Hace poco hubo elecciones en otro país, de un continente que no es el nuestro. Allá, el sistema electoral es complejo y de veras indirecto. Se les hace más democrático. Desde este charco parece que nadie vota por nadie. Por ejemplo, los ciudadanos nunca votan para presidente de la república, ni siquiera para presidente de la asamblea legislativa, que allá se llama canciller del parlamento y es quien posee el poder político. El presidente de la república tiene papel representativo. Algo así como la reina de Inglaterra de otra parte. El canciller depuesto pertenece al partido social demócrata. A ese partido se le aflojaron las ligas por el tiempo en que la Europa oriental dejó de ser comunista. Por muchos años, entre las razones para salir electos ellos y no los otros, adujeron que si no estaban en el poder, aumentaba la amenaza de que se instituyera el comunismo constitucional. La derecha, al no tener interés social real, podía producir descontento radical en el pueblo y este, de pura chicha, decidirse por la solución más extrema. Todo el mundo sabe que después no hay vuelta atrás, a menos que intervengan los dueños del mundo y san pinochet. El partido social demócrata tuvo pues la sensación de que había perdido la razón de existir y entró en pánico. Creyó que la única vía posible de retener el poder era abandonar las ideas sociales que lo habían caracterizado desde siempre. Por ejemplo, con su venia, un día, de un simple plumazo en el parlamento, la cantidad de menores de edad pobres, contabilizados de la manera peculiar que tienen allá de contabilizar la pobreza, pasó de un millón doscientos a un millón ochocientos mil. Lo profundamente interesante de esa elección, es que ninguno de los dos grandes partidos obtuvo mayoría, sino partes muy iguales del voto electoral. En una democracia donde la única voz que tiene cada persona es el voto que ejerce cuando elige, un resultado de este tipo constituye probablemente la protesta máxima por el estado de cosas, sin salirse del esquema: no queremos lo que teníamos, pero tampoco nos gusta la alternativa. Señores, hagan el favor de revisar lo que ofrecen. Aquí estamos. Considérennos. El canciller que era y ya no es, cuando oyó el resultado de la elección, sin saber todavía que ya no iba a ser más, se lamentó a grandes voces de la ingratitud del pueblo, que no lo elegía de una vez con la mayoría de votos que él merece, y lo obligaba a negociar. Poco después tuvo el mal gusto de aceptar un puesto en la compañía transnacional que había favorecido contra viento y marea durante su gestión. En todas partes se cuecen habas. Allá, como en otros países de ese mismo continente, cuando las elecciones arrojan resultados así, las partes negocian y forman coaliciones. Algunas son más felices que otras, pero permiten gobernar, al menos por un tiempo. Cuando dejan de colaborar como acordaron, el gobierno cae y se constituye otro. No es la solución perfecta, cuál es, pero parece más adecuada que ver cómo se le serrucha el piso al otro. Tal vez podríamos aprender algo de esa gente. Aunque, claro, puede que seamos inmunes. Hemos demostrado hasta las cachas que, para quedarnos muy orondos, nos basta con compararnos solo con quienes están peor. También puede ser que sea momento de tomar otro rumbo. (19 de febrero de 2006)
2.3.08
Los inmunes
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