cuando acabó el segundo trimestre, con el verano a la vista y el cuerpo de cadetes dispersándose por las vacaciones, solicité trabajo de apoyo al esfuerzo bélico, donde mejor pudieran ser empleados mis servicios de boy scout. en esos años, a media guerra, con todo el mundo de toda edad ayudando de una forma u otra, cuando hasta los jóvenes de dieciséis eran aceptados en el ejército, mi necesidad estribaba no sólo en ayudar donde pudiera, sino también en alejarme por un rato de bristol. en casa me sentía tan a menudo solo e inquieto, que acogía encantado cualquier ocupación que prometiera actividad. me dieron trabajo como mensajero y guía en southampton, en el área de los muelles, donde estaba prohibido el público y no estaba permitido nadie que no anduviera de uniforme o tuviera un pase especial.vi partir en la noche, hacia francia, a miles de hombres jóvenes, amontonados en barcos de transporte, por los que se oraba que fueran lo suficientemente rápidos como para dejar atrás a los submarinos enemigos que los esperaban en el canal inglés. cuando estaba de servicio en las pasarelas, notaba con tristeza el instante de aprehensión, la primera premonición de peligro, que le pasaba por la cara a cada soldado, conforme les iba entregando las fajas salvavidas, acompañadas de unas frases de instrucción, dichas con alegría para ocultar lo que sentía. cientos de esos hombres se ahogaron a unas pocas millas de su patria, antes de alcanzar siquiera el frente de batalla.
aunque no era parte de nuestras obligaciones, a menudo los scouts les entregábamos mensajes, así como cantidades de cartas, a los soldados que esperaban en los cobertizos durante el último día en inglaterra. para nosotros era cuestión de honor no aceptar dinero por esos pequeños servicios. pero como no teníamos otra forma de escapar a su gratitud conmovedora, en cambio aceptábamos recuerdos, un botón militar, la insignia de un regimiento y, con orgullo de coleccionista, los exhibíamos sujetos a las fajas, que se volvían pesadas con tanto token. los soldados nos daban a veces queque y té proveniente de los comedores al final de cada cobertizo en que los mantenían el día antes del embarque.
el movimiento militar en los muelles ocurría todo durante la noche. los soldados pasaban por southhampton, las hileras de cobertizos se llenaban y se rellenaban. no había asientos, por lo que los hombres se sentaban o se arrecostaban en el piso, entre sus equipos. algunos ya habían estado en el frente y habían perdido un brazo o una pierna, pero igual iban otra vez a pelear. un oficial, un guardia, que ya había estado dos veces en el frente, había perdido un brazo y la pierna desde la rodilla, pero igual iba a reincorporarse a su regimiento en las trincheras.
mezclada con la tragedia, en southampton reinaba una atmósfera extraña de excitación y aventura. cuando volví a casa, deambulaba con regularidad por los muelles de bristol: en aquellos días, las goletas y los vapores subían por el río avon hasta el centro de la ciudad; los fines de semana, mientras la mayoría de mis amigos de la escuela jugaba cricket, pasaba las horas sentado solo, mirando el ir y venir de los barcos, acompañándolos a lugares lejanos en las mareas de la imaginación, mientras trataba de liberarme de las tensiones emocionales que me alteraban los pensamientos. una vez incluso solicité trabajo de grumete, pero fui rechazado no sólo porque era demasiado joven, sino porque no podía aportar el permiso necesario de mis padres.
sin embargo, haasta en ese tiempo tan descorazonador, el destino iba apuntando ya a mi futuro. a menudo me he preguntado si el destino determina el rumbo que toman los seres humanos o si éstos determinan el rumbo de su destino. probablemente las dos cosas.
en la escuela, mis clases desfavoritas eran álgebra, geometría, trigonometría y latín; las preferidas eran geografía, historia, arte y química; fue en el laboratorio de química, por donde rondaba en los días de lluvia en que no podía jugar fives (la versión inglesa del balonmano), donde me topé con el destino, en forma del asistente por horas del maestro de ciencias: un electricista que traían de afuera para que nos ayudara con los experimentos.
era un hombre jovial, simpático, con hijos, y un día, como respuesta amable a mi entusiasmo por aprender cualquier cosa que tuviera que ver con electricidad, me invitó a visitar el recién construido hipódromo de bristol, donde le había tocado instalar tanto la mesa de luces como el sistema de iluminación. llegué a los bastidores cuando estaba en su apogeo la matiné del sábado; de repente me encontré a mí mismo allí, en un país deslumbrante lleno de gente sonriente que bromeaba, provista o desprovista de todo tipo de disfraz y ejecutando todo tipo de cosas ingeniosas.
¡y entonces supe!
¿qué otra vida podía haber sino la del actor? jubilosos viajaban y se iban de gira. sin clase social, alegres y despreocupados, se reían, vivían y amaban animadamente. por supuesto que yo no tenía ni idea, pero a mí que me dieran la vida de actor. pero ¿cómo unirme a ellos, yo, que apenas si tenía trece años?
en cuanto se me presentaba la oportunidad, merodeaba por el teatro ése. al fin, mi amigo el electricista, probablemente para escaparse un poco de mi preguntadera eterna, arregló presentarme al gerente de otro de los teatros de bristol, el empire. allí me invitaron a acompañar y a ayudarle al hombre que manejaba las lámparas de arco, conocidas como candilejas que, a cada lado del escenario, alumbraban desde unas plataformas pequeñas o perchas precarias, situadas más bien alto.
nadie parecía pagarme nada y no sabía bien cómo se esperaba que le ayudara a nadie, excepto quemándome los dedos mientras cambiaba con torpeza los carbones al rojo vivo de las luces; pero estaba en el mundo feliz de las ilusiones y eso era todo lo que me importaba, así es que aparecía por el teatro tan a menudo como me era posible. tenía un lugar donde estar. y la gente me permitía estar allí.
una vez en una función, cuando todavía tenía ese trabajo espléndido, decidí irme más bien al frente del teatro y 'ayudarle' al hombre que manejaba el gran arco central del balcón que se conoce como platea. bueno: hasta podía sucederme que de una vez alcanzara a ver el espectáculo.
la estrella, atracción de esa semana, era un mago famoso, el gran david devant, creador de muchas ilusiones espectaculares que todavía hoy utilizan muchos magos. me senté, fascinado, junto al hombre de las candilejas, hasta que me tocó el brazo y me indicó que le sostuviera la lámpara, sin moverla, mientras encendía un cigarrillo. después supe que, durante algunos de los trucos de magia, se supone que el reflector se mantiene fijo, siguiendo instrucciones estrictas, en un punto del centro del escenario, pero el hombre no me lo dijo; yo estaba tan entusiasmado viendo a ver si descubría cómo se lograba la ilusión que, sin que me diera cuenta de lo que estaba haciendo, el rayo de luz fue descendiendo lentamente y, –¡espanto!, debajo de una mesa se produjo un relámpago enceguecedor, por dos espejos que estaban ahí y que de otra manera hubieran pasado desapercibidos.
el truco estaba arruinado. el señor devant le lanzó una mirada exasperada a la fuente de luz, que el operador me arrebató de las manos, y en los oídos me quedaron sonando algunas palabrotas bien escogidas. tartamudée una disculpa y me escurrí de allí, consternado ante semejante metida de pata.
bueno: después ya no daba la impresión de seguir siendo bienvenido en el empire, así es que empecé a aparecer otra vez por los bastidores del hipódromo. rondaba a cualquiera que estuviera dispuesto a tolerarme. no me podía quedar hasta tarde, sino sólo temprano en la noche. llevaba todo tipo de mensajes y me esforzaba seriamente por aprenderme las razones y creencias fascinantes que sustentaban el lenguaje vernáculo de los actores, mucho más interesante que el latín.
no ordeñe las reverencias [don't milk your bows/no abuse de los saludos al público]. rejunte su pie [pick up your cue/esté atento a su entrada]. nunca ande por la línea del otro [never walk on the other fellow's line/nunca empiece a hablar mientras todavía está hablando el otro]. 'actuar para los dioses' era darle la función a la galería o el balcón superior. 'seis-plegar en el frente' se decía de los actores que se quedaban en el lobby del teatro, o en la entrada de artistas, con la esperanza de ser reconocidos conforme salía la audiencia, pues el término 'formato de seis pliegos' se usaba para los cartelones a tamaño natural. un actor nunca estaba sin trabajo. estaba 'en libertad'. 'esperarse a que camine el fantasma' era esperar a que apareciera el gerente con el salario de la semana. el escenario no parecía tener lado derecho ni izquierdo, sino sólo el lado del soplón y el lado o. p., que quería decir: opuesto al soplón.
ah… era un lenguaje selecto. una noche, con los oídos al acecho de más frases que absorber, me enteré de que existía la tropa de artistas jóvenes, o de comediantes a golpes, de bob pender, cuyas filas se arralaban con regularidad en cuanto los jóvenes llegaban a edad de prestar el servicio militar. antes de darme cuenta de lo que hacía, le escribí una carta al señor pender, supuestamente de puño de mi propio padre. incluí una foto y, como era alto para mi edad y pensaba que parecía mayor, convenientemente omití explicarle que todavía no había cumplido catorce y que por eso aún no tenía la posibilidad legal de dejar la escuela.
puede que ustedes no lo crean, pero en seguida llegó la respuesta de bob pender, aunque al sujeto que mantenía un ojo solapado en el buzón de su padre le parecía que ya habían pasado semanas. el señor pender le sugería en ella a mi padre que su hijo archibald, tan prometedor, fuera a entrevistarse con él a norwich, donde estaba actuando la tropa; es más, ¡incluía el costo del pasaje en tren!
nunca se había dado semejante entusiasmo interno. dicha, incredulidad, miedo, confianza, indecisión. en el secreto de mi habitación, no podía ni dormir ni estar sentado. empaqué y desempaqué y, tras horas de hacer girar monedas como si fueran trompos y de rascarme la cabeza, me vi salir de la casa en medio de la noche y caminar por las calles desiertas hacia la estación donde, mareado por mi propia osadía, esperé un tren de primera hora. a norwich. y a la aventura.
no recuerdo nada del viaje. probablemente trataba de imaginarme lo que mi padre iba a tratar de imaginarse. a menudo los dos nos despertábamos y salíamos de la casa a horas diferentes, sin vernos. así es que podía pasar bastante tiempo antes de que me echaran de menos. tras viajar al menos cuatro horas, llegué al rededor de las diez y me dirigí directamente al teatro, donde encontré a bob pender haciendo que su tropa efectuara los ejercicios matutinos de calentamiento.
era un hombre agradable, cuadrado, fornido, de alrededor de cuarenta y dos años, que había sido famoso como el gran payaso de drury lane. sospecho que sospechó que archie y elías james leach eran el mismo corresponsal, pero igual me presentó a su amable esposa margaret, una bailarina famosa que había conocido cuando era maestra de ballet en las folies-bergère de parís. me preguntaron por mi certificado de nacimiento y les dije que lo tenía en la casa. lo que era cierto. ahí estaba. después de considerarme cuidadosamente, me dijeron que, si mi padre todavía estaba de acuerdo, me tomarían en su tropa como aprendiz. me dieron un contrato breve, escrito a mano, en el que estipulaban que yo recibiría mi manutención y diez shillings por semana para el gasto. y, ¡aleluya, ya era actor!
en el transcurso de los años he firmado muchos contratos puestos en letra de molde, largos y complejos, que especificaban que iba a devengar sumas grandes de dinero, pero desde aquél, ningún contrato de empleo me ha producido nunca la emoción de esa sola hoja de papel ordinario de cuaderno, que concertaba la oportunidad de aprender una profesión que me atraía más que ninguna otra en el mundo.
me llevaron a vivir en el mismo cobo [digs] (otro término empleado por los actores: una abreviatura de cobijo [diggins]; o sea, alojamiento y comida en una casa particular) que el señor y la señora pender, y dos o tres de los miembros más jóvenes de la compañía, también bajo custodia de las alas paternales del propietario; a la mañana siguiente, en el escenario desnudo, empecé con la instrucción de volteretas en el suelo y danzas acrobáticas, junto a un grupo atlético de diez u once muchachos adolescentes de toda procedencia. como recién llegado, como novicio, me sentía, y me veía, torpe e inepto entre los demás, y mi progreso sufría con la disparidad. pero poco a poco y muy a menudo con dolor, fui mostrando más destreza y empecé a sentir el orgullo y la confianza de los logros que adquiría. estaba resignado al hecho de que iba a pasar algún tiempo antes de llegar a ser lo suficientemente competente como para de veras poder incorporarme a los demás en frente de los espectadores.
practiqué maquillarme. me cubría la cara con una capa gruesa de pintura especial para el teatro que tardaba horas en aplicarme, imitando lo que me parecía que era la manera teatral imperante. ahora del todo no lo hago. a decir verdad, me siento avergonzado en compañía de la mayor parte de los actores y actrices que sí se maquillan. ah… ¡cuidado con la afectación! es el reconocimiento desagradable de las propias faltas pasadas.
era inevitable que mi padre me encontrara. si bien le tomó sus buenos diez días, durante los cuales nos habíamos trasladado a una ciudad llamada ipswich. una noche, entre funciones, el portero de la entrada de los actores me dijo que un hombre que decía que era mi padre estaba esperando para verme. y, efectivamente, ahí estaba.
por dicha, bob pender venía saliendo de un vestidor cercano y pude presentarlos antes de que mi padre y yo tuviéramos la oportunidad de intercambiar demasiadas palabras nada divertidas de las que nos hubiéramos arrepentido después. resulta que mi padre era masón de alto grado, lo que quiera decir eso, y bob pender también lo era. ¡nunca hubo mejor golpe del destino para la elaboración de asunto alguno! usaban ambos insignias similares pendientes de las leontinas y como que llegaron a un entendimiento especial con sólo darse la mano. me dejaron allí, sin hacer nada y totalmente confundido, y se fueron juntos a tomarse un trago al bar más cercano. con el objeto, dijeron, de determinar mi futuro. ¿qué les parece? decidieron que yo debía terminar mis estudios.
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| la tropa de artistas jóvenes de bob pender, con archie leach a la pura derecha |
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capítulo cuatro de catorce
primer capítulo: noviembre de 2009; segundo: enero de 2010; tercero: julio de 2010
foto de arriba: detalle de la foto de abajo, la cual, lamentablemente, está cortada