En una de las regiones más abandonadas del Estado de Tejas, cerca de la frontera con México, una ciudad pequeña se calcina al sol en los veranos, con sus tormentas de polvo; se hiela en los inviernos. Ha insistido tanto en que es la capital de la espinaca que, como prueba, desde 1937 se yergue en ella una enorme estatua colorida de Popeye. También en ese punto geográfico, rodeada de una alta cerca de malla, lleva el mismo nombre otra ciudad aún más pequeña, cuyo perímetro patrullan día y noche los soldados. Han empezado a llegarle habitantes, de diversos puntos de los Estados Unidos y de algunos países de América Latina: Perú, Venezuela, Costa Rica&...; Vivirán en ella meses, años, encerrados contra su voluntad, sin haber cometido ningún delito. Muchos serán intercambiados por prisioneros gringos o de los aliados de los Estados Unidos en la guerra espantosa que arrasa otros lares. Sin recurso alguno, llegarán en medio del conflicto a lugares destrozados, a veces con chiquitos tan pequeños que no aguantan lo brutal del viaje, a donde no los espera nadie, a ver cómo subsisten entre habitantes desesperados. Aquí, la policía llega a las casas a cualquier hora del día o de la noche, arremete contra las puertas, detiene a las personas sin dar explicaciones. Las lleva a un lugar situado entre el Cementerio General y la Sabana, en la Avenida 10 de San José. De ahí las fleta por barco a California, a Tejas o a Nueva Orleans. Si son familias completas, seguro van a parar a la ciudad de la espinaca. ¿Usted estaba al tanto? Es Crystal City, la ciudad de cristal. Corre el año de 1943, pero casi que podría ser ahora: El 10 de setiembre pasado, en medio de la tragedia por el huracán de Nueva Orleans, un día antes de la conmemoración del atentado terrorista contra las torres de Nueva York, o sea, en un momento perfecto para que pase desapercibido, leí que una corte de los Estados Unidos falló que, en tiempo de guerra, el presidente de ese país tiene derecho a encerrar sin cargos a cualquier ciudadano por el tiempo que quiera. No hay necesidad de pensar en Guantánamo para extrapolar la suerte que puede correr allá cualquier persona extranjera. Este 6 de octubre, el señor Bush repitió en un discurso lo dicho hace cuatro años, inmediatamente después del atentado, en el mismo tono radical, emocional, bárbaro, sin hacer mayores ajustes. Me pregunto qué impediría que el presidente de un paisesito como el nuestro, quien en su momento apoyó a ese gobierno del norte en una guerra bárbara porque prefiere que se mueran los chiquitos de otro lado, firme, coercionado por quién sabe qué miedos, otro pacto secreto, secreto, entiéndase, con énfasis en secreto, y de repente empiecen a desaparecer, digamos, los ciudadanos de origen árabe de este país, sin que nadie sepa qué se hicieron. Las imposiciones de este tipo son arbitrarias: entre los varios miles de internados en Crystal City hubo judíos, y apenas unos cuantos criminales nazis. Hace seis décadas, una mujer con una chiquita de tres años de la mano, camina todos los días hasta el perímetro de la ciudad transparente; mira, a lo lejos, el paisaje. Un día la criatura le pregunta por los soldados, por qué los encerraron. No mijita, le explica ella: estamos encerradas nosotras. (17 de setiembre de 2005)
2.3.08
La ciudad transparente
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