El otro cuento que me publicó Linda en Relatos de Mujeres.
Para poder amarlo lo invento cada día. Camina calles lejanas que mis ojos intuyen, postes de alumbrado a intervalos regulares, árboles viejos, árboles nuevos. A veces lo envuelve una neblina larga y hace frío.
En alguna ciudad camina, en cualquier ciudad, a la que hoy le pongo un nombre: Bremen. Quiero imaginar que es Bremen, lo que no representa más que una forma de decir "muy lejos" o, tal vez, "quién sabe". Me parece como si yo alguna vez hubiera estado allí pero ya no estoy segura, no es más que una idea vaga, como si supiera que a la salida de la estación de ferrocarril, a mano derecha, descansan dos esfinges o dos leones.
Y a partir de ahí es que la ciudad se abre y a partir de ahí es que contiene muchas casas. Pero las casas no la hacen: cambian, a veces las botan y surgen otras, o les pintan murales a las paredes vacías, tal vez varíe el color de alguna puerta. Y la ciudad es la misma. También la gente se transforma: envejece o se va, llega o vuelve o nace o muere. Y la ciudad es la misma. Puedo pensar que ése que imagino no estuvo siempre ahí; tal vez hizo viajes largos, pero volvió, puede ser.
Es un hombre sólido aunque a veces creo que está un poco cansado. Todos los días se levanta, todos los días va al trabajo, tal vez en tranvía (¿tiene Bremen un tranvía?) o todo el trayecto a pie, un trecho por esa acera de árboles a intervalos regulares, luz y sombra, claro, oscuro, las manos en los bolsillos.
Seguramente hoy llueve también allá y, como aquí, tal vez llueva con sol. Puede que él mire por la ventana mientras la lluvia golpetea el pavimento, los paraguas tapan gente que corre, envuelta en impermeables. Funcionan un-dos un-dos los limpiaparabrisas.
Y puede ser que de la misma manera en que yo veo su calle superpuesta a mi paisaje, sueñe él mi cafetal al mismo tiempo que ve la calle: que vea conmigo cómo sube el vaho de la tierra caliente, aquí, junto a la ventana, lo mismo que en otros cafetales más lejanos. Ésa como niebla empieza a cubrir el paisaje y tal vez borre en este instante esa calle, unos árboles, gente que corre.
Siento su ausencia. ¿Es que acaso él también siente la mía? Percibo el lamento suave de una sirena que nunca oí, muy lejos, anunciando neblina por donde queda el puerto.

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