17.2.10

yemas de ávila

12 yemas de huevo
1 astilla de canela
la cáscara de 1/2 limón
100 gramos de azúcar glas
más azúcar

preparar un almíbar con 10 cucharadas de agua, el azúcar, la cáscara de limón y la canela. cuando esté a punto de bolita, retirarlo del fuego y quitarle la canela y el limón.

pasar las yemas por un colador fino y añadir el almíbar. poner la mezcla de nuevo al fuego y revolver hasta que se desprenda de la ollita, pero cuidando que no hierva, para que no se cuajen las yemas.
echar la mezcla en un plato y dejarla enfriar. trabajar la masa hasta hacer un rollo largo en forma de cordón grueso, espolvorearlo con azúcar glas. cortarlo en 24 trozos iguales.
formar las yemas con las manos, rebozarlas con más azúcar y ponerlas en cápsulas de papel.


tiempo de elaboración: una hora

dificultad: media

ilustración: muralla de la ciudad de ávila, wikipedia

29.1.10

del jardín de los leach: la malvarrosa

nosotros les decíamos miramelindos, que es el nombre que se usa para las chinas en otros países de latinoamérica, y también tuvimos en el jardín. me gustaban especialmente las cápsulas de las semillas, que eran como moneditas perfectamente ordenadas en círculo. victoria le dice malvarrosa a otra mata, que no tiene flor o, al menos, no tiene flores vistosas, pero también parece malvácea.


me topé con que althaea rosea es oriunda de asia, o de los balcanes, o del sur de italia, según la fuente. o 'de oriente' e importada a europa por los cruzados de la edad media. no muy preciso, verdad.

existe gran cantidad de variedades, las flores pueden ser de los colores más diversos: rosadas, violeta, púrpura, rojo muy oscuro, tirando a negro o a café, o a veces también blancas o amarillas. según la variedad, y el suelo, las matas alcanzan de uno a tres metros de altura. las que tuvimos nosotros eran muy altas.

en alguna parte me encontré que las flores atraen más que nada abejorros; tengo años de años de no ver uno: me pregunto si en costa rica los habremos extinguido. tampoco he vuelto a ver nunca un carbunclo.

la planta tiene cualidades emolientes y expectorantes, por lo que se usa como ingrediente en remedios para combatir la tos. la variedad que da las flores oscuras fue utilzada para obtener un tinte, pues las flores contienen cantidades importantes de malvidina, un flavonoide de las antocianinas, y la materia que le da color a las moras, al vino tinto y a algunas de las hojas que se vuelven rojas en otoño. las soluciones ácidas o neutras de malvidina producen rojos; las básicas, azules, por lo que es también responsable del color de las prímulas.

ilustración e información de wikipedia

24.1.10

del jardín de archie leach: la fucsia

probablemente originaria de los andes peruanos, de donde se extendió hacia el norte hasta méxico y hacia el sur hasta tierra del fuego. hay, además, cuatro especies autóctonas de nueva zelandia y una de tahití. existen fucsias que no alcanzan sino unos centímetros de altura, y fucsias que se convierten en árboles de diez metros de alto. son flores de montaña.

en 1696, en santo domingo, charles plumier, botánico y fraile de la orden de los mínimos (fundada por francisco de paula, franciscano), la describió por primera vez y le dio el nombre del botánico alemán leonhart fuchs (1501-1566).

fueron muy gustadas en la época victoriana, para arreglar los floreros de varios niveles que se usaban como centro de mesa. la fascinación europea con las fucsias se acabó con la primera guerra mundial, cuando los jardines ornamentales dieron paso a huertas para alimentar la población.

las fucsias pertenecen a la familia de las onagráceas.

los onagros (equus hemionus) son los asnos silvestres asiáticos. creo que es omar jayyam (1048-1131), el poeta persa, quien, cuando describe a una mujer bonita, dice que tiene ojos de onagro. la caza del onagro estuvo reservada a la realeza y… se los comían.

incidentalmente, fuchs (se pronuncia fux) quiere decir zorro.

la foto muestra una fuchsia magellanica: hoy crece silvestre en las costas occidentales de las islas británicas.

casi toda la información y la foto: wikipedia


18.1.10

archie leach, capítulo segundo (de catorce)


teníamos fucsias y malvarrosas en el jardín, y geranios y prímulas; mi padre también había sembrado narcisos y crocos y muguetes. en los campos adyacentes había margaritas y ranúnculos y diente de león. el chismorreo infantil local decía que si jugabas con margaritas, eras un pensamiento, lo que en sí resultaba bastante confuso; que si el color de un ranúnculo [buttercup] se te reflejaba bajo la barbilla, te encantaba la mantequilla, lo que no estaba muy lejos de la realidad; y que si cogías diente de león, ibas a mojar la cama, lo cual, por casualidad, resultó ser perfectamente cierto. éste es el voodoo que practican los niños.
fui por primera vez a la escuela cuando tenía cuatro años y medio, aunque la edad oficial eran los cinco años. mi madre estaba convencida de que era más brillante que la mayor parte de los niños de mi edad y, evidentemente, logró convencer o arengar al maestro para que también lo creyera, puesto que, asustado y medroso, ese mismo día empecé con las clases. ahí estaba, sentado en un vestidito de marinero, compartiendo con una chiquita el pupitrito de madera con la parte de en frente unida al asiento. perseveré con orgullo en el a b c, el modelado de barro y los dibujos a lápiz de cera, y de manera miserable en aritmética y en la habilidad de comunicarme con la chiquita.

muy gradualmente me fui acostumbrando a asociarme con los demás chiquitos y chiquitas. o, más bien, más que nada, con los demás chiquitos. chiquitos. de hecho, para mi deleite y sorpresa, me invitaron a ser el portero del equipo de futbol, un grupo más bien estropajoso sin la valentía suficiente como para jugar con las niñas durante el recreo y que, en vez de eso, pateaba por ahí una bola de futbol. no teníamos portería, sino, para indicar dónde debía estar, unas líneas de tiza marcadas en la pared de piedra desigual, a ambos extremos del patio. se consideraba gol cada vez que la bola le daba a la pared entre las líneas. me golpee ruidosamente contra esa pared innumerables veces, me despellejé los nudillos y las rodillas y me hice harapos la ropa, tratando con desesperación de evitar que el otro lado metiera un gol, hasta que acaté que nadie mostraba ningún entusiasmo por ser el portero, y por qué, probablemente, me habían invitado a mí a serlo.

el invierno inglés es muy frío y muy húmedo; todos los demás tenían la excitación y la alegría, además del beneficio, de circular pateando la bola, menos yo, parado con mucho frío y muy húmedo al final del patio, esperando que alguien pateara la bola en mi dirección. si la bola se estrellaba pasándome, yo solo, ninguno de los demás miembros del equipo, por supuesto, sino sólo yo, para mi desconcierto, era considerado responsable de la catástrofe.

ni el dinero, ni ningún otro premio material, es comparable con la alabanza, los gritos de bien hecho y el golpecito en la espalda de nuestros iguales. el aplauso y la risa de un teatro tienen un efecto similar. a veces me paro en una esquina quieta y oscura del mejor y más grande cine del mundo, el radio city music hall de nueva york, con russell downing, el gerente, y oigo carcajearse a esa audiencia enorme por algo que hice, la forma en que incliné la cabeza o la reacción que se me lee en la cara, y siento que me reviento de felicidad.

pensar que todas esas personas, aunque sea por un instante, olvidaron sus problemas y tribulaciones personales y en conjunto se rieron conmigo, o de mí. la mejor explicación que puedo dar es que es como la ampliación extrema del sentimiento de contarle un buen chiste o una buena historia a un grupo de amigos. sí: pocas satisfacciones hay tan satisfactorias como la aprobación y la buena voluntad de los demás; no es sino en este momento que se me ocurre que fue en el patio de la escuela donde aprendí a disfrutarlo y a buscarlo.

el juguete más intrigante que me cayó jamás en las manos fueron unas tijeras de calar, con las que mi madre le hacía el borde ondulado de adorno al forro de los estantes y a la tela encerada que se usaba de mantel. me fascinaba el resultado simétrico del corte; no podía desentrañar cómo lo lograban las tijeras y, casi una mañana entera, mientras mi madre estaba en el jardín, le hice orillas caladas a casi todo lo que tenía al alcance, incluida mi propia camisa de dormir. también a la revista favorita de mi padre. todavía siento gran admiración por quien sea que haya inventado esas tijeras mágicas; por dicha he logrado controlar el impulso de conseguir un par.

todas las navidades me guindaban las medias con una prensa de ropa en la cubierta orlada de bolas de la repisa de la chimenea del dormitorio. en aquellos días, los escolares ingleses usaban medias negras o grises de lana con una vuelta de más o menos dos pulgadas en la parte de arriba que permitía ver una franja blanca tejida bajo las rodillas desnudas y raspadas. siempre pensé que era demasiado grande la parte de mis medias llena de las mandarinas y nueces y dátiles que hubiera podido agarrar abajo cuando pasaba por el aparador.

aún así, siempre había unos cuantos regalos más, demasiado grandes como para caber en las medias, arreglados en la repisa o en frente de la chimenea, en el piso, donde los pudiera ver cuando me despertara: unos patines, unas cajas de soldaditos de estaño, tal vez incluso un pequeño fuerte para echarlos, –y, una vez, un vestido brillante de húsar, maravillosamente dispuesto en una caja plana de cartón de colores, con un peto pulido, una trenza dorada, charreteras con flecos, la espada de juguete en su reluciente vaina de hojalata, y un sombrero de húsar con su insignia. me convertí en un espectáculo deslumbrante, pero ni así logré quitarle del todo mi madre a mi padre.

un año me dieron una linterna mágica con transparencias cómicas coloreadas. por la adquisición de esa linterna mágica, di una única fiesta infantil. la única fiesta infantil a la que recuerdo haber ido: la mía. mi padre puso una sábana al final de un cuarto de atrás que por lo general se usaba de bodega, donde era menos probable que el estrépito molestara al barrio. mi madre hizo colocar allí algunas alfombras, sillas, almohadones y la mesa que se armaba sobre unas burras, cubierta por un mantel largo, e invité al mundo infantil local a mi función de linterna mágica. una candela iluminaba la linterna, una candela grande, con un gran reflector detrás. nos sirvieron limonada y galletas y las inevitables mandarinas, nueces, pasas moscatel y dátiles, y también pudín y queque de postre, porque fue antes de lujos tales como los helados. también teníamos sombreros de papel y matracas. fue una bonita fiesta.

mi padre se encargó del espectáculo, supongo que para evitar que yo le prendiera fuego a la casa; pero yo escogí el orden en que íbamos a ver las transparencias, y las acompañé una a una con lo que me pareció el comentario cómico apropiado. sin embargo, los demás comentadores cómicos me ahogaron tan a menudo la voz, que no podría decir si tuve éxito o no. tal vez ésa sea la razón por la cual, eventualmente, me dediqué al cine: que la audiencia no me pudiera contestar.

aprendí a coleccionar e intercambiar estampillas extranjeras. a limpiarme los zapatos, a quitarme la gorra cortés y automáticamente cuando me topaba con adultos de ambos sexos, a no arrastrar los pies, a resistir la tentación de limpiarme, según fuera la necesidad de la estación, la frente sudorosa o la nariz en la manga del abrigo; a simular entusiasmo cuando mi padre cantaba sus canciones de fiesta, i dreamt i dwelt in marble halls, en un barítono alto con la garganta cerrada y sin entrenar que sacaba a relucir en las fiestas de la familia; a veces cantaba the man who broke the bank at monte carlo, imitando a quien fuera el cantante de variedades de moda. a menudo me sentía fascinado por la manera en que mi padre impedía que su elegante bigote se ahogara cuando se estaba tomando una taza de té. aprendí a hacer mandados para mi madre sin pedirle un añadido a mi asignación semanal de seis peniques (que era, probablemente, el equivalente de dos chelines de hoy en día), aunque me recortaran dos peniques por cada churrete en el mantel del domingo, y a correr a topar a mi padre en cierta parte del camino cuando volvía a casa del trabajo los sábados al medio día, y, por uno o dos momentos corteses, a aguantarme las ganas de buscarle en los bolsillos los regalitos que había escondido para que los encontraran mis manos expectantes.

ocasionalmente me escriben uno o dos de los hombres con los que él intercambiaba bromas a diario. ya están retirados y bastante ancianos, pero en las cartas todavía hablan con afecto de mi padre, quien murió en 1933, de lo que el récord médico menciona como toxicidad extrema, pero es más probable que fuera el resultado inevitable de un corazón que se rompe lentamente por la incapacidad de alterar las circunstancias de la vida. cuando murió, mi propia vida seguía un patrón similar. mi primera esposa, virginia cherrill, una verdadera belleza y la actriz principal de charlie chaplin en luces de la ciudad (city lights), se estaba divorciando de mí y alistándose para casarse con el conde de jersey. lo cual fue muy inteligente de su parte.

es extraño, pero no me acuerdo de cuando mi padre se fue de bristol. tal vez me sentía culpable porque en el fondo me daba gusto. ¿me daba? ahora tenía a mi madre para mí solo, además de que algunas de las notas semanales de la escuela ya me habían ganado unas cuantas severas reprimendas de mi padre. cosa curiosa en cuanto a mis notas: estaba o entre los mejores o entre los peores de la clase. seguros signos tempranos de una gran inestabilidad. era tan evidente lo deseoso que estaba de presentar en casa las notas buenas, que esconder las malas era igual de perceptible. en todo caso, no recuerdo la partida de mi padre, pero me hacía mucha falta, a pesar de todas sus y, en consecuencia, mis faltas.

poco después de la partida de mi padre, cuando tenía nueve años, mi madre y yo nos pasamos a una casa más grande y más cara. nos acompañaban dos jóvenes primas mías quienes, como se iniciaban en el nuevo mundo secretarial abierto a las damas jóvenes, me parece que deben haber contribuido a costear los gastos de la casa. vivían en una parte separada de la casa, donde no puedo recordar haber entrado. 
en las vacaciones de ese verano visité a mi padre en southhampton. lo encontré alegre, parecía más joven, y también más deportista, lo que no le hubiera gustado para nada a mi madre. sin embargo, en southampton permaneció apenas pocos meses. la carga de ganar lo suficiente como para mantener dos hogares, aunque percibía un salario mayor, fue demasiado pesada, y volvió a bristol y a su antigua empresa donde, a cambio de no devolver el reloj que le habían dado cuando se fue, tuvo que aguantarse las bromas sin fin, aunque cariñosas, de los compañeros. así es que nos volvimos a pasar a una casa menos cara, pero todavía con campo suficiente como para acomodar a las primas pensionistas.

por unas pocas semanas, una de ellas tuvo un pretendiente: un italiano de título nobiliario, nada menos, o tal vez sólo fue que yo le contaba a todos que lo tenía; aunque, en lo que a mí concernía, lo más atractivo que tenía era un magnífico automóvil, en el cual disfruté mi primer vuelta en carro. era una cosa larga, una cosa ambulante larga y abierta, y recuerdo estar sentado solo muy arriba en el asiento de atrás, tratando de inducir a mi prima y a su elegante pretendiente para que pasáramos por una parte de la ciudad donde yo podía ver y ser visto, o decirle adiós y recibir una lluvia de tomates de mis compañeros de escuela.

los automóviles eran poco comunes en aquellos días. el único otro con que me familiaricé en nuestro barrio, era el del padre de un muchacho que vivía en la casa grande de la esquina. en la semioscuridad de un invernadero convertido en garaje, un pequeño grupo de nosotros se sentaba a menudo en la parte de atrás de aquel carro, con el hijo del dueño, por lo general, en el asiento del chofer, y pretendía con gran estruendo ir subiendo y bajando colinas y doblando esquinas. pero pronto nos prohibieron ese placer, antes de que siquiera me tocara a mí el primer turno de chofer, porque el roce de nuestras botas escarapelaba el esmalte con que entonces se pintaba la parte de atrás de los asientos de adelante. recuerden: era 1913. el año en que me enamoré por primera vez.

era la hija del carnicero local, regordeta, bonita y francamente coqueta. una vez le llevaba un mensaje a mi abuela, la madre de mi madre, no sin desviarme muchísimo para pasar por el antejardín donde jugaba esa sirena. iba viendo para atrás, a ver si ella veía para atrás para verme a mí, cuando me dí en la jupa con el poste de la luz, ví estrellas sensacionales y, con las piernas de hule, me tambalee hasta el cordón del caño, donde me senté avergonzado, sólo medio recuperado del golpe. a partir de aquel día, lo duradero de mi vergüenza me impidió volver a pasar por esa casa, y nunca más volví a ver la luz provocativa de mi primer amor de niñez.

mi madre me cosió el primer par de pantalones largos. eran de franela blanca, para que los usara en la feria anual de la iglesia local, donde se me permitió comprar boletos en un carrusel. los pantalones hechos en casa no parecían quedarme ni verse tan bien, ni eran de franela de la calidad de las versiones ya hechas compradas en las tiendas que le veía a los demás chiquitos. me sentía alicaído; se me echó a perder el día de carnaval. no aprecio sino ahora, cuando las recuerdo, las largas horas de trabajo de mi madre y su amor. qué triste que no podamos saber lo que sabemos sino hasta llegamos a saberlo. me pregunto si no será consecuencia de la vergüenza pueril de tener que usar esos pantalones de franela hechos en casa, el que mi nombre aparezca en tantas listas de mejor vestidos.

en medio de una turbulencia surtida de niños gritones agarrados a bolsitas de confites, manzanas y cabitos de regaliz, todas las tardes de los sábados hacía cola para ir al cine local, donde nuestros mayores favoritos eran los comediantes charles chaplin, ford sterling, roscoe arbuckle, mack swain y john bunny con flora finch, así como bronco billy anderson, el cowboy estrella. se desataban los empujones; más de un puño cubierto de caramelo se agitaba disputando los méritos relativos de ford sterling, quien encabezaba a los famosos keystone kops, y charlie chaplin. la cumbre de mi semana la constituía ese ejercicio irrestricto, tanto pulmonar como de escurrir el bulto, en las matinées de los sábados, libres de la supervisión de mis mayores.

conforme fui creciendo, tanto mi padre como mi madre me llevaban ocasionalmente al cine, pero por separado. mi madre me llevaba al cine de la calle claire, el más exclusivo de la ciudad, donde uno podía tomar el té mientras veía las películas, y donde me presentaron por primera vez un tenedor de repostería; una combinación desconcertante de tenedor y cuchillo; ¿quién la necesita? ví las primeras así llamadas películas parlantes en ese teatro. dos cortos. en uno, una mujer cantaba una aria de ópera mientras trataba de defender su honor, creo. un canalla la empujaba sobre una mesa, pero mientras atraía su interés cantándole en la cara, subrepticiamente le robaba una daga de la faja, con la cual lo apuñaló mientras cantaba la nota más alta. a él le tomó muchísimo tiempo morirse pero, mientras se moría, supo del triunfo de la virtud. por eso es que nunca hago de villano en las películas.

el otro corto mostraba un grupo de herreros cantando a coro mientras aporreaban los yunques. el sonido, hasta donde yo entendía las cosas en ese entonces, venía de un tocadiscos situado detrás de la pantalla. el predecesor de las películas perfectamente sincronizadas del día de hoy.

archie leach en la escuela: junto a la pared de la izquierda, en el centro, ¿tercera fila?, vestido de marinero, a la par de la chiquita que salió movida, con dos lazos grandes en el pelo


continuará : )




cary grant: archie leach, 1962, capítulo segundo
primer capítulo: 29 de noviembre del año pasado 
tercer capítulo: 14 de julio de 2010

25.12.09

artículo de issey miyake publicado a mediados de este año en el new york times


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July 14, 2009
OP-ED CONTRIBUTOR

A Flash of Memory

Tokyo

IN April, President Obama pledged to seek peace and security in a world without nuclear weapons. He called for not simply a reduction, but elimination. His words awakened something buried deeply within me, something about which I have until now been reluctant to discuss.

I realized that I have, perhaps now more than ever, a personal and moral responsibility to speak out as one who survived what Mr. Obama called the “flash of light.”

On Aug. 6, 1945, the first atomic bomb was dropped on my hometown, Hiroshima. I was there, and only 7 years old. When I close my eyes, I still see things no one should ever experience: a bright red light, the black cloud soon after, people running in every direction trying desperately to escape — I remember it all. Within three years, my mother died from radiation exposure.

I have never chosen to share my memories or thoughts of that day. I have tried, albeit unsuccessfully, to put them behind me, preferring to think of things that can be created, not destroyed, and that bring beauty and joy. I gravitated toward the field of clothing design, partly because it is a creative format that is modern and optimistic.

I tried never to be defined by my past. I did not want to be labeled “the designer who survived the atomic bomb,” and therefore I have always avoided questions about Hiroshima. They made me uncomfortable.

But now I realize it is a subject that must be discussed if we are ever to rid the world of nuclear weapons. There is a movement in Hiroshima to invite Mr. Obama to Universal Peace Day on Aug. 6 — the annual commemoration of that fateful day. I hope he will accept. My wish is motivated by a desire not to dwell on the past, but rather to give a sign to the world that the American president’s goal is to work to eliminate nuclear wars in the future.

Last week, Russia and the United States signed an agreement to reduce nuclear arms. This was an important event. However, we are not naïve: no one person or country can stop nuclear warfare. In Japan, we live with the constant threat from our nuclear-armed neighbor North Korea. There are reports of other countries acquiring nuclear technology, too. For there to be any hope of peace, people around the world must add their voices to President Obama’s.

If Mr. Obama could walk across the Peace Bridge in Hiroshima — whose balustrades were designed by the Japanese-American sculptor Isamu Noguchi as a reminder both of his ties to East and West and of what humans do to one another out of hatred — it would be both a real and a symbolic step toward creating a world that knows no fear of nuclear threat. Every step taken is another step closer to world peace.

Issey Miyake is a clothing designer. This article was translated by members of his staff from the Japanese.


21.12.09

mandelguetsli

o croquants

galleticas suizas para las fiestas de esta época, que recomienda Lucía O., mi amiga de santa fe de argentina



hace días estoy por ponerles aquí esta receta que me mandó Lucía, pero he estado tan enredada con la traducción que no ha habido forma de sacar el tiempo necesario. en algún momento se las copio porque se ven tan buenas, que apuesto a que no tienen que ser estas fechas para que den ganas de probarlas.

espero cumplir en estos días, todavía antes del año entrante. vale también para la traducción, claro.

5.12.09

josé miguel rojas dibuja a edgar allan poe

y hasta brinco de la alegría de verlo aquí : )


no se trata de una lección de dibujo, sino de un testimonio verdaderamente artístico.
álvaro zamora




me parece que la calidad del video es mucho mejor en youtube

4.12.09

iván yuja

se va dentro de unos días a darle la vuelta al mundo, o por ahí.


esta redacción le desea muy buen viaje, un regreso dilatado, que lleve cámara y que tome fotos por todos lados.

y se alegra infinitamente de que todavía exista gente que hace cosas así.

1.12.09

canción de otoño en primavera

juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!
cuando quiero llorar, no lloro... y a veces lloro sin querer.

plural ha sido la celeste historia de mi corazón. era una dulce niña, en este mundo de duelo y aflicción. miraba como el alba pura; sonreía como una flor. era su cabellera obscura hecha de noche y de dolor. yo era tímido como un niño. ella, naturalmente, fue, para mí, amor hecho de armiño, herodías y salomé.

juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver...!
cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer.

la otra fue más sensitiva, y más consoladora y más halagadora y expresiva, cual no pensé encontrar jamás. pues a su continua ternura una pasión violenta unía. en un peplo de gasa pura una bacante se envolvía. en sus brazos tomó mi ensueño y lo arrulló como a un bebé... y lo mató, triste y pequeño, falto de luz, falto de fe.

juventud, divino tesoro, ¡te fuiste para no volver!
cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer...

otra juzgó que era mi boca el estuche de su pasión y que me roería, loca, con los dientes el corazón, poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad, mientras eran abrazo y beso síntesis de la eternidad: y de nuestra carne ligera imaginar siempre un edén, sin pensar que la primavera y la carne acaban también...

juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!...
cuando quiero llorar, no lloro, ¡y a veces lloro sin querer!

¡y las demás!, en tantos climas, en tantas tierras, siempre son, si no pretexto de mis rimas, fantasmas de mi corazón. en vano busqué a la princesa que estaba triste de esperar. la vida es dura. amarga y pesa. ¡ya no hay princesa que cantar! mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin; con el cabello gris me acerco a los rosales del jardín...

juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!...
cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer...

¡mas es mía el alba de oro!

rubén darío, claro



no sé por qué me dan ganas de carcajearme: plus ça change…, supongo

29.11.09

in memoriam




'llevo leach por apellido. en el bautizo le agregaron archibald alexander, sin darme oportunidad de protestar. por más de la mitad de mis cincuenta y ocho años me he asomado con cautela a través de la fachada de un hombre conocido como cary grant. la protección de esa fachada resultó tanto ventaja como desventaja. si yo mismo no podía ver afuera con claridad, ¿quién iba a poder ver adentro?
nací en bristol, ciudad provincial de inglaterra; entre tanto he frecuentado con avidez las capitales más brillantes del mundo; ahora tengo residencia permanente en la (mal) llamada capital del glamour, hollywood.
no tuve hermanas, me separaron de mi madre cuando tenía nueve años, en la presencia de niñas era tímido hasta la tartumudez; sin embargo, he estado casado tres veces y en la pantalla le he hecho el amor, –en público, figúrense, frente a millones de personas–, a mujeres tan fascinantes como ingrid bergman, doris day, mae west, irene dunne, deborah kerr, eva marie saint, sophia loren, marlene dietrich y grace kelly.
fui hijo único; por primera vez vi la luz del día o, más bien, la oscuridad de la noche, una madrugada fría de enero, alrededor de la una, en una casa suburbana de piedra que no contaba con las comodidades modernas de calefacción; se mantenía apenas un paso delante del congelamiento por medio de fueguitos de carbón prendidos en las pequeñas chimeneas de los dormitorios; desde entonces he persistido en pasar todo momento posible donde más me caliente el sol. mi padre no se ganaba la vida sino de forma modesta y teníamos poco dinero. sin embargo, excepto entre las personas de recursos, hoy soy considerado una persona de recursos. bajo casi cualquier estándar escolar, apenas si recibí un bosquejo de educación, no sentía tampoco ni la confianza ni el valor como para disfrutar la vida; parece empero que en pantalla he logrado representar el ejemplo más vivo del hombre informado, capaz y afortunado. una serie de contradicciones demasiado evidente como para ser casual. podría ser que las mismas circunstancias originales causaran, crearan y provocaran todas las demás. tal vez sea capaz de reconciliarlas en una vida completa: la mía, conforme vaya trayendo a la memoria cómo cada paso me llevó al siguiente y, desde este punto de vista ya más viejo, y confío que también más maduro, le eche un vistazo a lo que ha sido el trayecto de mi existencia.
la mayor parte de la vida la he pasado fluctuando entre archie leach y cary grant, inseguro de cada uno de ellos, sospechando de los dos. no es sino hasta hace poco que empecé a unirlos en una sola persona: el hombre y el muchacho en mí, el odio y el amor y los diversos grados de cada uno en mí, y el poder de dios, en mí.
he leído párrafos, artículos, libros enteros, sobre mucha gente de profesión muy diversa, así como también sobre mí mismo. cuando leo información de ese tipo, es raro que pueda decir que "conozco a tal o cual hombre o mujer". la verdad es que, a menudo, cuando leo acerca de mí mismo, tan no se trata de mí que me inclino a creer que, en realidad, se trata del que escribe. mucho es fantasía, exageración, tonteras, o el recuento aún más embellecido de las inexactitudes pasadas. por ejemplo, casi no pasa semana sin que lea lo bueno que soy en yoga, la atención fanática que le presto a la dieta o la regularidad de mis sesiones de natación. en realidad, poco o nada sé de yoga, y si no fuera por mi segunda esposa, bárbara hutton (cuya habilidad de sentarse por horas en posición de loto admiré mucho pero, admito con pereza, no imité), tal vez nunca hubiera sabido nada en absoluto ni siquiera de las posiciones más básicas del yoga. en cuanto a mi dieta, puede que sea extraordinaria sólo desde el punto de vista de mis amigos cercanos, quienes me llaman "el carroñero" porque, cuando acabo con hasta el último bocado de mi propia comida, vuelvo a ver en derredor para aventarles cualquier pequeño manjar que hayan dejado sin comerse en el plato. creo que les puedo asegurar que cualquier amigo invitado a almorzar o comer conmigo debe cumplir con el requisito de ser un buen dejador. y casi lo único que nado con regularidad, me sucede en la cabeza por ahí del 15 de abril, cuando me toca enfrentar las cifras astronómicas del impuesto sobre la renta.
ahora bien, si me mantiene en forma este tipo de ejercicios, o la falta de ellos, debe ser porque tengo el sistema adecuado. por otro lado, si caigo muerto mañana, sería evidente que he estado haciendo mal las cosas.
de joven me extrañaba que tanta gente prominente pareciera tan despreocupada y ávida por revelar en letra de molde los asuntos íntimos propios que a mí me parecían privados. ¿por qué? ¿por vanidad? ¿se morían acaso por obtener publicidad a cualquier precio? ¿se sentían desesperados por corregir o revisar las impresiones pasadas, e intentaban contar lo que pensaban que era la verdad sobre sí mismos? ¿preferían escribir acerca de sí antes que sufrir otra sucesión de inexactitudes escritas por otro? o: ¿tenían acaso la esperanza de que si contaban sus experiencias personales, tal vez podían ayudarle al prójimo? reconozco que existen todos y cada uno de esos motivos; también me parece de veras que si una sola cosa de lo que escribo sobre mí le ayuda aunque sea a un solo lector, valieron la pena el esfuerzo y el tiempo invertidos.
desde el momento en que nacemos hasta el momento en que nos morimos, todos tratamos de mantenernos ocupados lo mejor que podemos, aunque a la larga no resulte ser sino lo peor que podemos. nuestros progenitores determinan, cuando todavía somos muy pequeños, las circunstancias que después gobiernan los métodos que tenemos nosotros de ocuparnos: al igual que, supongo, la mayor parte de los padres, los míos hicieron todo lo que pudieron por prepararme para la vida, según los límites de su conocimiento.
dudo que haya sido un niño feliz porque, de manera conveniente y lo mismo que la mayor parte de la gente, encuentro difícil recordar los años formativos más tempranos. además, no había ningún otro niño con quien intercambiar notas o con quien intentar comparar y precisar los diversos grados de felicidad.
mi recuerdo más temprano consiste en ser bañado en público en una bañera esmaltada portátil, frente al fuego de la cocina de la casa de mi abuela, donde supongo que mi madre había ido a pasar el día. era una casa de veras vieja, sin baño o, lo que es más probable, con un baño sin calefacción, por lo que resultaba demasiado frío como para tenerme a mí allí. yo no era sino una masa temblorosa de carne que protestaba: protestaba contra ser sumergido y lavado por todas partes en frente de mi abuela. la enormidad de semejante ultraje. si éste es mi recuerdo más temprano, ¿por qué, si no era más que un bebé, me afligía una sensación tan violenta de vergüenza? ¿cómo había aprendido ya una modestia tan arrolladora, a edad tan temprana? ¿qué equivocación en el método de educación puede haber sido responsable?
en mi segundo recuerdo, me despierto tarde una noche por el ruido de una fiesta muy abajo, en la sala de estar. mi padre sube y me baja en hombros con objeto de exhibirme frente a los huéspedes, y para que ceceara triste y vacilante el primer poema que me aprendí jamás. ahí me tenían, envuelto en una cobija, recitando up in a balloon so high mientras mi padre me sostenía en el aire muy por encima de su cabeza, con el brazo extendido, en una demostración tanto de orgullo como de fuerza. se trataba de una habitación de cielorraso alto: recuerdo haber estado muy arriba, muy cerca del candelabro del centro. también me parece que mi padre era alto.
tuve la impresión de que me mantenían en ropa larga de bebé por mucho más tiempo que a cualquier otro chiquito y durante un tiempo tal vez no estuve seguro para nada de si era niño o niña. después, más tarde, me mantuvieron, se los juro, demasiado tiempo en pantalones cortos. también anduve por demasiado tiempo el pelo largo peinado en crespos y, como la mayor parte de los chiquitos, anhelaba el día en que me los cortaran. me pregunto por qué los chiquitos sienten vergüenza de que los confundan con chiquitas. ¿por qué se sienten tan orgullosos de ser chiquitos? ¿también las chiquitas sienten un orgullo semejante en relación con el sexo al que pertenecen y no quieren tampoco que las confundan con chiquitos?
según el único récord que se puede obtener, mi padre se ganó de joven el primer dinero aplanchando trajes, abrigos, pantalones y chalecos para un manufactor de ropa de bristol; fue demasiado lento a la hora de escalar posiciones en la misma empresa, como para satisfacer los sueños de mi madre. sin embargo, de alguna manera ella se las arregló para mantenerme abrigado y bien comido. todo un logro puesto que, aunque era un chiquito delgado, tenía un apetito voraz.
apenas podíamos permitirnos una existencia muy limitada aunque presentable y, como de todos modos mis padres no parecían demasiado felices juntos, la falta de dinero suficiente se convirtió en excusa regular de sesiones de recriminación; mi padre se resignó a la futilidad de tratar de defenderse. no sé cuál de los dos estaba equivocado o cuál tenía la razón. seguro ambos las dos cosas. desde mi punto de vista infantil, no podía evaluar con propiedad ni las emociones ni la forma de razonar de cada uno. me daba la impresión de estar atrapado en una batalla sutil que terminó por afincarse en el carácter que se me iba forjando poco a poco.
no tuve oportunidad de observar o asociarme con otros adultos y, aunque tanto mi padre como mi madre venían de familias numerosas y tenía muchas tías y tíos, hasta donde era capaz de darme cuenta, pocos de ellos brillaban de alegría de vivir.
por su aspecto físico, mis padres parecían estar hechos el uno para el otro. en el escritorio de la oficina de los estudios internacionales universal, donde paso muchas horas, siempre tengo en frente unas fotos de ellos tomadas algunos años antes de mi nacimiento. mi padre era un hombre bien parecido y más bien alto, de bigote sofisticado, pero en la fotografía no se nota ni que tuviera un vivo sentido del humor ni tampoco, para balancearlo, la triste aceptación interna de la vida aburrida que había escogido llevar. mi madre era una beldad delicada de pelo negro y piel aceitunada, de apariencia frágil y femenina. lo que no se ve en la foto es el alcance de la fuerza y la voluntad de control que tenía, ese deseo profundo de recibir sin reservas el mismitico afecto que quería controlar. recuerdo el dolor de mi padre y mi madre la mañana en que murió eduardo vii, en que los ví compartir un lazo común de solidaridad. un acontecimiento excepcional.
antes de eso, ahora también me acuerdo de cómo me desperté una vez en la cuna durante una tormenta, y cómo los vi perfilados contra la ventana por la luz de un relámpago. me daban la espalda y, mientras contemplaban la lluvia, cada uno tenía los brazos puestos en la cintura del otro; cuando lo pienso hoy en día, recuerdo que me embargaba el sentimiento intenso de ser dejado de lado en una unidad poco familiar.
eran personas de nombre elías james leach y elsie kingdom leach, practicantes de la religión protestante episcopal, amables con los extraños y respetuosos de las leyes y los usos sociales. me enseñaron a "hablar sólo si alguien se dirigía a mí", que mi padre no poseía "un cuño de dinero", y que "éste no crece en los árboles". aprendí a cepillarme el barro de los zapatos y a usar el felpudo antes de entrar a la casa, a guindar el abrigo y la gorra de la escuela en el gancho asignado en el vestíbulo, a cuidar la ropa puesto que "no está hecha de hierro".
tal vez para acomodar mi proceso de crecimiento, algunos años después de que nací nos pasamos a una casa más grande. el jardín era muy largo. en una sección del mismo, un gran parche de zacate rodeaba un árbol de manzana viejo y noble, cerca del cual mi padre hundió soportes de madera fuertes y altos para sostener una hamaca. me enorgullecía el hecho de esa hamaca, el tenerla, pero me hacía falta el abandono atrevido de quien se mece libremente; los empujones rítmicos de mi padre, aunque eran suaves, me parecían demasiado peligrosos. puede ser que siempre me haya faltado valor o, como prefiero verlo, que nunca haya sido temerario.
entre tanto he tratado de ir superando gradualmente el miedo a las alturas. incluso aprendiendo a andar en zancos, años después, en un grupo teatral especializado en pantomima y acrobática. por años he volado con todo tipo de tiempo y en todo tipo de avión: en cabinas abiertas, en trimotores transcontinentales ford, en vuelos de aviones postales no programados, por encima de las montañas allegheny en medio de una tormenta de nieve; con la suerte, muchas veces, de que el piloto fuera el más capaz de todos ellos, howard hughes, en su bombardero modificado; más de una vez aterricé con él en algún minúsculo aeropuerto mexicano, donde sólo podía lograrlo un aviador de semejante confianza y con tanta experiencia. pero ninguna cura tan decisiva para la acrofobia como dos de las películas que hice con ese director singular, alfred hitchcock: atrapar un ladrón (to catch a thief), en la cual me ví obligado a correr, sin red de seguridad, por los techos inclinados de las mansiones de cuatro pisos de la riviera francesa, mientras trataba sea de robarle a grace kelly o de protegerla de que le robaran, y con la muerte en los talones (north by northwest), en la cual me tuvo a la altura de las vigas del escenario más alto de hollywood, colgando tanto cabeza arriba como cabeza abajo de unas réplicas de secciones del monte rushmore. nunca he estado muy seguro de que hitchcock sintiera gusto de ver que sobrevivía el trabajo de cada día; sólo espero que el alivio haya sido al menos tan grande como la desilusión. con todo y todo, logré rescatar tanto a eva marie saint como a grace kelly: las dos llegaron después a tener chiquitos felices y bellos. quisiera poder decir lo mismo.
al fondo del jardín habia unos parches de fresas silvestres por los que se pasaba a un campo hoy cubierto por casas suburbanas pero que, en aquel tiempo, como sólo tenía cuatro años, constituía territorio tanto prohibido como inexplorado. comíamos a menudo a la sombra de nuestro árbol de manzana, en especial los domingos de verano, en una mesa armada para la ocasión sobre unas burras; me daba la impresión de que mi padre corría a cada instante a inspeccionar el progreso de algún elemento de su huerta. en cambio, a mí no hacían más que decirme que me quedara quieto y que "dejara de brincotear". nunca pude entender la justicia de una regla que no valía también para los propios padres; hoy entiendo que aquellos fueron los días más felices que pasamos los tres juntos.'
cary grant: archie leach, 1962, capítulo primero (de catorce), foto de 1964

continuación: 18 de enero de 2010

26.11.09

¿le importaría sostenerme el tren mientras me monto?


una de las poquísimas actuaciones infantiles que de veras disfruto: virginia weidler (1927-1968), de unos doce años cuando hizo de dinah lord, quien seguro tenía nueve, pero igual la pega:



lydia, o lydia! say, have you met lydia? o lydia, the tattooed lady! she has eyes that folks adore so, and a torso even more so. lydia, o lydia, that encyclopædia: lydia, the queen of tattoo… on her back is the battle of waterloo; beside it, the wreck of the Hesperus too, and proudly above waves the red, white and blue… you can learn a lot from lydia!

la canción es de harold arlen y yip harburg; la interpreta groucho marx en 'at the circus' (1939), donde también pregunta

¿le importaría sostenerme el tren mientras me monto?

14.11.09

cuando las cosas no funcionan…

no funcionan.


me acabo de dar cuenta de que no está la temperatura de san josé, ni tampoco nada de lo que se supone que se puede oír. ya arreglé el video de 'i will survive', aunque la verdad es que por el momento no tengo tiempo ni de rascarme la cabeza.*

es evidente que nunca pude con la línea azul, verdad, pero en algún momento veo a ver si puedo con lo demás. ¿qué más señal de que ya estoy roquita?

y sí: ya se me van ocurriendo oootra vez algunos temas, cómo no, pero… a mí, resucitar me toma más de tres días. además, me temo que nunca más se me va a ir el olor. es el aprendizaje que me queda.





* no no no… todavía no tengo trabajo regular. : )

11.11.09

6.11.09

abenámar



–¡abenámar, abenámar: moro de la morería!

el día en que tú naciste, ¡grandes señales había!
estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: hombre que en tal signo nace, no debe decir mentira.

¿qué castillos son aquellos?



–el alhambra era, señor.







de: abenámar, romance anónimo del siglo quince

30.10.09

a papá siempre

le han interesado los puentes: