14.7.10

achie leach: tercer capítulo

por otro lado, mi padre, con respeto al dinero que le costaba tantas horas de trabajo duro, me llevaba a un cine menos pretencioso, menos caro, aunque más grande, el metropole: una estructura tipo establo, llena de chiflones, que en aquellos días tenía los asientos duros y unos pisos desnudos contra los que, a la vez, podíamos zapatear para expresar disgusto contra el villano y mantenernos los pies calientes. olía a impermeables y cubre zapatos de hule, y nada de té ni tenedores de repostería. aun así, de los dos, era mi preferido.

esa visita semanal seguía una rutina regular: como los hombres podían fumar en el metropole, pasábamos primero a la tabaquería favorita de mi padre a comprar su tabaco de pipa preferido y, en seguida, a la tienda siguiente por unas cuantas de nuestras manzanas favoritas, sea russet o morgan sweet o, a veces también, una bolsita de mentas blancas y redondas y, si yo me estaba portando de mi manera más encantadora, puede que hasta una barra de chocolate. después seguíamos a nuestra película favorita: una serie semanal fascinante llamada la mano que agarra, the clutching hand. palabra. siempre terminaba con el héroe o la heroína en un peligro horroroso, con objeto, supongo, de tentar a los clientes a volver al siguiente episodio. vivíamos, y amábamos, cada aventura y yo, cada vez, descuidaba a la semana siguiente un montón de tareas de la escuela, por estar pensando de qué manera iban a poder zafarse el héroe o la heroína del apuro extraordinario en que habían quedado. me pregunto por qué los cines de hoy no muestran series semanales. ni siquiera las series de la televisión tienen ya forma de serie: cada episodio tiene un argumento cerrado en vez de ser una historia que continúa. a mí me gusta pensar que la vida sigue, sin importar cuán arriesgada sea.

conforme fui creciendo, me fueron permitiendo quedarme levantado hasta más tarde. cuando yo era niño, no había ni radio ni televisión, sino sólo una plétora de tareas domésticas que no me atraían para nada. de hecho, les tenía pavor y, si bien había empezado a estudiar para obtener una beca y poder pasarme a una escuela mejor, mi cabeza persistía en negarse a la penetración del conocimiento académico.

creo que mi maestra de piano, una mujer irascible y nada guapa, venía a casa específicamente a golpearme los nudillos de la mano izquierda con una regla. curiosamente, aunque era zurdo, interpretaba con debilidad las notas bajas. si esa mano 'baja' fuera tan fuerte como sospecho que es de baja mi naturaleza, sería un virtuoso; es evidente que con los años no ha mejorado la forma en que toco piano porque, tras un minuto y medio de atención aburrida, mis amigos se escurren calladitos o vuelven a lo que estaban conversando.

no estaba resultando un niño modelo. me deprimía ser bueno, según lo que me parecía que era la concepción adulta de ser bueno, y las cosas a mi alrededor no andaban bien. inminente la primera guerra mundial, la relación entre mi madre y mi padre parecía volverse a paso seguro cada vez menos feliz. al final de cada día, mi padre llegaba cansado a casa y se acostaba temprano, y un fin de semana, cuando volví de la escuela, mi madre no estaba. mis primas me dijeron, o más bien, cuando les pregunté, me hicieron creer que se había ido a la playa. parecía más bien inusual, pero lo acepté como una de esas cosas peculiares e inexplicables a que a veces son propensos los adultos. pero las semanas fueron pasando y mi madre no volvió. empecé a pensar que tal vez no iba a volver del todo. mi padre parecía cartearse con ella y siempre decía que me enviaba su amor, lo cual, desde luego, yo siempre pedía que le devolvieran. había un vacío en mi vida, un humor triste que afectaba cada actividad diaria a que me dedicaba para sobreponerme; pero no hubo otra explicación en cuanto a la ausencia de mamá, y gradualmente me fui acostumbrando al hecho de que no estaba en casa cuando yo llegaba, –y se fue haciendo evidente que tampoco se esperaba que volviera.

mucho tiempo después supe que había sufrido un colapso nervioso por el que la llevaron a recuperarse a una institución en un pueblo cercano y tranquilo. yo no volví a ver a mi madre en más de veinte años; para entonces, mi nombre había cambiado y yo era un hombre hecho y derecho que vivía en california, en américa, a miles de millas de distancia. la mayor parte de la gente del mundo me conocía tanto de vista como de nombre, pero mi madre no.

no es sino hasta recientemente que supe una de las causas del por qué se retiró mi madre dentro de sí misma. pocos años antes de nacer yo, mis padres habían tenido otro hijo. el primogénito. un bebé quien, por desgracia, murió de apenas unos pocos meses por algún tipo de convulsión. me enteré de que mi madre estuvo sentada junto a la cuna, noche y día, amante, solícita y rezando por él, hasta que quedó exhausta; y una noche, cuando el doctor le ordenó que se fuera a acostar unas cuantas horas para que no sufriera un colapso, el bebé se murió mientras ella dormía. tal vez fue semejante golpe, el verse en la necesidad de suprimir un recuerdo así, lo que la hizo emprender esa retirada decisiva del mundo.

hoy, a los ochenta y seis años, mi madre está bien, muy activa, fuerte, nerviosa y aguda: es excelente compañía. a veces nos reímos hasta las lágrimas. es una mujer pequeña: viéndola, a menudo me pregunto cómo crecí hasta llegar al metro ochenta y siete. compra con tenacidad antigüedades menudas: los vendedores locales han aprendido a aumentarles el precio por adelantado para podérselo bajar más tarde o, si tienen la suerte de verla venir, a cerrar puertas y ventanas para protegerse del impacto de sus encantos y la honestidad de su edad. ella misma hace las compras del mercado y todo el trabajo de una casa que no es nada pequeña para los estándares provinciales; cada vez que alguien le sugiere que consiga quién le ayude, asegura que ella hace mejor las cosas, cariño, y no quiere que nadie le esté diciendo qué tiene que hacer o atravesándosele en el camino, cariño, y el hecho en sí de estar ocupada la mantiene en buena condición, ves, cariño. lo cual, sin duda, es todo cierto.

una noche de verano supe por primera vez de dónde venían los niños: lo explicaba un pachuquillo bajo la lámpara del final de la calle. no aprecié la información, ni estaba tampoco muy convencido de que fuera cierta, y algo en la complacencia condescendiente del joven mientras repartía los detalles, me hizo detestarlo desde ese instante. después descubrí que la información era correcta, pero pasaron años antes de que me armara del valor necesario para ponerla a prueba. resultó una teoría factible y placentera: de veras que, con esto, el mundo civilizado se topó algo bueno, pero todavía no he perdonado a ese muchacho.

durante la guerra nos dieron libretas de racionamiento para la comida pero, a menos que uno estuviera emparentado con el verdulero local o fuera desmedidamente confianzudo, había poca esperanza de conseguir azúcar o mantequilla, y era nula la posibilidad de obtener productos importados de cualquier tipo. me acostumbré a tomar té sin azúcar y sigo sin endulzar el té o el café. pero en ese tiempo no apreciaba las cualidades benéficas del sabor de la margarina y me hacía mucha falta la mantequilla. ahora como otra vez margarina.

archie leach aparece de primero, a la izquierda; sospecho que la foto está recortada


-.-


capítulo tres de catorce.
colgué el primero en noviembre del año pasado, el segundo, en enero de este año.  el cuarto… antes del siglo entrante, espero.
foto: más o menos a los doce años, de scout


capítulo cuatro: enero de 2011

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