29.11.09

in memoriam




'llevo leach por apellido. en el bautizo le agregaron archibald alexander, sin darme oportunidad de protestar. por más de la mitad de mis cincuenta y ocho años me he asomado con cautela a través de la fachada de un hombre conocido como cary grant. la protección de esa fachada resultó tanto ventaja como desventaja. si yo mismo no podía ver afuera con claridad, ¿quién iba a poder ver adentro?
nací en bristol, ciudad provincial de inglaterra; entre tanto he frecuentado con avidez las capitales más brillantes del mundo; ahora tengo residencia permanente en la (mal) llamada capital del glamour, hollywood.
no tuve hermanas, me separaron de mi madre cuando tenía nueve años, en la presencia de niñas era tímido hasta la tartumudez; sin embargo, he estado casado tres veces y en la pantalla le he hecho el amor, –en público, figúrense, frente a millones de personas–, a mujeres tan fascinantes como ingrid bergman, doris day, mae west, irene dunne, deborah kerr, eva marie saint, sophia loren, marlene dietrich y grace kelly.
fui hijo único; por primera vez vi la luz del día o, más bien, la oscuridad de la noche, una madrugada fría de enero, alrededor de la una, en una casa suburbana de piedra que no contaba con las comodidades modernas de calefacción; se mantenía apenas un paso delante del congelamiento por medio de fueguitos de carbón prendidos en las pequeñas chimeneas de los dormitorios; desde entonces he persistido en pasar todo momento posible donde más me caliente el sol. mi padre no se ganaba la vida sino de forma modesta y teníamos poco dinero. sin embargo, excepto entre las personas de recursos, hoy soy considerado una persona de recursos. bajo casi cualquier estándar escolar, apenas si recibí un bosquejo de educación, no sentía tampoco ni la confianza ni el valor como para disfrutar la vida; parece empero que en pantalla he logrado representar el ejemplo más vivo del hombre informado, capaz y afortunado. una serie de contradicciones demasiado evidente como para ser casual. podría ser que las mismas circunstancias originales causaran, crearan y provocaran todas las demás. tal vez sea capaz de reconciliarlas en una vida completa: la mía, conforme vaya trayendo a la memoria cómo cada paso me llevó al siguiente y, desde este punto de vista ya más viejo, y confío que también más maduro, le eche un vistazo a lo que ha sido el trayecto de mi existencia.
la mayor parte de la vida la he pasado fluctuando entre archie leach y cary grant, inseguro de cada uno de ellos, sospechando de los dos. no es sino hasta hace poco que empecé a unirlos en una sola persona: el hombre y el muchacho en mí, el odio y el amor y los diversos grados de cada uno en mí, y el poder de dios, en mí.
he leído párrafos, artículos, libros enteros, sobre mucha gente de profesión muy diversa, así como también sobre mí mismo. cuando leo información de ese tipo, es raro que pueda decir que "conozco a tal o cual hombre o mujer". la verdad es que, a menudo, cuando leo acerca de mí mismo, tan no se trata de mí que me inclino a creer que, en realidad, se trata del que escribe. mucho es fantasía, exageración, tonteras, o el recuento aún más embellecido de las inexactitudes pasadas. por ejemplo, casi no pasa semana sin que lea lo bueno que soy en yoga, la atención fanática que le presto a la dieta o la regularidad de mis sesiones de natación. en realidad, poco o nada sé de yoga, y si no fuera por mi segunda esposa, bárbara hutton (cuya habilidad de sentarse por horas en posición de loto admiré mucho pero, admito con pereza, no imité), tal vez nunca hubiera sabido nada en absoluto ni siquiera de las posiciones más básicas del yoga. en cuanto a mi dieta, puede que sea extraordinaria sólo desde el punto de vista de mis amigos cercanos, quienes me llaman "el carroñero" porque, cuando acabo con hasta el último bocado de mi propia comida, vuelvo a ver en derredor para aventarles cualquier pequeño manjar que hayan dejado sin comerse en el plato. creo que les puedo asegurar que cualquier amigo invitado a almorzar o comer conmigo debe cumplir con el requisito de ser un buen dejador. y casi lo único que nado con regularidad, me sucede en la cabeza por ahí del 15 de abril, cuando me toca enfrentar las cifras astronómicas del impuesto sobre la renta.
ahora bien, si me mantiene en forma este tipo de ejercicios, o la falta de ellos, debe ser porque tengo el sistema adecuado. por otro lado, si caigo muerto mañana, sería evidente que he estado haciendo mal las cosas.
de joven me extrañaba que tanta gente prominente pareciera tan despreocupada y ávida por revelar en letra de molde los asuntos íntimos propios que a mí me parecían privados. ¿por qué? ¿por vanidad? ¿se morían acaso por obtener publicidad a cualquier precio? ¿se sentían desesperados por corregir o revisar las impresiones pasadas, e intentaban contar lo que pensaban que era la verdad sobre sí mismos? ¿preferían escribir acerca de sí antes que sufrir otra sucesión de inexactitudes escritas por otro? o: ¿tenían acaso la esperanza de que si contaban sus experiencias personales, tal vez podían ayudarle al prójimo? reconozco que existen todos y cada uno de esos motivos; también me parece de veras que si una sola cosa de lo que escribo sobre mí le ayuda aunque sea a un solo lector, valieron la pena el esfuerzo y el tiempo invertidos.
desde el momento en que nacemos hasta el momento en que nos morimos, todos tratamos de mantenernos ocupados lo mejor que podemos, aunque a la larga no resulte ser sino lo peor que podemos. nuestros progenitores determinan, cuando todavía somos muy pequeños, las circunstancias que después gobiernan los métodos que tenemos nosotros de ocuparnos: al igual que, supongo, la mayor parte de los padres, los míos hicieron todo lo que pudieron por prepararme para la vida, según los límites de su conocimiento.
dudo que haya sido un niño feliz porque, de manera conveniente y lo mismo que la mayor parte de la gente, encuentro difícil recordar los años formativos más tempranos. además, no había ningún otro niño con quien intercambiar notas o con quien intentar comparar y precisar los diversos grados de felicidad.
mi recuerdo más temprano consiste en ser bañado en público en una bañera esmaltada portátil, frente al fuego de la cocina de la casa de mi abuela, donde supongo que mi madre había ido a pasar el día. era una casa de veras vieja, sin baño o, lo que es más probable, con un baño sin calefacción, por lo que resultaba demasiado frío como para tenerme a mí allí. yo no era sino una masa temblorosa de carne que protestaba: protestaba contra ser sumergido y lavado por todas partes en frente de mi abuela. la enormidad de semejante ultraje. si éste es mi recuerdo más temprano, ¿por qué, si no era más que un bebé, me afligía una sensación tan violenta de vergüenza? ¿cómo había aprendido ya una modestia tan arrolladora, a edad tan temprana? ¿qué equivocación en el método de educación puede haber sido responsable?
en mi segundo recuerdo, me despierto tarde una noche por el ruido de una fiesta muy abajo, en la sala de estar. mi padre sube y me baja en hombros con objeto de exhibirme frente a los huéspedes, y para que ceceara triste y vacilante el primer poema que me aprendí jamás. ahí me tenían, envuelto en una cobija, recitando up in a balloon so high mientras mi padre me sostenía en el aire muy por encima de su cabeza, con el brazo extendido, en una demostración tanto de orgullo como de fuerza. se trataba de una habitación de cielorraso alto: recuerdo haber estado muy arriba, muy cerca del candelabro del centro. también me parece que mi padre era alto.
tuve la impresión de que me mantenían en ropa larga de bebé por mucho más tiempo que a cualquier otro chiquito y durante un tiempo tal vez no estuve seguro para nada de si era niño o niña. después, más tarde, me mantuvieron, se los juro, demasiado tiempo en pantalones cortos. también anduve por demasiado tiempo el pelo largo peinado en crespos y, como la mayor parte de los chiquitos, anhelaba el día en que me los cortaran. me pregunto por qué los chiquitos sienten vergüenza de que los confundan con chiquitas. ¿por qué se sienten tan orgullosos de ser chiquitos? ¿también las chiquitas sienten un orgullo semejante en relación con el sexo al que pertenecen y no quieren tampoco que las confundan con chiquitos?
según el único récord que se puede obtener, mi padre se ganó de joven el primer dinero aplanchando trajes, abrigos, pantalones y chalecos para un manufactor de ropa de bristol; fue demasiado lento a la hora de escalar posiciones en la misma empresa, como para satisfacer los sueños de mi madre. sin embargo, de alguna manera ella se las arregló para mantenerme abrigado y bien comido. todo un logro puesto que, aunque era un chiquito delgado, tenía un apetito voraz.
apenas podíamos permitirnos una existencia muy limitada aunque presentable y, como de todos modos mis padres no parecían demasiado felices juntos, la falta de dinero suficiente se convirtió en excusa regular de sesiones de recriminación; mi padre se resignó a la futilidad de tratar de defenderse. no sé cuál de los dos estaba equivocado o cuál tenía la razón. seguro ambos las dos cosas. desde mi punto de vista infantil, no podía evaluar con propiedad ni las emociones ni la forma de razonar de cada uno. me daba la impresión de estar atrapado en una batalla sutil que terminó por afincarse en el carácter que se me iba forjando poco a poco.
no tuve oportunidad de observar o asociarme con otros adultos y, aunque tanto mi padre como mi madre venían de familias numerosas y tenía muchas tías y tíos, hasta donde era capaz de darme cuenta, pocos de ellos brillaban de alegría de vivir.
por su aspecto físico, mis padres parecían estar hechos el uno para el otro. en el escritorio de la oficina de los estudios internacionales universal, donde paso muchas horas, siempre tengo en frente unas fotos de ellos tomadas algunos años antes de mi nacimiento. mi padre era un hombre bien parecido y más bien alto, de bigote sofisticado, pero en la fotografía no se nota ni que tuviera un vivo sentido del humor ni tampoco, para balancearlo, la triste aceptación interna de la vida aburrida que había escogido llevar. mi madre era una beldad delicada de pelo negro y piel aceitunada, de apariencia frágil y femenina. lo que no se ve en la foto es el alcance de la fuerza y la voluntad de control que tenía, ese deseo profundo de recibir sin reservas el mismitico afecto que quería controlar. recuerdo el dolor de mi padre y mi madre la mañana en que murió eduardo vii, en que los ví compartir un lazo común de solidaridad. un acontecimiento excepcional.
antes de eso, ahora también me acuerdo de cómo me desperté una vez en la cuna durante una tormenta, y cómo los vi perfilados contra la ventana por la luz de un relámpago. me daban la espalda y, mientras contemplaban la lluvia, cada uno tenía los brazos puestos en la cintura del otro; cuando lo pienso hoy en día, recuerdo que me embargaba el sentimiento intenso de ser dejado de lado en una unidad poco familiar.
eran personas de nombre elías james leach y elsie kingdom leach, practicantes de la religión protestante episcopal, amables con los extraños y respetuosos de las leyes y los usos sociales. me enseñaron a "hablar sólo si alguien se dirigía a mí", que mi padre no poseía "un cuño de dinero", y que "éste no crece en los árboles". aprendí a cepillarme el barro de los zapatos y a usar el felpudo antes de entrar a la casa, a guindar el abrigo y la gorra de la escuela en el gancho asignado en el vestíbulo, a cuidar la ropa puesto que "no está hecha de hierro".
tal vez para acomodar mi proceso de crecimiento, algunos años después de que nací nos pasamos a una casa más grande. el jardín era muy largo. en una sección del mismo, un gran parche de zacate rodeaba un árbol de manzana viejo y noble, cerca del cual mi padre hundió soportes de madera fuertes y altos para sostener una hamaca. me enorgullecía el hecho de esa hamaca, el tenerla, pero me hacía falta el abandono atrevido de quien se mece libremente; los empujones rítmicos de mi padre, aunque eran suaves, me parecían demasiado peligrosos. puede ser que siempre me haya faltado valor o, como prefiero verlo, que nunca haya sido temerario.
entre tanto he tratado de ir superando gradualmente el miedo a las alturas. incluso aprendiendo a andar en zancos, años después, en un grupo teatral especializado en pantomima y acrobática. por años he volado con todo tipo de tiempo y en todo tipo de avión: en cabinas abiertas, en trimotores transcontinentales ford, en vuelos de aviones postales no programados, por encima de las montañas allegheny en medio de una tormenta de nieve; con la suerte, muchas veces, de que el piloto fuera el más capaz de todos ellos, howard hughes, en su bombardero modificado; más de una vez aterricé con él en algún minúsculo aeropuerto mexicano, donde sólo podía lograrlo un aviador de semejante confianza y con tanta experiencia. pero ninguna cura tan decisiva para la acrofobia como dos de las películas que hice con ese director singular, alfred hitchcock: atrapar un ladrón (to catch a thief), en la cual me ví obligado a correr, sin red de seguridad, por los techos inclinados de las mansiones de cuatro pisos de la riviera francesa, mientras trataba sea de robarle a grace kelly o de protegerla de que le robaran, y con la muerte en los talones (north by northwest), en la cual me tuvo a la altura de las vigas del escenario más alto de hollywood, colgando tanto cabeza arriba como cabeza abajo de unas réplicas de secciones del monte rushmore. nunca he estado muy seguro de que hitchcock sintiera gusto de ver que sobrevivía el trabajo de cada día; sólo espero que el alivio haya sido al menos tan grande como la desilusión. con todo y todo, logré rescatar tanto a eva marie saint como a grace kelly: las dos llegaron después a tener chiquitos felices y bellos. quisiera poder decir lo mismo.
al fondo del jardín habia unos parches de fresas silvestres por los que se pasaba a un campo hoy cubierto por casas suburbanas pero que, en aquel tiempo, como sólo tenía cuatro años, constituía territorio tanto prohibido como inexplorado. comíamos a menudo a la sombra de nuestro árbol de manzana, en especial los domingos de verano, en una mesa armada para la ocasión sobre unas burras; me daba la impresión de que mi padre corría a cada instante a inspeccionar el progreso de algún elemento de su huerta. en cambio, a mí no hacían más que decirme que me quedara quieto y que "dejara de brincotear". nunca pude entender la justicia de una regla que no valía también para los propios padres; hoy entiendo que aquellos fueron los días más felices que pasamos los tres juntos.'
cary grant: archie leach, 1962, capítulo primero (de catorce), foto de 1964

continuación: 18 de enero de 2010

2 comentarios:

  1. Genial, me gustó mucho!! Es curioso cómo se nota, aunque sea sutilmente, el "estilo" del traductor/a a la hora de interpretar el texto.

    Espero los demás capítulos. El señor Grant era realmente sencillo y humilde, o por lo menos, eso parece.

    Así cualquiera se termina de enamorar :)

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  2. Del señor Grant se dicen muchas cosas. A mí me parece que fue una persona decente, a la que la fama no se le subió a la cabeza. Me gustó la forma sencilla y directa en que narra la propia historia, y por eso quise agregarla aquí.
    Y, sí, es inevitable que la traducción tenga, además del sello del autor, el estilo del traductor. Lo ideal, o al menos así me parece, es que éste no interfiera con aquél. Lo cual quiere decir muchas cosas en muchas traducciones diferentes. En mi caso concreto, sentiría que cumplí a cabalidad si la narración del señor Grant se lee y se entiende como si él la hubiera escrito en español… ¿En qué español? Pues… y se trata de una decisión muy personal: en el que yo manejo, por supuesto.

    Muchas gracias, Daniel.

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