3.2.12

en otro país

porque aunque soy de aquí mísmo, no puede ser de más lejos.
para frase adito


escribo frente a la ventana, en mi cuarto. hace días estamos de temporal. llueve menos que hace un rato: la neblina empieza a tomar posesión del poco paisaje que me queda. ha habido momentos espectaculares, en que rueda por el suelo, pero no parece que ése vaya a ser el caso de esta noche.
ésta no es una biografía de felipe valentini, ni tampoco del capitán dow. me hubiera encantado entrelazarlos en una novela histórica: no tengo acceso a las fuentes necesarias, no puedo escribir con propiedad. poco a poco se desvanece el proyecto.
no me resigno: le tuerzo el brazo. escribo esto. ja.
como coetáneos, puede que valentini y dow oyeran hablar el uno del otro, aquí o en nueva york. puede que se conocieran, aquí o en nueva york. tal vez coincidieron en algún momento, aquí o en nueva york. pero seguro que no.
ya les iré contando lo que he averiguado de ellos, no mucho, mezclado con un poco de todo, de nada, de niebla.
quedan muy lejos.
me cuesta mucho imaginarme el mundo en que vivieron.
yo soy lo que por lo general se considera una persona aburrida. no importa que rara vez me aburra cuando estoy conmigo, sino todo lo contrario, la verdad es que paso muy entretenida, pero mis gracias sociales son pocas y esporádicas. no las dosifico, sólo sucede que parezco más el sapo proverbial que la princesa. la antítesis de la súper modelo de moda: pequeñita y gorda, espanto, pecado capital, me he vuelto vieja.
conocí a victoria antes de la ceniza, el primer día de escuela, cincuenta varas al sur de la california, en la casa donde mataron al doctor moreno cañas. estaba sentada en una banca, bien agarrada a la mamá, llore que llore. yo, en cambio, me le había zafado de la mano a papá y había salido en carrera, feliz, por donde me señalaron el kínder, –hace poco todavía me lo reclamó. antes de llegar a la puerta de la clase, intrigada, me detuve en seco. no entendía tanta tristeza. porque a mí, desde hace días, me traía fascinada la idea de que, según yo, ir a la escuela significaba que iba a empezar a aprender de todo. dos años de kínder y preparatoria, seis de escuela y cinco de colegio me quitaron hasta el último vestigio de entusiasmo, en la universidad fui un desastre, nunca me gradué. ahora, cuando ya me falla la memoria, todavía siento esa sed de aprender. qué desperdicio.
entre las muchas obras excelentes de thomas mann, anti destaca el narrador del doctor fausto, persona pomposa, aburrida, algo tonta. a través del filtro de ese bostezo, la novela, fascinante.
esto último es lo más creído que puede decir una persona aburrida, verdad: soy aburrida, pero –fascinante.
ahorita.
me intriga mucho el doctor francesco valentini, un médico militar que dejó la patria para ser lingüista en berlín y dar clases de italiano. produjo el diccionario de italiano que lo hizo famoso por décadas. en la corte prusiana, le dio clases a las princesas reales. se casó con una muchacha tal vez del norte de alemania, tal vez danesa, que le dio al menos un hijo: felipe.
cuando se pensionó, se retiró o se volvió suficientemente rico o algo, don francesco se fue a vivir a un pueblito, un balneario en las márgenes del río oder, en los márgenes de brandenburgo, la misma región que cobija a berlín. theodor fontane cuenta que valentini, a quien llama el viejo valentini, le dio nombre en italiano (¿por qué?: ¿nostalgia, un nuevo método de enseñanza, un chiste, todos ellos, ninguno de los anteriores?) a algunas de las cosas que lo rodeaban: una fuente, una calle, una colina. algunas todavía los conservan.
era el berlín de alexander y wilhelm von humboldt. wilhelm, el más conocido de los dos en alemania; alexander, el más conocido de los dos en el resto del mundo, –supongo.

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