En San José, entre los vendedores ambulantes que ofrecen desde melcochitas hasta aparatos electrónicos, se acerca un señor con varias sombrillas de esas grandotas de colores, tan cómodas para tener en el carro por si se viene un aguacero. Vio cómo le dije que no gracias a la señora de las pastillas de menta, y ya no se atrevió a acercarse. Tal vez lo hubiera hecho, después de un momento de reflexión, si no cambia el semáforo. No tengo cómo saberlo. Un hombre entero, setenta y cinco años, parecido a mi padre y vestido de manera similar: pantalones caqui, camisa a cuadros, una jacket. Tuve la impresión de ver a papá vendiendo sombrillas en una esquina. Por qué no. Puede sucederle a cualquiera. Cómo va a saber uno qué le depara el futuro. El gesto digno pero avergonzado del hombre de las sombrillas, de persona que apenas empieza a ver si puede ganarse así la vida, que entiende que está a un paso de solo extender la mano a ver si alguien le da alguito, me acompaña ahora, rato después, alarido encajado en las entrañas. Siempre me ha impresionado el mendigo que se acerca a tratar de ablandarle a uno el corazón, como si no fuera suficiente el simple hecho de que, para sobrevivir, tiene que estirar la mano. Me pregunto qué tragedia se esconde tras el señor de los paraguas. No sé dar detalles, por supuesto. Pero sí puedo señalar la descomposición social que nos arrastra a todos, sin excepción. Es curioso que no esté claro que nadie puede vivir bien si no se mantiene un mínimo decente para todos. El señor en cuestión puede tener una pensioncita que se le ha convertido en algo ridículo. Tal vez creyó en las promesas del estado social, y trabajó toda la vida, con la misma honestidad de tantas personas que trabajan duro y bien. Se nos olvida que no solo sinvergüenzas hay. Se dedicó a lo que tenía que hacer, solo para toparse hoy con la amargura de que las realidades de antaño se convirtieron en agua que se le escurre entre los dedos. Tal vez enfrenta en este momento un gasto imprevisto: la enfermedad de la esposa con un seguro insuficiente. O la necesidad de cambiarle las cerchas podridas al techo de una casa vieja. No es el sistema que estamos a punto de abandonar lo que no funciona. Tanta y tanta gente se contenta con pensar que "el modelo caducó", y que eso da derecho a dedicarse a la rapiña o a lo que sea el sistema nuevo. No. Solo que ningún modelo, ninguno, es mejor que las personas que lo ponen en práctica. En otras partes existe un grupo que se llama las Panteras Grises, o Grey Panthers, o Graue Panther, de personas que se han cansado de que las ninguneen porque están mayores. En Alemania, que no siempre es modelo que debamos seguir, se ha constituido inclusive en partido político, lo que tal vez no esté mal. Entre muchas otras actividades, las Panteras Grises se organizan también para conseguirles trabajo a las personas que quieren o que necesitan permanecer activas. Ya que "el sistema" no se hace cargo, puede que aquí estemos maduros para que se establezca una edición costarricense de este grupo. Tal vez le conseguiría al señor de las sombrillas un trabajo con el cual se sienta cómodo. O tal vez solo le ponga más sombrillas en la mano para que las vaya a vender en una esquina. (17 de setiembre de 2005)
2.3.08
Días de lluvia
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