra calladita en la neblina. Desaparecía y aparecía después, quieto y callado como un poste, las gotas chorreándole del sombrero, quieto y callado él, quieta y callada la bestia.
Hacía rato que no hablaban. Iban cansados, cogidos de la mano. Sólo querían llegar. A veces uno y a veces el otro se preguntaba qué sentido tenía aquello si iban sólo por unas semanas y después había que volver a bajar. Otra vez el mismo esfuerzo. Claro que habría sido muy diferente con otro tiempo. Pero a ninguno de los dos se le había ocurrido objetar estas primeras semanas de casados en una finca perdida en la montaña.

La noche antes de la boda, la luna temblaba por la humedad del aire. No había niebla, pero costaba distinguirle los contornos. Las estrellas, mucho más grandes que otras noches, difusas y tenues. Las cosas, inmóviles, parecía que tenían sombra y parecía que no tenían.
Por la ventana, envuelta en la cortina para calentarse un poco, los pies descalzos, Amelia veía las cosas, veía la noche. La luna apenas si alcanzaba a teñir de gris la cama en desorden, el interior vacío del armario, la canasta de la ropa en el suelo, todavía sin tapar. Guindando a un lado del espejo, el vestido blanco, todo gris de luna, y el velo que la cubriría a la mañana siguiente, ya apenas dentro de un rato. 
Y Amelia pensaba en él, que iba a ser su esposo, para siempre, el resto de la vida, y le temblaban los labios como arriba también la luna.
Lo conocía desde siempre. Había sido el novio de Claudia, su hermana grande, cuando ella apenas era una chiquilla de enaguas cortas que corría a sentársele en el regazo cada vez que venía de visita. No se acordaba de una época en que no lo hubiera idolatrado. Pero él se fue y Claudia se casó con otro.
Jaime, uno de aquellos muchachos que, al tener edad, la familia mandaba a estudiar al extranjero, había vuelto apenas hacía unos meses, con el aura de los que han estado en Europa y con respetabilidad prematura, gracias al título de doctor. Y, a pesar de la corta edad de Amelia, en seguida la había pedido en matrimonio. En realidad, la había reclamado en sustitución de Claudia. Como para borrar una afrenta. Pero ella estaba feliz: eso no le importaba para nada. Los papás habían puesto como condición que se esperaran a que cumpliera dieciséis. Y ya los había cumplido.
Sentía ganas de que llegara el día; también estaba muy asustada. Por eso hubiera querido poder fijar para siempre en el tiempo, para que no se acabara nunca, esa noche de estrellas enormes y luna temblona que, en forma apenas perceptible pero inexorable, continuamente cambiaba de lugar.

El gris había adquirido un ribete rosado, sin merecer aún el nombre de claridad, cuando llegó mamá a ayudarle a vestirse para el día. Se casaban muy temprano y, mientras los demás celebraban, harían un viaje de muchas horas hasta la casona donde pasarían juntos, los dos solos, los primeros días de casados.
Jaime le había hablado ya muchas veces de esa finca y de las montañas y Amelia sentía impaciencia por conocer un lugar que a él le era tan caro, "donde se ven desde arriba los picos de los volcanes".
Mamá ya estaba lista y hablaba poco, contra su costumbre. Algo dijo, negativo, del vestido nuevo importado y, también, que habría que teñirlo antes de volver a usarlo. Qué majadería, ¿por qué no te podías casar de color, como todas? y, moviendo la cabeza: qué ideas trae de afuera ese muchacho.
Así es que en cuanto Amelia se hubo bañado, mamá le ayudó a vestirse. Y suspiró mientras le cerraba los botones de la espalda y también mientras le ayudaba a trenzarse, bien socado, el pelo, y a recogerse las trenzas alrededor de la cabeza. Con este día no te va a durar nada el peinado. Con ese pelo tuyo, muchacha, ahoritica se te salen las mechas por todo lado.
Pareciera que mamá no estuviera contenta de casarla, aunque se mostrara tan orgullosa durante todos estos meses y presidiera tan dignamente las visitas del novio en la sala buena: seguro no había mejor partido en toda la ciudad. Y se había mantenido fiel a la familia: no se casaba con Claudia, pero se la llevaba a ella. Sin embargo, ahora no parecía contenta. Suspiros, quejas, regaños y la boca: una línea recta de labios apretados. Era como si en ese momento mamá ya no fuera mamá. Amelia no podía saber que repasaba los recuerdos de su propio noviazgo, de su propia boda y de su primera horrible noche de casada: pobrecitica mi Amelia, los hombres son unos burros.

Todavía no amanecía del todo cuando salieron de la casa. Una neblina en jirones recorría las calles. Para Amelia era como si chiquillas de escuela corrieran retozando agarradas de las manos; feliz y excitada, con ganas de correr a su vez con la neblina, se recogía las faldas todo lo que la decencia permite y procuraba no meter los zapatos nuevos en los charcos intactos de las lluvias pasadas.
Ya en la iglesia, mamá la mira con el ceño fruncido. No le gusta esa hija con los ruedos sucios y el pelo que no quiere quedarse en su lugar. Desaprueba aún más el color que le ha salido en la cara, los labios entreabiertos, los ojos grandes y brillantes. Supone que mañana su hija ya no tendrá esa expresión, no la tendrá nunca más. Secretamente incómoda, desearía que la hija amara menos, esperara menos, sin hacerse ilusiones, ninguna, nada, para aminorar el golpe, para que después el sufrimiento sea menor. De haber sabido cómo, le habría advertido, pero ni imagina siquiera que exista forma de hacerlo. Quién sabe si por lo menos sería capaz de explicarse lo que la hace sentirse tan enojada, tan molesta, tan violenta.
Mientras empieza la ceremonia, Amelia espera en una de las esquinas de atrás de la iglesia. El velo que ahora la cubre casi hasta los pies no le ha podido disimular el brillo de los ojos. Entran los pocos invitados. A Amelia le divierte esa gente de todos los días de repente tan tiesa, tan compuesta. Los señores, de cuello rígido y pechera almidonada; las señoras, traje de domingo aunque sea entre semana, y la mejor mantilla española o la mejor toalla de seda negra del Oriente para cubrirse la cabeza.
Llega también el novio, clavel blanco en el ojal de la solapa. Semejante excentricidad dará qué hablar en toda la ciudad. Claro, eso pasa por mandar a los hijos a estudiar afuera. Petimetres, se vuelven petimetres. 
La ceremonia transcurre, larga y tediosa. Pero las veladuras de neblina le dan diversas calidades a la luz que filtran las ventanas de vidriecillo menudo; y la iglesia, casi en penumbra, donde todavía brilla la llamita que anuncia hostia consagrada en el sagrario, poco a poco se transforma en un inmenso caleidoscopio donde se persiguen y se divierten los colores.
Cuando salen, ya llueve otra vez. Caramba, sonríe Jaime y la vuelve a ver, se me había olvidado lo que era un buen temporal.

Quiénsabi niñú, dice Rimigiu, el baquiano, que así habla. Usté sabi quicuanduaquí llueviasí, nuhay cuándu pare. Y con un último vistazo a las nubes negras que se acumulan, negras en el gris profundo del crepúsculo, arrea la bestia y ligerito, sobre los pies descalzos, desaparece tras el primer recodo del camino.
Están solos.
Jaime volvió a ver a Amelia. Nadie la había vuelto a ver nunca con una mirada tan aterciopelada. Tiene razón Remigio, si empieza a llover ahora, seguro llueve toda la noche y, tal vez, también mañana. Mejor voy un momentito al cobertizo a traer algo de leña. Así tenemos suficiente, seca, hasta que escampe. Mientras tanto, tal vez andá cambiate de ropa, ponete algo seco. Yo ahorita vuelvo.
Amalia le sonrió con los ojos. Mientras tanto, más bien, voy a ir poniendo un poco de orden y alistando la comida.
Él le buscó la mano en la que, apenas esta mañana, le colocara, para siempre, una alianza, y se la apretó con cuidado entre las suyas. Luego, con el fervor con que besan otros las imágenes de los santos, se la llevó a la boca y depositó un beso sobre el anillo de bodas. Ella entonces esperó a que lo escondiera la esquina de la casa antes de entrar.
Ya en la cocina, buscó platos y cubiertos y, de la canasta de las provisiones, sacó queso y pan y unos pedacitos de dulce, para el postre. Ya no sentía el cansancio de hace un rato. Con plena conciencia de su nuevo estado, por el momento sólo le interesaba cumplir. Con todo el fuego de sus dieciséis años, se había jurado no darle nunca al marido ni una sola razón para arrepentirse de haberse casado con ella. Sacó la lata del café y la bolsa de chorrear y los dejó dispuestos para cuando él entrara y pudieran calentar el agua. Ya hacía ruido la lluvia en el techo de teja. Le puso atención un instante; de por sí se les iba a mojar la leña, a lo mejor hasta se le resfriaba Jaime. Sacó también un mantel y servilletas. Encontró dos jarras y las colocó junto a los platos.
Recorrió la casa con más cuidado que cuando entró por primera vez y comprobó satisfecha que Cora, la mujer de Remigio, de veras la mantenía limpia y bien ventilada. No tenía el olor a moho de las casas cerradas, las cortinas estaban recién lavaditas y no había ni polvo ni animalillos por ninguna parte.
Puso el quinqué sobre la veladora y, con algo de duda, fijó la vista en la cama: sólo una para los dos. Pero, claro, así debía ser. Del paquete de su ropa fue sacando las poquitas cosas que había traído, las extendió sobre la cama y las volvió a doblar. Por el cuarto se esparció el aroma de la raíz de violeta. Escogió un vestido sencillo y se cambió lo que traía puesto. Abrió las puertas pesadas del armario y fue acomodando adentro todo lo demás. Se destrenzó el cabello, lo secó un poco, y se lo volvió a peinar de memoria, sin sentir necesidad de verse en el espejito que había en el rincón. Se dio cuenta de que tenía frío y sacó un rebozo para cubrirse los hombros. 
La lluvia caía ahora con mucho mayor fuerza. Lo mejor era alistarle ropa seca a Jaime para que se cambiara en cuanto entrara, para que, de veras, no se le fuera a resfriar, qué calamidad. Así es que abrió también el paquete de la ropa de él, separó lo que le pareció adecuado y guardó el resto en el armario, como había hecho con lo suyo. Al aroma de la violeta se unió entonces uno sutil a lavanda.

Cuatro días llovió con la misma furia. Al segundo, Remigio había empezado a buscar señales en el cielo, para ver cuándo iba a amainar aquello, pero no veía ninguna. A la par del rancho, la lluvia se trajo el maizal al suelo. Metieron a las gallinas, para no perderlas. Ensuciaban todo: la mesa, los bancos, la hamaca. Cora se había puesto más triste que nunca. El rostro huesudo, apenas un reflejo del tiempo de ahí afuera. Desde la puerta del rancho veía a la vaca, mansa bajo la lluvia, como son las vacas, y todavía le daba peor la tristeza. Ya no hablaba.
Apuntaba apenas el quinto día, todavía gris pero ya sin lluvia, cuando llegó el padre de Jaime. Remigio y Cora se asomaron al ruido de los cascos del caballo. El siñur quería ir con Remigio a darle una vuelta a los hijos porque también le preocupaba tanta lluvia. Remigio estuvo dispuesto en un momento. Mejor seguir subiendo a pie, el caballo había tenido dificultad para llegar hasta ahí. A pie siguieron.

Al dar la última vuelta, todavía de lejos, notaron la puerta de la casa abierta. Habían hecho el camino de un solo tirón, apartando a machete las ramas de los árboles caídos y resbalándose en el barro de los derrumbres. La tierra, como una esponja ya muy llena, absorvía tanta agua con dificultad, cada paso les costaba esfuerzo.
A Remigio no le gustó la apariencia de la casa: la puerta abierta, pero las ventanas cerradas herméticamente, como si todavía lloviera y fuera además de noche. Apuró el paso.
Así es que el último pedazo se acercaron dando voces, pero nadie les contestó. Y corrieron los últimos metros cansados y quedaron inmóviles antes de entrar. El padre de Jaime dio un grito.
Unos ojos enormes, fijos, en una carita angulosa y vieja, veían hacia afuera, sin verlos a ellos. Amelia, porque era ella, sentada en el suelo, de cara a la entrada, se balanceaba rítmicamente, adelante y atrás. Los brazos rígidos le rodeaban las piernas, las manos clavadas en las rodillas. Tenía sucio de barro el vestido hecho jirones, sucios de barro el pelo, la cara, los brazos, las uñas. No los oía cuando le hablaban ni los veía tampoco.
Remigio recorrió la casa. En la cocina, las cucarachas se habían comido el queso y el pan y la bolsa de chorrear. Lo demás, todo en orden. No había señales de Jaime. Tampoco afuera. Nada.
Lo llamaron y lo buscaron largo rato. En el barro, sólo las huellas de los pies de Amelia, y de los lugares en que se había resbalado, se había caído. Nada más. Nada.
Después vinieron también otros y extendieron la búsqueda por días de días. La gente lo quería, fueron muchos los que se ofrecieron a buscarlo.
Nada.
Absolutamente nada. Nunca encontraron nada. Ni un solo indicio. Ni un solo rastro. Nunca. Nada.
No fue sino hasta mucho después cuando Amelia pudo contar que Jaime no había regresado jamás de traer la leña.

7.3.08

Chove en Santiago

Uno de los seis poemas que escribió Federico García Lorca en gallego, Madrigal para la ciudad de Santiago [de Compostela], con música de 'Luar na lubre'. Sé que ya lo puse en otro lugar, pero a veces, para expresar cosas diferentes, sólo se encuentra la misma manera. Hay algo en esta canción que me llega muy adentro. La versión que les pongo me gusta especialmente:


Federico García Lorca
Madrigal a cibda de Santiago

Chove en Santiago
meu doce amor.
Camelia branca do ar
brila entebrecida ô sol.

Chove en Santiago
na noite escura. 
Hebras de prata e de sono
cobren a valeira lúa.

Olla a choiva pol-a rúa,
laio de pedra e cristal.
Olla no vento esvaído
soma e cinza do teu mar.

Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol.
Ãgoa da mañán anterga
trema no meu corazón.

4.3.08

Marzo

Me cuenta Carmen Bulhac que el 1º de marzo se celebra en Rumania el principio de la primavera; me pregunta también si nosotros aquí la celebramos en la misma fecha.

En Rumania, ese día las mujeres le ofrecen a los hombres, y viceversa, una especie de tokens que se llaman 'martisoare' (marcitos), pequeños objetos de plástico, piedra, cobre, seda o, incluso, de oro, que representan la primavera o la suerte: florcitas de la estación, violetas, deshollinadores, herraduras. Penden de un mecatito rojo y blanco, símbolo de la vida que vence a la muerte (o de la primavera que vence al invierno, o del triunfo del renacer y la regeneración y la fecundidad general). Se cosen a la blusa o la camisa y se llevan hasta el 9 de marzo.



La costumbre está documentada desde hace ocho mil años. Hay 'marcitos' en las excavaciones arqueológicas. En ese tiempo eran piedritas blancas y rojas engarzadas en un cordel. Hace unos dos mil años, eran monedas. El valor de la moneda (oro, plata, bronce) indicaba la clase social del regalado. Los 'marcitos' se llevaban puestos hasta que reventaran los primeros brotes de los árboles, y entonces se colgaban en ellos.

El 8 de marzo se celebra el día de la madre, y el 9, los cuarenta santos y el día del padre.

Las costumbres rumanas derivan en parte de las romanas de hace casi dos mil años. Del 106 al 271, Rumania estuvo ocupada por los romanos, quienes también les dejaron el nombre y el lenguaje. Hoy en día, el 87% de los rumanos pertenece a la iglesia rumano ortodoxa; en todo el país existe una gran cantidad de iglesias y monasterios, por lo general de madera. La región de Maramuresch (pronunciado como en alemán), de la que Carmen también me habla, tiene los edificios más notables. En la construcción se nota la influencia bizantina. En otras partes, la gótica. Hoy en día están en uso más de quinientos monasterios y conventos; albergan a más de ocho mil personas. Rumania tiene veintiún millones y medio de habitantes y una superficie casi cinco veces más grande que la de Costa Rica.

No logré averiguar quiénes eran los cuarenta santos del 9 de marzo, tal vez Carmen me cuente, pero en cambio me encontré este proverbio:

"Fá ce zice popa, dar nu fá ce fáce el." (Haz lo que dice el cura, pero no hagas lo que hace él.)

Ajá.

Este año, el ayuno de Pascua (así lo llama Carmen) empieza el 10 de marzo.

Y, por respeto a mis canas, me economizo lo que me cuenta de cómo relacionan los rumanos el tiempo de principios de marzo (totalmente variable) con el genio de las mujeres de edad avanzada.

Ilona Molnar, quien vive en la misma ciudad en que se dice que nació Vlad III. Drăculea; quien, en realidad, no es rumana sino de la minoría húngara, católica en vez de ortodoxa; y quien, para sobrevivir, da clases de alemán, me cuenta del desastre que ha sido la entrada de Rumania a la Unión Europea. Les fue todavía peor que a nosotros con el TLC.

3.3.08

Trufas árabes

Mi amiga argentina Lucía Odetti, de Santa Fe, me mandó esta receta para navidad. La quiero probar, pero no me veo haciendo bolitas, qué horror.

Si alguno de ustedes trata, yo ayudo, claro. También a probarlas. Parecen fáciles y deliciosas.


Trufas árabes

Harina leudante (con el róyal incluido, dos cucharaditas de polvo de hornear por cada 225 gramos de harina): 150 gramos
Azúcar: 150 gramos.
Nueces picadas finito: 150 gramos.
Huevos enteros: 3
Vainilla al gusto, pero muy poquito para que no tape el sabor de las nueces.


En el microondas, poner los ingredientes un minuto al máximo. Revolver. Probar otro minuto y mezclar otra vez la pasta. Controlar que no se seque demasiado, de lo contrario no se pueden armar luego las bolitas ( o albondiguitas).
Controlar que esté cocida la harina y unidos los huevos; como se dijo, la pasta debe quedar algo pegajosa. Yo lo llevo generalmente de dos a tres minutos en máximo pero sin descuidar la cocción.
Llenar un bol grande con azúcar impalpable, hacer las bolitas con las palmas de las manos bañadas en azúcar y echarlas adentro. Después de que estén todas listas, meterlas en una bolsita de nylon con todo el azúcar restante para volver a cubrirlas.
Y listo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Como verás, son cantidades iguales, de manera que podés duplicar o triplicar en infinito, sólo que controlando los tiempos de cocción.
Originalmente esta receta está hecha para hacerla con almendras y nueces, o almendras solas, o la fruta seca que vos prefirás, pero para mi gusto son mas ricas con nueces puras, es que yo le siento un sabor más suave y me parece a mí que se disuelven más delicadamente en la boca.

2.3.08

La isla de Clipperton


Más o menos a la misma latitud que Ciudad Quesada, a 10º18'N y 109º12'O, en aguas territoriales mexicanas, queda la isla de Clipperton o de la Pasión, el atolón más oriental del Pacífico, perdido de este lado, donde no hay otros.

Me la topé hace meses en una lectura que puede haber sido sobre piratas o más bien sobre la historia de la Isla del Coco; busqué en internet ese lugar improbable. La imagen de Google Earth no es muy buena, pero permite reconocer claramente la forma redondeada y la enorme laguna al centro. El anillo de arena tiene unos ocho kilómetros de circunferencia; encierra totalmente la laguna, de aguas sulfurosas, sin vida. Hay versiones en Wikipedia en diversos idiomas, con datos que fluctúan levemente.

El punto más alto, según donde se lea, tiene 29 metros sobre el nivel del mar, o 21. Casi no hay vegetación, los cangrejos están acabando con ella, porque ya no hay chanchos que se los coman. Según un conteo, en 2001 le quedaban 674 palmeras… Distribuidas regularmente: 84 y cuarto por kilómetro, menos de una cada diez metros.

La historia de la isla es singular. La 'descubrió' Magallanes, de paso, y le dio el nombre de 'Médanos', sin que fuera nunca ocupada. Después la 'descubrieron' los franceses; le dieron el nombre de Ille de la Passion, con que todavía se conoce oficialmente.

El nombre de 'Clipperton' le viene de un pirata que estableció allí su cuartel (antes de los franceses), y del cual se dice que dejó un tesoro enterrado en ella. Tenía un barco del que se había apropiado en aguas costarricenses.

La ocupación mexicana de 1897 estableció en ella una guarnición del ejército; hubo un gobernador (como aquí, más o menos por la misma época, en la Isla del Coco), de apellido Arnaud, quien murió en 1915. En 1917 quedaban en la isla quince mujeres y niños, y un solo hombre, el vigilante del faro, quien se proclamó rey, e inició una serie de violaciones y asesinatos que terminó con el propio, a manos de la viuda de Arnaud, a quien pretendía. Ese mismo año se cerró el capítulo, cuando los últimos sobrevivientes, cinco mujeres y niños, fueron recogidos por un barco de bandera estadounidense.

Laura Restrepo noveló los hechos en el libro 'La Isla de la Pasión', que no conozco.

La han reclamado los gringos, los mexicanos y, desfachatadamente, los franceses, quienes ahora la administran como parte de 'sus territorios' de Polinesia. En 2005 trataron de convertirla en depósito de basura nuclear, pero tuvieron que descartar la idea por la oposición de México y los EE.UU.

 



El color del crepúsculo

éste es el último de los articulitos que escribí en la nación. los puse aquí tal cual aparecieron publicados. aunque, por supuesto, me desesperan los 'arreglitos' de los editores, decidí dejarlos tal cual:


Se habla de la magnitud del brillo aparente de las estrellas. La escala desciende conforme aumenta el brillo. El planeta Venus es el tercer cuerpo celeste en orden de brillo aparente, alcanza una magnitud máxima de -4,5. La luna llega a -12,7. El sol es de magnitud -27.
En enero y febrero de 1910, el Gran Cometa de Día llegó a magnitud -4. Suficiente para darle nombre, pues no solo se veía de noche.
Ese mismo año, en mayo, la tierra le atravesó la cola al cometa Halley, por lo que cubría todo el cielo. Magnitud: -0,2.
La gente se fue olvidando de que habían sido dos; solo quedó el recuerdo de que el cometa de 1910 había sido una cosa esplendorosa.

Como el Halley debía volverse a ver a fines de 1985, los que nos perdimos el espectáculo del 10, pasamos toda una vida aguardándolo, oyendo los cuentos de aquella otra vez. Cuando vimos el Ikeya-Seki en octubre del 65, nos dijeron que eso no era nada, que solo esperáramos&...; veinte años más.
Ese octubre, durante seis días, el Ikeya-Seki brilló con magnitud inesperada de -10. El Halley, en las condiciones de mediados de los ochentas, fue apenas una manchita difícil de distinguir a simple vista.
En la noche del 19 al 20 de mayo de 1910, la tierra le iba a atravesar la cola al Halley. Unos quince años antes se había logrado analizar por vez primera el espectro de la cola de un cometa. En la lista de elementos aparecía el gas cianógido.
Es venenosísimo.
El pánico empezó desde febrero. Se produjo un ambiente apocalíptico. En Francia, Camille Flammarion sostenía la hipótesis de que, con el paso del cometa, podía desaparecer la vida en la tierra. De nada valió que los científicos aseguraran que, aun si se mezclaba con la atmósfera, la cantidad de gas cianógido era infinitesimal, no iba a envenenar a nadie.
Aquí, el gobierno de don Cleto distribuyó un librito de don Juan Rudín, a ver si se podía contrarrestar el terror. Pero don Manuel Dengo, don Luis Matamoros y don Pedro Nolasco Gutiérrez eran de la opinión de que ciertos fenómenos terrestres bien podían tener origen astronómico.
La prensa atizó el pánico. Las noticias señalaban que los cometas están relacionados con terremotos, inundaciones, nevadas, auroras boreales y australes, marejadas, guerras, y crepúsculos rojizos.
El terror se agudizó con el inicio de un periodo de fuerte actividad sísmica. Cuando el 4 de mayo se vino el terremoto de Cartago, esos señores se lo atribuyeron, sin lugar a duda, al cometa. De nada valió ya que don Cleto apoyara a Rudín.
En muchas partes, la gente empezó a confesar las culpas en público, a deshacerse de propiedades y valores, o a despilfarrarlos, porque de todos modos era el fin. Pío X condenó a los acaparadores de botellas de oxígeno. Alguien dijo que el cometa se comportaba en forma extraña por la muerte del rey de Inglaterra. Otros creyeron que iba a producir una resaca capaz de sacar de órbita a la tierra. Cuando llegó el momento, hubo vigilias y servicios religiosos de toda la noche. En Constantinopla, cien mil personas en camisón trepadas en techos y azoteas. En Chicago, trapos en todas las rendijas, a ver si se lograba la suerte de sobrevivir el peligro. En los lugares más oscuros, se percibió una luminiscencia muy tenue, una bellísima oscuridad nacarada.
(26 de marzo de 2006)

Los inmunes

Hace poco hubo elecciones en otro país, de un continente que no es el nuestro.

Allá, el sistema electoral es complejo y de veras indirecto. Se les hace más democrático. Desde este charco parece que nadie vota por nadie. Por ejemplo, los ciudadanos nunca votan para presidente de la república, ni siquiera para presidente de la asamblea legislativa, que allá se llama canciller del parlamento y es quien posee el poder político. El presidente de la república tiene papel representativo. Algo así como la reina de Inglaterra de otra parte.

El canciller depuesto pertenece al partido social demócrata. A ese partido se le aflojaron las ligas por el tiempo en que la Europa oriental dejó de ser comunista. Por muchos años, entre las razones para salir electos ellos y no los otros, adujeron que si no estaban en el poder, aumentaba la amenaza de que se instituyera el comunismo constitucional. La derecha, al no tener interés social real, podía producir descontento radical en el pueblo y este, de pura chicha, decidirse por la solución más extrema. Todo el mundo sabe que después no hay vuelta atrás, a menos que intervengan los dueños del mundo y san pinochet.

El partido social demócrata tuvo pues la sensación de que había perdido la razón de existir y entró en pánico. Creyó que la única vía posible de retener el poder era abandonar las ideas sociales que lo habían caracterizado desde siempre. Por ejemplo, con su venia, un día, de un simple plumazo en el parlamento, la cantidad de menores de edad pobres, contabilizados de la manera peculiar que tienen allá de contabilizar la pobreza, pasó de un millón doscientos a un millón ochocientos mil.

Lo profundamente interesante de esa elección, es que ninguno de los dos grandes partidos obtuvo mayoría, sino partes muy iguales del voto electoral. En una democracia donde la única voz que tiene cada persona es el voto que ejerce cuando elige, un resultado de este tipo constituye probablemente la protesta máxima por el estado de cosas, sin salirse del esquema: no queremos lo que teníamos, pero tampoco nos gusta la alternativa. Señores, hagan el favor de revisar lo que ofrecen. Aquí estamos. Considérennos.

El canciller que era y ya no es, cuando oyó el resultado de la elección, sin saber todavía que ya no iba a ser más, se lamentó a grandes voces de la ingratitud del pueblo, que no lo elegía de una vez con la mayoría de votos que él merece, y lo obligaba a negociar. Poco después tuvo el mal gusto de aceptar un puesto en la compañía transnacional que había favorecido contra viento y marea durante su gestión.

En todas partes se cuecen habas.

Allá, como en otros países de ese mismo continente, cuando las elecciones arrojan resultados así, las partes negocian y forman coaliciones. Algunas son más felices que otras, pero permiten gobernar, al menos por un tiempo. Cuando dejan de colaborar como acordaron, el gobierno cae y se constituye otro.

No es la solución perfecta, cuál es, pero parece más adecuada que ver cómo se le serrucha el piso al otro. Tal vez podríamos aprender algo de esa gente.

Aunque, claro, puede que seamos inmunes. Hemos demostrado hasta las cachas que, para quedarnos muy orondos, nos basta con compararnos solo con quienes están peor. También puede ser que sea momento de tomar otro rumbo.

(19 de febrero de 2006)

Cultura light

Light. No como en luz, sino como en liviano, ligero, vano. Tanto, que la palabra mejor se usa en inglés: dieta light, cigarrillos light, cerveza light, literatura light. Música light.

Cine light.

¿Cine... light, dirán ustedes, si ahora son violentas hasta las películas para chiquitos? Sí, aun así, y no importa el público: violentas y amargas, cierto, pero livianitas casi todas ellas. La violencia sustituye el pensamiento, reduce la reflexión al mínimo, valida lo que de brutal tiene ya la vida cotidiana. Un puñetazo de adrenalina, sensación que, al cabo, apenas si deja resabio. ¿Catarsis o invitación? No sé.

Hasta el análisis más somero hace que se escurran como arena entre los dedos. Con notables excepciones: lástima, por ejemplo, que Una historia de violencia (A History of Violence) no estuviera aquí en cartelera. Ojalá todavía alguien la traiga. Muy positivo, en cambio, que sí haya estado La caída (Der Untergang), alemana, tal vez lo mejor que se ha rodado hasta el momento en relación con esa época. Mucho mejor que La lista de Schindler.

¿Por qué?

Cualquiera que haya visto material auténtico sobre los campos de concentración nazis, sabe que La lista de Schindler no pasa de caricatura, es un confite. La realidad es tanto más bestial, más horrorosa, más inmisericorde, que, por comparación, entra con facilidad en la categoría de película light. En cambio, sin que se piense que lo estoy exculpando, me parece de suma importancia, importancia real, ver a Hitler como el individuo miserable que fue. Entender que el monstruo lo llevamos todos dentro. Tampoco es un fenómeno único: se repite, también hoy, en diversos grados, bajo las máscaras más distintas. Entender que debemos tener mucho cuidado con lo que aceptamos porque bueno, porque diay, porque (creemos que) pasa, porque la verdad es que jugamos en el mismo equipo. En fin: que no podemos respirar tranquilos mientras haya así sea una sola persona en el mundo que sufre tortura.

Aunque albergo la duda de qué tanto puede transmitirle una película que ignora más de doce años de horror y se centra en doce días, a un público que no sabe bien qué sucedió en Alemania, o en Europa, en los más de cuatro mil quinientos días previos.

Pero no me detengo más en esto, sino que vuelvo a lo ligerito, livianito, vano del principio.

Lo curioso es que, hasta en este estilo, uno se topa cosas interesantes. Por ejemplo, el documental TurisTicas, trabajo de graduación de Maya Rodríguez, quien estudió cine en Alemania.

En media hora escasa, Maya trata el fenómeno de las costarricenses (parece ser un asunto más que todo femenino) que, deliberadamente, escogen novios o esposos extranjeros, léase gringos, con plata (o esa es la esperanza).

Como lo hace tocando apenas de paso la parte más polémica, más dura, más dolorosa, este trabajo, que no se consigue en el mercado, cae en la categoría de lo light. Pero muestra un aspecto más de esa realidad nuestra sobre la que deberíamos estar reflexionando profundamente. Hacia dónde vamos. Quiénes somos. Qué queremos. Qué nos podemos permitir. Me contaron que la peliculita de Maya ganó un premio en el estado alemán de Hesse; en las salas alemanas, la gente aplaude y quiere saber cómo se obtiene. La encuentran simpática, pintoresca, entretenida, reveladora. También me contaron que cuando la ve un público costarricense, se queda callado.

(15 de enero de 2006)

Impaciente

Alto, canoso, vestido de caqui, anteojos de pasta negra, se inclinaba sin doblarse a la hora de hablar. Daba la sensación de estarle poniendo más del cien por ciento de atención al interlocutor. Tenía un vivero ejemplar por Cartago, y una finca por Agua Caliente donde producía semilla de plantas ornamentales. Le interesaba profundamente el bienestar de sus empleados.

En el vivero había matas sembradas en el suelo, a la intemperie, y otras en cobertizos enormes. Las rosas estaban bastante a la entrada, a mano izquierda. Si alguien quería una mata, el peón la sacaba con la pala, dejándole un terrón que envolvía en papel kraft y amarraba con un mecatito. Cada rosal traía una tarjeta colgando. Se le dejaba para seguir sabiendo qué era: Lady Karla; Chicago Peace, que pasaba de amarillo a rosado conforme se iba abriendo; Alexander; Blue Moon, una rosa 'azul'; Grace de Mónaco, Pascalli, Scharlachglut, La France. Nombres que, en su mayoría, tomé de páginas que describen rosas y no del recuerdo, pero que, por sus características, pueden haber salido algún día del vivero.

Don Claude Hope, oriundo de Texas, había sido capitán del ejército de los Estados Unidos. Durante la segunda guerra, cuando las cosas se pusieron color de hormiga en los mares del sur y los Estados Unidos temieron quedarse sin abastecimiento de quinina, el capitán Hope efectuó un viaje temerario.

Con el enemigo pisándole los talones, despegó de una islita de las Filipinas en un avión injertado con el ala más corta de otro, porque no había ninguno entero. Transportaba un cargamento de tarros de leche llenos de semilla de cinchona para sembrar en Costa Rica.

Aunque la cinchona es oriunda del Perú, que no estaba en medio conflicto, y tal vez hubiera parecido más lógico abandonar los sembrados filipinos y sacar material nuevo de América del Sur, el viaje se justificó aduciendo que se trataba de una variedad recién desarrollada y prometía rendir cantidades enormes de quinina. No sé si es suficiente como para poner en peligro la vida de todos los involucrados.

En todo caso, cuando los palitos de aquí estuvieron listos para producir, aparecieron la primaquina y la cloraquina sintéticas, por lo que, a fin de cuentas, este país nunca produjo quinina. Pero todavía se ve por estos rumbos uno que otro árbol de aquellos.

Acabó la guerra, el capitán Hope volvió a Costa Rica y se estableció aquí. No sé que se le haya dicho nunca de otra manera sino así, capitán Hope.

A la orilla de las cercas vio una matita que no conocía, con flor de color vivo. Se interesó en ella, se dio cuenta de que crece muy fácilmente, que tiene la característica tan apreciada por los jardineros de florecer a la sombra. La cultivó, produjo una cantidad impresionante de variedades, exportó semilla a todas partes.

La matita no era oriunda de aquí, pero había llegado al país ya antes de los ochentas del siglo XIX. Nosotros todavía le decimos china, pues algo que nos dio la impresión de provenir de los confines del mundo solo puede tener ese origen, aunque, como en este caso, nos viéramos obligados a situar a la China en África. En otras partes se llama sultana, por el sultán de Zanzíbar de la época en que fue descrita, o impatiens, que es también el nombre científico. Impaciente porque expulsa las semillas de la cápsula aún verde.

(26 de noviembre de 2005)

La ciudad transparente

En una de las regiones más abandonadas del Estado de Tejas, cerca de la frontera con México, una ciudad pequeña se calcina al sol en los veranos, con sus tormentas de polvo; se hiela en los inviernos.

Ha insistido tanto en que es la capital de la espinaca que, como prueba, desde 1937 se yergue en ella una enorme estatua colorida de Popeye.

También en ese punto geográfico, rodeada de una alta cerca de malla, lleva el mismo nombre otra ciudad aún más pequeña, cuyo perímetro patrullan día y noche los soldados.

Han empezado a llegarle habitantes, de diversos puntos de los Estados Unidos y de algunos países de América Latina: Perú, Venezuela, Costa Rica&...;

Vivirán en ella meses, años, encerrados contra su voluntad, sin haber cometido ningún delito. Muchos serán intercambiados por prisioneros gringos o de los aliados de los Estados Unidos en la guerra espantosa que arrasa otros lares.

Sin recurso alguno, llegarán en medio del conflicto a lugares destrozados, a veces con chiquitos tan pequeños que no aguantan lo brutal del viaje, a donde no los espera nadie, a ver cómo subsisten entre habitantes desesperados.

Aquí, la policía llega a las casas a cualquier hora del día o de la noche, arremete contra las puertas, detiene a las personas sin dar explicaciones. Las lleva a un lugar situado entre el Cementerio General y la Sabana, en la Avenida 10 de San José. De ahí las fleta por barco a California, a Tejas o a Nueva Orleans.

Si son familias completas, seguro van a parar a la ciudad de la espinaca.

¿Usted estaba al tanto? Es Crystal City, la ciudad de cristal. Corre el año de 1943, pero casi que podría ser ahora: El 10 de setiembre pasado, en medio de la tragedia por el huracán de Nueva Orleans, un día antes de la conmemoración del atentado terrorista contra las torres de Nueva York, o sea, en un momento perfecto para que pase desapercibido, leí que una corte de los Estados Unidos falló que, en tiempo de guerra, el presidente de ese país tiene derecho a encerrar sin cargos a cualquier ciudadano por el tiempo que quiera.

No hay necesidad de pensar en Guantánamo para extrapolar la suerte que puede correr allá cualquier persona extranjera.

Este 6 de octubre, el señor Bush repitió en un discurso lo dicho hace cuatro años, inmediatamente después del atentado, en el mismo tono radical, emocional, bárbaro, sin hacer mayores ajustes.

Me pregunto qué impediría que el presidente de un paisesito como el nuestro, quien en su momento apoyó a ese gobierno del norte en una guerra bárbara porque prefiere que se mueran los chiquitos de otro lado, firme, coercionado por quién sabe qué miedos, otro pacto secreto, secreto, entiéndase, con énfasis en secreto, y de repente empiecen a desaparecer, digamos, los ciudadanos de origen árabe de este país, sin que nadie sepa qué se hicieron.

Las imposiciones de este tipo son arbitrarias: entre los varios miles de internados en Crystal City hubo judíos, y apenas unos cuantos criminales nazis.

Hace seis décadas, una mujer con una chiquita de tres años de la mano, camina todos los días hasta el perímetro de la ciudad transparente; mira, a lo lejos, el paisaje. Un día la criatura le pregunta por los soldados, por qué los encerraron.

No mijita, le explica ella: estamos encerradas nosotras.

(17 de setiembre de 2005)